Acerca de equilibrio y...poesía


Miró


Toda época “equilibrada” como el siglo ilustrado es parca en poetas y sobreabundante en  maestros y academias. Quién dice poesía, habla de desmesura. También de una suerte de carencia esencial para el cálculo…Recordemos que ya desde Platón, aunque cubiertos de honores, los poetas fueron  desterrados de la ciudad por ser una especie de solitarios remisos a todo objetivo común.  Funambulistas atentos únicamente a sus propias cabriolas. Efectivamente, el poeta no entiende de bien común. No acepta aguas que no sean las que fluyan por sus propios cauces…porque simplemente no las entiende  pero claro, estoy hablando de poetas no de versificadores, ni de estetas. Hablo de esos seres incómodos cuyas figuras se parecen a “la línea recta” de Miró.

Fábula del cordero gordo



No recuerdo exactamente cuando escribí este poema. Lo encontré perdido entre mis papeles  pero, aunque haya olvidado la circunstancia, tengo por seguro de que se trata de "un ajuste de cuentas", otro de los deliciosos placeres que proporciona la poesía, un poco de maldad. Sé que el título es feo, absolutamente antilírico. Tiene que ser así...una pena para quienes creen que el reino de la poesía es la de "lo bello".



Siempre balando.
siempre deambulando en medio de lobos y
hielos invernales...
¡Pobres corderitos pascuales!
(cuidado...¡cuidado! )
una siempre se endeuda
con sus miradas húmedas
con su vellón como motitas de nubes
 con sus débiles, temblorosas patitas
que terrenos pedregosos y lobos babeantes
a punto siempre están... de lacerar

Esa suerte de inconsciencia...




Nunca sabe una a través de que extraños recovecos cuajan de repente las ideas claras y distintas, cómo adquieren de pronto su encaje lógico... ¿Qué tendrá que ver la réplica inesperada de un viejo sabio a su autosuficiente aprendiz, con la súbita decisión de un soldado republicano en retirada?

 Escuché hace unos días un relato que intentaba explicar la poesía oral, eso que en esta tierra se llama bertsolaritza… Un aprendiz interesado en dominar el arte del verso, acudió donde un maestro en el tema y le pidió la fórmula (siempre andamos pidiendo formulas y atajos)...pero el caso es que éste como todos los sabios que en el mundo han sido, le recomendó un ímprobo trabajo… debía viajar a un pueblo detrás de la montaña más lejana y una vez allí, escuchar las palabras que murmuraban no sólo los habitantes, sino también los animales, el río, los senderos, y hasta el polvo y las piedras, el tiempo necesario para aprenderse todas y cada una de ellas. El joven lo hizo así (los aprendices de buena raza suelen hacerlo)…se demoró largos y fatigosos  años pero al fin, escuchado  y aprendido todo de memoria, volvió junto al anciano para recibir su beneplácito. Fue entonces que supo que la tarea aún no había acabado… ¡ahora tienes que olvidarlo todo! le dijo socarrón… solo entonces brotarán los versos.

Pero por qué tiene una que “olvidarlo” todo ¿Qué se consigue?

Estos últimos días me he llevado conmigo la pregunta a todas partes  y no sé bien por qué en una de esas curvas de la mente, me topé con el protagonista de “Soldados de Salamina”, aquella novela que leí después de superar un prejuicio arraigado (era un bestseller casi de kiosco) pero tenía un nombre ¡tan hermoso! Recordé al rotoso republicano que cantaba “Claveles de España”,  a aquel soldado anónimo en retirada que frente al enemigo acezando de miedo, grita mientras lo ve allí escondido, resignado ante la fuerza de las cosas -¡Aquí no hay nadie!- 

 ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no lo descubrió, si era lo lógico?

Hoy, mientras caminaba hacia el colegio, he barajado las historias... esas preguntas giraban en un rincón de mi mente en sordina y de pronto me di cuenta que el hilo que unía las dos historias, era algo que tiene que ver con la cuestión que me ocupa. Se trataba de imágenes de  ese impulso natural e interior que provoca una acción o un sentimiento, sin que se tenga conciencia de la razón a la que obedece y me di cuenta entonces, de que esa suerte de inconsciencia que tantas veces nos sorprende por lo certero de su manifestación, es cualquier cosa menos impulso biológico. Que si se asienta en algo, es en una suerte de automatismo, fruto de un largo aprendizaje.

La vida y sus dilemas no suelen dejarnos tiempo para la reflexión. Los momentos decisivos suelen tener algo de trance. No solemos poder decir… “espera, tengo que pensarlo”… La vida no nos da tiempo, pero sin embargo, nos obliga  a reaccionar y luego  nos juzga y nos hace responsables.  ¿Cómo acertar?

 Yo, a “esa flecha que da en el blanco”, la llamaría instinto.

