Ese ligero toque de ambrosía...


Para mis hermanas

La confirmación del diagnóstico supuso una especie de temblor en el eje del tiempo. Alteró mi habitualidad de manera tal que de pronto me hice consciente de que absolutamente nada acontecía de la misma manera.  Seguí repitiendo lo que había hecho hasta entonces, no se me alteraron la sonrisas ni los tópicos. Me aferré al- ¿dormiste bien?- ... Ya pronto Navidad... habrá que sacar el ángel! ¡Vaya!!, aún está dando flores la planta que te regalé para el día de la madre... Me duelen las rodillas ...¡Cuéntame!

Pero como había perdido la inocencia, me veo decir, me veo hacer  y, al terminar el día... un cansancio insomne cae sobre mi noche como pétalos de plomo.

Luego también me habitué a la noticia y recuperé una inconsciencia que ya no es diáfana, sino densa y embotada. El hábito se ha convertido en un  colchón rechinante que de alguna manera amortigua el impacto, que a intervalos me golpea la conciencia. Ella se muere. La casa se quedará vacía.  ¿Qué haremos con las plantas...qué,con su sillón; qué, con su libro de misa; qué, con su libreta de teléfonos caótica y descuadernada ?

¿Qué haré con mis martes y jueves por la tarde? y... qué con las llamadas de todas las noches a las ocho, justo antes de las noticias. Qué haré con su voz en los viejos cassetes y...qué con sus viejos amigos... Entonces, extrañamente me relajo, porque la impotencia es tal ante las preguntas machaconas y obsesivas, que  ella misma me libera, hasta que otra vez cerrada la fisura, vuelvo a vivir como al fin y al cabo vivimos todos, como si no pasara nada. Entonces miro mi reloj, marco su número y cuando escucho su voz desfigurada al otro lado, sin un solo temblor en la mía,  repito el consabido -¡ Hola, amatxu!

Me gustaría intentar explicar esa imposibilidad de generar el suave rodar del tiempo bueno, de aquellas horas que ahora llamo felices, desbordantes de pequeños gestos cotidianos que se han perdido para siempre. Mi madre cortando cebolla  en la tabla con el enorme cuchillo de cocina que compré para ella, junto a mi padre que resopla suavemente mientras vuelve  un poco torpemente las hojas de su periodico, allí en la mesa de mi cocina. Sus cabezas blancas entonces me parecían eternas, pero no, no es verdad, ya entonces las miraba sabiéndolas emplazadas: siempre he sido de una lucidez terrible.

Pero aunque yo ahora quisiera recordar el fluir de las horas, éstas  ya se han solidificado en escenas cada vez más estáticas y difusas- ¿Es eso al fin y al cabo, lo que queda de la vida?- Intento retener lo que ya está escrito en el agua. Sí, intento rescatar una profundidad de momento memorable, a lo que al fin y al cabo se convertirá en totalmente irrelevante. Es solo cuestión de tiempo...¡ sé que perderé mi recuerdo!

Sé también que mi madre morirá y que su muerte no será más que una muesca mínima, en la inalterada inmensidad de las horas. Cuando me resigno y asisto a su transcurso desde un poco más atrás, descanso. Si dejo de anticipar y tratar de recordar o preservar para luego, no duele tanto.
......

Luego llega el miedo, ese descorrerse el velo... Mejor dicho: ese rasgarse que me deja frente a la insobornable constatación de que la vida es solo un sueño. De que todo aquello que asiste como vivido, tiene tan solo la textura de un espejismo.

Ella se aferra a sus recuerdos, pero su ánimo resbala en una cuerda que pende del vacío. Las  canciones se vuelven siniestras, herida de mala manera su deliciosa costumbre. Sus decires parecen palabras de cartón piedra a las que ahora se ve el burdo envés. Ella canta y yo pienso....soledad de soledades, todo soledad.

Los muertos se quedan solos antes de morir. La vida  los echa a la cuneta y para más ultraje, nunca  se viste con mayor hermosura, como frente a los ojos empañados de los que saben que ya no habrá  más esplendor en la hierba ¿Cómo se despide una de quien está muriendo? Es probable que lo más tremendo sea ese perder el sentido de las despedidas. Ese morir callado sin palabras imperecederas, porque en realidad nos protegemos tanto que no podemos escucharlas, ni ellos se atreven a decirlas.

