Ciprés

           


Hace unos años, de visita en el Monasterio de la Oliva en Navarra, después de quedarme largo tiempo frente a la luz de la mañana, minimal ornamento de la iglesia cisterciense, salí al jardín. Recuerdo siempre la conversación que mantuve con el jardinero, un monje jovial que me explicó el secreto del ciprés. Fue un rato delicioso a la vera de una hilera sombría y magnífica...
El cipres es un árbol que, para que crezca afilado y compacto, necesita un cuidado constante. Se deben sacrificar las ramas internas para que las exteriores suban...No todo ciprés es un "ciprés", me comentó el monje, mostrándome un ejemplar casi tan bello como el de Silos...¡Algunos lo consiguen!- agregó con una sonrisa serena, mientras me regalaba un fruto que yo guardé  y todavía conservo.

Desde entonces trato de conseguir ser ciprés, el más estoico y señero de los árboles.



Conseguido ciprés
de la poda y del empeño, fruto
Construcción esencial
                                                   de lo negado yergues                                                   
                                                   ufano la ecuación...                                                      
Tú, árbol-resultado.


Viéndote...
se desprecian
las ramas antojadas
los brotes perezosos
el ocre que no sabe
de la avidez del verde...

Y queremos la grandiosa tijera
de un Dios absorto y mudo
tajeando sin clemencia complacencias
para dejar desnudo
el purísimo factor
enarbolado.

Acerca de la perspectiva como anhelo

La perspectiva como anhelo

Elegía rabiosa



A Kuttun

Hubo una vez en que yo tuve un amor, un gran amor, que llenó mis días y se impuso imperiosa a mi corazón con la suavidad y capricho de su carácter. Era audaz y flexible, autosuficiente y habladora...amaba el calor, las libélulas y las hierbas altas. Era la dueña de mi cama y mi regazo ...Se fue, un día como hoy en que el otoño empezaba, a vivir su vida intrépida como todos los días ...Se fue y me dejó en la ventana la huella de su patita que se borró con el tiempo. No volvió porque...no pudo volver. Fue entonces que yo descubrí por primera vez el terrible sabor de la pérdida


Nunca más.
Ni en esta vida
ni en la otra, ni en la
que quiero inventar, ni
en la que gime ahogada
¡nunca jamás ya tú
mi muy querida!
En lo único que aún eres
es en la herida, esa que
yo acreciento con mi uña afilada para que no
de cierre. Escarbo, a veces
despacito, otra
¡a dentelladas!a
a arañazos, a golpes
¡para que estés ahí
en lo rojo, en lo que duele, para que duermas ahí
y te afiles las uñas
y comas y bebas
despacito...para
poder besarte y olerte y
alzarte hasta mi cuello
para poder llamarte y
¡qué vengas... que vengas!
hecha daga que mi mano
revuelve...

.En villa Borghese….


Estatua de Byron en Villa Borghese



En villa Borghese

estarán murmurando las estatuas...

Byron se sentirá arropado

por la hojarasca ...

y una mujer de negro

cruzará en diagonal...

es mi fantasma.

Acerca de "estar a la altura"





