Acerca de equilibrio y...poesía


Miró


Toda época “equilibrada” como el siglo ilustrado es parca en poetas y sobreabundante en  maestros y academias. Quién dice poesía, habla de desmesura. También de una suerte de carencia esencial para el cálculo…Recordemos que ya desde Platón, aunque cubiertos de honores, los poetas fueron  desterrados de la ciudad por ser una especie de solitarios remisos a todo objetivo común.  Funambulistas atentos únicamente a sus propias cabriolas. Efectivamente, el poeta no entiende de bien común. No acepta aguas que no sean las que fluyan por sus propios cauces…porque simplemente no las entiende  pero claro, estoy hablando de poetas no de versificadores, ni de estetas. Hablo de esos seres incómodos cuyas figuras se parecen a “la línea recta” de Miró.

El reino de la poesía es el de lo irrazonable. El canto solo brota de quien está dispuesto a escuchar a la las sirenas sin la prudencia de las ataduras. El astuto Odiseo, el de la ropa puesta a resguardo, tenía justamente un alma equilibrada por eso pudo llegar a Ítaca. El poeta siempre se queda en el camino. Es de esos que no saben dónde van pero van con una brizna entre los labios y además contentos…. la palabra que encuentran casi por casualidad es siempre alimento suficiente…degustarla, para ellos, es un placer que podrían envidiar los mismos dioses por la fruición con que lo hacen.

 Los equilibrados de la historia, esos “famas” bienintencionados y predecibles les aconsejan continuamente de la necesidad de medirse y no embriagarse de mala forma con la vida, ya que como todo el mundo sabe los excesos se pagan. Tratan de moderarlos y ordenarles las costumbres y las expectativas para que no se les fastidie  el hígado, les suba la presión o las ojeras se les vean francamente escandalosas. No entienden que el cronopio- poeta  está dispuesto siempre  a pagar gustosamente sus excesos y además se siente privilegiado si con ello consigue eso que se le escapa como una mariposa que le vuela obstinada la cabeza…

Sí, aunque finalmente caiga en la glosolalia y lo dejen más solo que la una y no lo lea nadie y le rechacen todos los versos por crípticos, impúdicos o simplemente inclasificables…él, se va con su cuaderno andrajoso  y sigue escribiendo para sí mismo en los márgenes y hasta en el polvo, la arena o las paredes si se tercia, autosuficiente como un rey…Sabe que al final, tendrá razón en haberse adentrado en tamaños recovecos, una razón extrañísima porque es irreducible a argumentos y solo a él le convence…es que esa palabra queda…queda.

Cómo a propósito de equilibrio, no recordar a E. Dickinson y su vestido impoluto acumulando versos y lirios en sus cajones sin publicar absolutamente nada …a Tellier allá en el Sur borracho de nostalgia de rieles y esperando una carta de lluvia…a Stvetáieva plagada de forúnculos escribiendo abstraída del serbal y el aroma a resina, frente a la hierba grasienta del suburbio parisino transportando la luna en un balde que  solo ella veía…y  Vallejo que se murió con aguacero como siempre supo y a Maldestan con su maleta de versos rumbo a Siberia…Quise cantar el exquisito equilibrio que nadie sino un poeta de raza entiende y que tan poco tiene que ver con el sentido usual de esta palabra.
Hay un punto secreto que al tocarlo vibra. Cuando ocurre simplemente basta…
Esa es la tarea por la que el poeta se atreve a la cuerda floja…

De la profunda vena
en la espesura:
¡el tajo!
de lo silente enmarañado:
¡el grito!
del magma:
¡la figura!
de mi impotencia como plus:
¡la gana!
retorcedura en línea maravilla
Que pare de lo absurdo…
¡la palabra!
 Si. Solo entonces y por un instante, el alma, se equilibra…

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