....
Ayer ha empezado a callar. Ya no hay canciones. Se yterminaron las confidencias. Me mira pero no me ve. Aunque intente evitarlo, he empezado a quedar lejos, muy lejos de ella. Está atenta a otras presencias distintas de la mía: a las voces que cree escuchar, a la ausencia que ve sentada en el sitio de mi padre, a alguién que siente a su espalda... Y yo le digo entonces cuando me pregunta -¡es el ángel, amatxu, el de la guarda! - Y ella sonríe y me quiña su ojo bueno.

El silencio se prolonga por horas. Nunca la vi callar de esa manera, con la mirada por primera vez perdida. Me doy cuenta precisamente ahora, de que mi mirada "redonda y fija" tiene sello materno, pero ahora, ella ha dejado resbalar la suya.

......
Lo que más me hiere son esos fogonazos continuos, esas escenas que en mi mente se suceden inesperadas, sin orden ni concierto. No solo cuando fijo mi mirada en su viejo y estragado rostro sobre la almohada del hospital y el espejismo de la mujer sonriente sentada en la mesa de la cocina me hace alguna confidencia ¡ Cómo habré contemplado yo a mi madre para tenerla tan nítida!  Puedo dibujarle las cejas, su preciosa nariz orgullosa que yo ansiaba heredar, su sonrisa...pero solo allí, en lo oscuro.

Miro su cuello vendado y amoratado  y veo de inmediato la suave garganta de la muchacha guapa del retrato que adorna la mesa de mi sala.

Voy a dormir. Y...entonces mi madre se despide de mí en el taxi que la lleva vestida de gala hacia  Guernica y se me adhiere sin yo quererlo, su aroma de "Maderas de Oriente" que aspiro con fruición. Me despierto a altas horas de la noche y ella levanta la cabeza atenta del dobladillo de mi vestido verde y me sonríe tranquila...

Me lancea su voz. Su voz de los días dorados de Llolleo, su voz de las canciones que reververan en ese graznido balbuciente de ahora, que se obstina en repetir para mi congoja...¡Ay! su voz perdida de los cuentos, su voz de las confidencias, su deliciosa voz de las consolaciones...


Los poetas somos profetas sin saberlo. Un día, hace ya mucho tiempo, escribí... "Cuando caiga de mí a la mano rota..." y tal como un día en época de salud y de fuerza, adiviné su terrible decadencia, en estos días turbios, enarbolo a mi madre y dejo caer sobre ella, lo que prometí: sus rostros, sus sueños confesados, sus películas, sus canciones, sus palabras... Pero ella no sabe, no imagina siquiera el cataclismo interno  que significa esto para mí. Es mi homenaje: mi última declaración de amor.

Siempre supe que el que se fuera sería catastrófico para mí, pero la forma en que lo hace, tiene algo  especialmente atroz: la conserva y destroza a la vez.

.....

Cada minuto de tregua es volver a la eternidad. Pareciera que el tiempo volviera a posarse sobre las cosas, dorado y dulcemente protector. A veces, nada pincha, nada relumbra impenitente. Se asienta la deliciosa sombra y entonces tomo su mano sin angustia. Hago las observaciones más triviales y las veo volar en torno de nosotras con un fulgor de mariposas apenas posadas...

En medio del emplazamiento, estas distorsiones hacia arriba son mágicas. Qué bien se camina después de vuelta a casa y qué preciosas se hacen las pequeñas satisfacciones cotidianas: comer, leer, enseñar, dormir sin sueños.
......
Mi madre me repite  las mismas historias, los mismos argumentos para justificar las mismas causas y pienso que tal vez la identidad necesite de esa protección férrea y algodonosa a la vez, para reconocerse. Estoy renunciando a contradecirla, porque siento que mis palabras no pueden ya llegar allí donde ella revuelve lentamente  la sopa espesa de sus convicciones.

....

La inmovilidad. Yo vengo siempre de prisa, siempre con olor a viento, a lluvia o a verde de plaza y ella siempre está allí inmóvil en su sillón. Ahora ni siquiera vuelve la cabeza cuando entro haciendo ruido y puedo verla entonces de perfil, con la misma expresión que debe de tener cuando se cree sola.

Parece una ave vieja y esquilmada con su pelo rapado y sus heridas cuidadosamente cubiertas. Cuando me pongo frente a ella una sonrisa casi de niña por la alegría que ya no sé si es real o automáticamente elaborada, me recibe.