 A veces, en el giro de una conversación, en medio de una página, en la sonoridad de una palabra, me detengo llevada por una especie de anhelo de juego…
Me gusta tirar de la punta del hilito que queda asomando en el ribete de algunas palabras para llegar  hasta donde pueda o me deje.
Hoy voy a jugar un poco con la palabra “altura” porque es de verdad muy interesante, como detrás de expresiones tan usuales entre  nosotros como “tener altura”, “estar a la altura”, “ponerse a la altura”….late una acepción de la palabra de la que no solemos percatarnos de inmediato. Me  refiero a la noción de “excelencia” (aquella que hace que algo sea digno de  respeto y aprecio) y que se adhirió a nuestro lenguaje por influencia de la  filosofía griega.
Conseguir altura, en este sentido implica un ideal de ser, al que lo  que “es” debe intentar alcanzar, para serlo en plenitud de sentido. No se nace “a la altura”; se consigue…a veces. Vivir humanamente para los griegos,  implicó una tarea en la que  el ser humano debe empeñarse mientras vive si quiere estar a la altura de un anhelo profundamente adherido  a su naturaleza.  Este es, el de salir de la caverna (este mundo imperfecto nuestro donde lo bueno y lo malo se mezclan inexorablemente) para subir hacia lo alto, allí  donde está la luz y podemos vislumbrar lo bello y lo bueno sin mácula. La ascensión no termina allí, es necesario subir más alto aún y mientras escribo esto ,es inevitable que venga a mi memoria aquel “Ata tu carro a una estrella”, lema de mi liceo santiaguino que  adornaba el escudo de mi uniforme y que tan hermosamente traducía ese ¡Sube! de  Platón. Esta subida es una dura tarea que no tiene únicamente un sentido  teórico: los griegos querían justamente saber para “estar a la altura”. Esto es: para poder actuar de acuerdo a ese Ser que no era ya una caprichosa  construcción de la imaginación, sino el descubrimiento de una inteligencia  profundamente apasionada que exigía coherencia vital. Los griegos amaban la  integridad.
Todos los mitos griegos de una forma u otra  dejan claro que esa que  lleva al cénit, no se trata de una subida fácil y sin consecuencias. ICARO  cayendo a plomo con sus alas quemadas, tal vez sea el mejor de los ejemplos de  lo que tal subida puede implicar para el alma incauta porque, no es solo subir  hacia lo alto el asunto sino también, mantener el impulso y la dirección.
El viejo Platón, el poeta de los  filósofos antiguos, nos dejo el más hermoso de sus mitos para intentar explicar  el programa de este intento. Se trata del mito del “carro alado” Así…cada uno  de nosotros es semejante a un carro alado del que tiran dos briosos corceles y dirige un auriga. Su destino; el cénit de la bóveda celeste  y las dificultades: todas.
El carro es alado pero el tamaño de las alas varía, ya veremos que es  lo que hace crecer las alas. Los caballos simbolizan nuestras emociones,  formidables fuentes de energía, dóciles o díscolas según la lotería genética  (el temperamento se hereda). El auriga, finalmente, representan eso que  vulgarmente llamamos razón o entendimiento. Puede ser avezado o indolente,  débil o voluntarioso,..Las variantes  y sus combinaciones son legión y en definitiva, de él, del conductor del carro  depende  que el carro suba hacia la altura sin perder la dirección, se pierda o incluso se precipite hacia abajo.
Cómo podemos saber si “estamos a la altura”, si “nos hemos puesto a la  altura”. Platón, es claro al respecto: Si actuamos con armonía, si hay gracia  en nuestra subida, si dejamos algo así como una huella elegante a nuestro paso.  Más claro: si somos templados, si tenemos coraje, si actuamos con  prudencia. Llegada aquí, me pasa que topando  con la palabra prudencia, sé de antemano que más de alguno de mis lectores  tenderá a echarse para atrás puesto que sentirá que le punza un no se qué de mezquindad que le ha quedado adherido al termino desde que los desaforados  románticos hicieron irrupción en nuestra cultura. A mí me gustaría echarle un  cable a la más bienamada de las virtudes griegas y decir que prudencia no es  otra cosa que marcar rumbo, aflojar o dar rienda…que se trata de una virtud  “sin contenido” en sí misma pero que lo es todo en un viaje hacia la excelencia…luz, brújula, sextante, intuición…Quien haya conseguido ser  prudente es alguien que siempre “estará a la altura”. Es decir; mantendrá la  dirección hacia y lo bello y lo bueno y estos se traslucirán en su ascenso.  Tarea de muchas vidas, tan problemática se presenta.

Una nota a pie de página: El mito habla de un carro alado. Pues bien  hay algo que hace que las alas del carro crezcan y la tarea se haga liviana y  gozosa. Se trata del amor, la más poderosa de las emociones humanas, Cuando lo  sentimos el carro sube con tal ímpetu que es necesario que el auriga sostenga  las riendas con pericia para aprovechar el impulso…y no sufrir un descalabro.
…Me resulta fascinante tomar conciencia de la profundidad en que se  asientan tantas de nuestras palabras y cómo, tirando un poco de su historia podemos conseguir a veces que recobren algo de su altura.