Me siento a su vera, miro su balcón con su txorimalo y sus gorriones sedientos y recomponemos juntas los gestos y las palabras. Miramos comer a los gorriones, les cambio el agua, corto una flor, le arreglo la manta sobre las rodillas...

..........

Ayer repartió sus cosas. Las chucherías que le hemos ido regalando a través de los años. A mí volvió el famoso collar de dos vueltas y el anillo con la rosa de Francia...tan desgastado ya.
Repasamos una y otra vez su historia y yo la ayudo a deleitarse en los detalles. Me sorprendo una y otra vez de su resonancia emocional, quizá porque yo con 35 años menos, me siento yerma y lo peor, sin sed.  Ella aún se emociona recordando.

Pasamos las horas hablando de lo que siempre hemos hablado. Estamos tranquilas. Compartimos estas tardes con un curioso espíritu de desasimiento. Las cosas  resbalan de su espíritu por su propio peso: ella se  quiere leve.

Hoy le conté el mito del carro alado, el más amado por mí y, cuando llegué al "amor que hace crecer las alas", quedé conmovida por la luz de su mirada...Tan vieja, tan enferma y tan capaz de dejarse seducir por una historia que yo creía solo poder ser comprendida en plenitud del ser. Pero, en realidad...¡qué se yo de plenitudes!

Sus manos, sus siempre hábiles manos tan hermosas, conservan los ademanes y la gracia. Le corto las uñas con cuidado.

A veces al mirárselas, tengo atisbos de mi propia vejez y me espanta. Vivo en una curiosa mezcla de lucidez y de congoja, aderezada por la siempre maldita nostalgia que me hace tan difícil dejar partir lo que fue.

Su mejilla se pudre, pero yo no la veo. Está tapada por una venda blanca cada vez más densa, cada vez más extendida. Ni ella ni yo la vemos, detenemos la mirada en lo que tranquiliza: las piernas extendidas y relucientes por lo bien hidratadas. Intento no mirar tampoco demasiado su boca ya torcida, su cabeza rapada. Le beso las manos y la frente.

Creo que ya he olvidado cómo era. Si en este momento escuchara su voz de antes no podría soportarlo...su hermosa voz de las canciones de las siestas, su voz de las historias de la radio, su voz de las confidencias: su voz que se perdió.

Pero ella no se pierde, asiste pura presencia, llena de una pujanza cuya fuente no sé de donde  viene y que yo me resisto con toda el alma a dejar secar. Llamo por teléfono a sus viejos amigos y me intereso por sus vidas, busco alguna de esas películas de las que ella me hablaba... "Llegaron las lluvias"... "El cielo y tú" las volvemos a ver y releemos a Agatha Cristhie...

Su mejilla se hincha. El tumor crece hasta el ojo que también se está distorsionando. Empieza a verse mucho más abultado que el otro. Gracias a Dios ella no se ve, aunque tampoco creo que le importara demasiado: la belleza nunca fue su vanidad.

Cuando me pongo las gafas puedo ver los detalles, entonces la constatación del avance de su deterioro me acuchilla la paz por lo cuatro costados. Con su voz de ahora, se obstina en hablarme y yo vuelvo a sentir una y otra vez su soberana presencia a pesar de  esos pliegues, calvas, heridas, hinchazones. ..

¡Mamá, quisiera hacerte un par de alas gigantes...!

Acabo de darme cuenta de que quizá desde muy temprano, de una manera inconsciente, puse a mi madre bajo el totem del ave...¡Milana, bonita!

..........

Ayer no dormí. Ni con un orfidal, ni con antifaz perfumado de lavanda...No dormí.

............

 Las largas horas que paso junto a mi madre, en las que ella rememora y yo escucho, me han hecho tomar conciencia clara de la importancia de vivir para recordar. La mayoría de las veces ella no está en presente. La mujer vieja, enferma y desfigurada que narra con su voz desfalleciente, es las más de las veces, una muchacha en la fuerza de la edad. Otras, una mujer estremecida y... poco importa entonces su invalidez actual: conserva lo bastante como para que actúe con fuerza la convocatoria. Yo soy su público.

Quien no tenga nada que valga la pena recordar, más vale que muera rápido.

................

Pero ella no quiere irse; quiere quedarse con nosotros. La veo con su blusa blanca que me pidió que le comprara para estar ella también de estreno un día de reencuentros. A pesar de que compré la talla más grande que encontré, le está pequeña. Le queda corta y las costuras se le abren (los corticoides la han hinchado de mala manera) y  así va a compartir, pura resolución, una tarde en la que de alguna manera ya sobra. Es una barca escorada, ruinosa y maltrecha que se obstina en mantenerse a flote. Es "la leona herida"...

De pronto todo son voces y carreras, la vida fluye en risa, en comentarios, en vino, en postres crujientes, en belleza. Y ella está allí varada como una vieja tortuga ciega, casi sorda y muda...y yo, casi a mi pesar, me acerco y cojo su mano y me la aprieta de una manera tal que quisiera soltarla de puro dolor, pero aguanto. Me adoso a su costado resistiendo la tentación de la vida inconsciente y magnifica bullendo frente a nosotras. No puedo, no podemos hacer nada más que acomodar la manta...

......

Los cuentos se terminan cuando desaparece la atención, cuando se hace imposible.

Mi madre y yo apuramos la atención convencional mientras pudimos. Yo escuché durante las largas tardes de junio, julio y agosto sus cuentos y ella siguió escuchando los míos. No eran historias nuevas, la mayoría de las veces ella desgranaba un rosario muchas veces repetido, pero lleno de esa extraña serenidad de los rosarios de mi infancia. Como entonces, a veces nos tocaban misterios gozosos, a veces dolorosos y a veces, dulces letanías. Yo la escuchaba sabiendo y sin ser demasiado consciente de la superficialidad de mi saber, que aquello se acababa. Volvía a mi casa como en trance, con la sensación inevitable de que todo se escurría: las palabras, los recuerdos y...ella.

Cuando ya era incapaz de hablar por mucho tiempo y le costaba también verme (debía situarme de manera perpendicular y muy próxima a ella), me ponía su película de vaqueros para que no me aburriera. Era conmovedor observar hasta que punto nuestra relación estaba hecha de palabras. El silencio nos golpeaba a las dos. Nos condenaba inmisericorde a ese tiempo preciso en que cada segundo era seguido con atención. Empecé a mirar el reloj y ella empezó a darse cuenta de que lo miraba...

Para entonces su mesa se había convertido en un mostrador de hospital: gasas, ampollas, jeringas, pastillas, bitácoras...el ventilador y su zumbido, el teléfono ya inútil para ella, las libretas y el inmenso e imprescindible rollo de papel de cocina, amarillo rugoso,que mantenía continuamente en la mano...

Yo miraba sus manos, sus bellas manos de uñas perfectas. Manos que se fueron volviendo reptantes y convulsas, obstinadas en las repeticiones de quehaceres sin sentido. Manos que sin embargo, sabían aún coger bien su vaso sin derramar una gota, buscar en su cartera, limpiarse la boca...Cuándo sería la última vez que sentí sus manos...

Creo que sí lo sé. Estaba recién muerta y yo se las destapé y  las crucé sobre su pecho. También le quité su cadena  de oro y la medallita de la virgen de Guadalupe. Su anillo de boda, ya me lo había dado ella...


..y una aprende
que la vida siempre
se nos queda entre los dientes.
Ese regusto a ambrosía
entre lo amargo
que es imposible tragar...
Sí, vivir es trago amargo
una lo acepta..
Lo extraño, lo difícil
lo que nos exacerba
es ese ligero toque  de ambrosía
siempre adherido amargo
amargo...¡en la garganta!



Barcas de pesca en la playa de Sainte Marie (Arles,1889)


…no volveréis a Itaca.

Después de vuestra áspera jornada

no tendréis ni la historia al rescoldo

ni el consuelo del vate.

Lucirá aún la luz.

Los espejismos del día quizá giman

su tenue palinodia:

pequeñas agonías plateadas

calor de puño salobre

jalones de sudor a meridiano.

Por más ocre, aún supuesto

el derroche…

en vuestra desarbolada noche

entre los hombres mudos

nostálgicas de nido y de susurros

¡vosotras nunca volveréis a Itaca!



Acerca de ...las tres que soy



Hay días en que el estar con nosotras mismas nos encanta. Es un placer dialogar con "esa que siempre va conmigo", pasear en su compañía, sonreirle calladamente en presencia de terceros, silbarle alguna melodía llena de recuerdos complices, guiñarle un ojo burlón en el espejo y encontrar, en fin, que está bien...¡qué nos gusta!

Otros días apenas la notamos. Hay un silencio espeso a nuestro alrededor. Nuestras pisadas resuenan de lo solas que vamos, e intentamos llenar un vacío que a veces nos desconcierta el día, pasando rápidamente de una cosa a otra pero sin encontrar gusto ni interés en lo que hacemos. Las cosas, entonces, se nos vuelven planas.

Quién eres tú



¿Cuál eres tú?
la seria
la del libro empuñado
la de la cabellera en ristre
la del desorden
la de la prisa en calma...
¿A cuál llamarla Tú
quitando todo límite al pronombre?
Tú sin pregunta, sin ceño,
sin sorpresa, sin miedo.
Tú con el tono imposible de Dios
como El te llama.

A veces
abofeteo mi extrañeza
ante tu tú maligno
el capaz de hacer blandir mi lanza
arremetiendo contra ti
convertida en gigante.
Otras
me extasío ante el tú
que me encanta...
me recuesto a su vera, abandonada
comiendo lentamente sus granadas...
pero me falta el Tú
el que persigo en todos
el que jamás se topará conmigo.
Yo quisiera alguna vez, pero es inútil,
poder llamarte como Dios te llama.

Talismán para los días negros



...y si menguas
si hay un día
en que el No te palpa el alma
con mano deshonesta...
Si te obligan a doblar la cerviz
y bailas
y ríes
y te enojas
siempre oportunamente...
Si te sorprendes
bajando la mirada
y cuidándote el gesto...
Si te padeces
reblandecida y poca
con sueños-calderilla
y días-hora...
Lobodrina manchada
en horas de desierto...
Si te obligan y crujes
y se detiene tu alma
en crédito y soldada...
¡Alza en ti arboladura!
repasa el porquesí
porque era tiempo
y plantado
y cuajado
y fruto era...
sonríe a Garcilaso
¡súbete a su caballo!
Entre bus y tarjeta
murmura suavemente
"yo romperé
a fuerza de brazos un monte..."
y...
¡cobra fuerza!

Te contaré un secreto



...a veces los momentos
son nudos de Gorgona
y hasta los pies se olvidan
de su verbo debido:
la atracción de la tierra
lacea la cabeza.
...entonces yo me pongo
mi traje de agualuces
y ciño fuerte mi mejor candelabro
joyean en mi mano
las piedras heredadas
cuando enhiesta y hermosa
camino hacia mi reino...
Cuando crees que cansada
he cerrado los ojos
y te vas de puntillas
juntándome la puerta,
enlunada y ahíta
ya estoy deambulando...
Soy dueña del mas bello
escorzo de la vida
todo me lo he inventado
los cuadros y las rosas
las fotos,los perfumes
las sendas y los mitos...
Scarlati acontece..
acontecen jazmines
olorosos de nunca
embriagados de siempre...
Me acomodo en la silla
unívoca del gozo
y mecidas de luna, conmigo;
todas mecen...

La casa verde

Para Gilles.

Leí "La casa verde",a mi juicio la mejor novela de Vargas Llosa, durante el verano de mis diecisiete años, en Santiago de Chile y creo que fue la primera novela perteneciente a "la corriente de la conciencia" que leí.

Me fascinó desde el principio su aparente disloque del tiempo y del espacio y, pese a la dificultad que entrañaba para una lectora acostumbrada a la novela moderna como yo, esa revelación de que podía  estar bajando por el río Marañón con Fushía y al mismo tiempo asistir al encuentro de Bonifacia con "el sargento" en Santa María y a los escarceos de "la Selvática" en el salón de la casa verde de Piura... me resultó un ejercicio fascinante.

Acerca del cielo




Siempre he pensado que eso que solemos llamar cielo, vida eterna, vida después de la vida, es algo que de existir, empieza a existir aquí en la tierra y, cuando me lo imagino, no puedo olvidar absolutamente nada de lo que amo. Me lo llevo todo...sueños, pájaros, flores, lluvia, gatos, amigos, amores...o bien, todo esto se viene conmigo al cielo o  no me interesa  en absoluto ir a ese sitio desencarnado  al que no puedo desear.