 Pero para haber internalizado algo de tal manera que surja instantánea y sin titubeos en el momento decisivo, es necesario haberlo aprendido de tal modo, que se haya convertido en parte inconsciente de lo que somos...

El instinto humano es fruto del hábito y de la imaginación. Solo podemos reaccionar de cierto modo, si antes “nos hemos visto” haciéndolo... Creo que con la formación del instinto, la literatura  y la historia tienen mucho que hacer. El instinto del que yo hablo, se forja en el aprecio por ciertos tipos humanos y en el desprecio por otros.

Si antes hemos sido Don Quijote y nos hemos batido con los molinos de viento… si nos ha admirado profundamente Carlota Corday apuñalando a  Marat… si nos hemos quedado hasta el final conmovidos con el niño y su padre en “Ladrón de bicicletas”… entonces es posible que brote  en nosotros ese instinto, aun cuando hayamos olvidado las historias, los relatos, las lecciones, quizá precisamente porque las “hemos olvidado”.

Es posible que esa “decencia” que se impone en todo ser humano de bien, cuando no ha tenido aún tiempo para sacar cuentas de las ganancias y pérdidas de su acción, sea justamente fruto del instinto en que su educación “olvidada” ha cuajado y, con respecto al papel que cumple en nuestra vida, yo diría que  es el mismo que en el arte del poeta que debe improvisar en un certamen de bertsolaris. Allí, al conjuro del tema, como por arte de una magia que no es magia sino puro instinto, el verso brota.


Recuerdo de los días de Italia


Campiña italiana

  


Los seres humanos tenemos la suerte de poseer una facultad que es fuente de no pocos dolores pero también, de sobreabundantes deleites. Es dulce poder "volver"otra vez a ese tiempo dorado en que se fue tan profundamente feliz. Yo tengo la suerte adicional de poder traducir mucha de esa emoción en palabras. Cuando esto ocurre, la poesía se transforma en algo así como un "punto de lectura" que pongo entre las páginas de mi vida, para que no se me olvide y poder volver una y otra vez...
Yo fui muy feliz en aquellos días de julio de año 98 en que recorrí Italia a bordo de un seat Ibiza, acompañada de un hombre al que amo y me ama todavía...



Di…Te acuerdas de Orvieto
la frustrada delicia…
Te acuerdas que fue nuestra
la laguna…
que era fácil quererse por las tardes
de fuente en fuente…
de colina en colina
vestidos de presente habitual
pluscuamperfecto...

Recuerdo…
que eras hermoso
tendiendo mis enaguas
que eras dulce a mi lado en la ventana
anocheciendo en silencio hacia Florencia…

                                    febrero de 1998

De Gracias...Caridad.









 Gracias es una palabra de color guinda... y para darse cuenta de su delicioso sabor, hay que escribirla entre signos de exclamación... por supuesto no me estoy refiriendo a la gris desvaída, esa que emitimos automáticamente por pura cortesía, sino a la que nos brota del alma,  impensada y excesiva como toda emoción que se respete.



 El agradecimiento genuino, solo surge frente a lo gratuito que se nos brinda, aquello que se nos da por deber, como justamente “se nos debe”, no produce en nuestro interior esa pequeña revolución gozosa. La entrega de lo debido, produce acaso una cierta inclinación de cabeza, un reconocimiento del otro como persona con sentido del deber, una distante sensación de respeto...en cambio ese, ¡gracias! al que me refiero,  solo puede suscitarlo aquello que lleve adherido ese  rabillo de añadidura, de gratuidad, de desmesura...



Interesada por este asunto de las etimologías, me puse a investigar un poco sobre el origen de “Gracias”: “gratias aguere” (dar gracias), que alude al reconocimiento y alabanza que produce “en todo bien nacido” que hubiera dicho mi madre, la sensación de reconocimiento por el favor recibido. Lo que no sabía y me pareció profundamente sugerente, es que existe un vínculo aún más antiguo entre Gratus y gratia, que tienen la misma raíz indoeuropea, que genera en latín un préstamo literario que es Charites y que se refiere a las “gracias” con sentido de elegancia, atractivo, encanto, donaire, garbo, hermosura. De ella deriva la palabra Caridad, (Charite) de dónde proviene también,  caricia.



Creo que este vínculo se traduce muchas veces de manera inconsciente en nuestras emociones y se exterioriza, producto de un inconsciente colectivo que ha ido cuajando en siglos de cultura, en expresiones que utilizamos sin caer en la cuenta de su tremendo poder decidor. Así ¡Gracias!, goza de buena salud entre nosotros y es una palabra casi consagrada por la buena educación, de la misma manera que “gracia”, caracolea por nuestro idioma toda pizpireta, ella. Vean si no la cantidad de expresiones que  jalonan nuestro decir... “me haces gracia”,  “estás llena de gracia”, “me caes en gracia”... Esta “gracia” se viste  de púrpura, amaranto, lilas claros.



Pero la pobre palabra “caridad”  está vestida de ceniza. Ha perdido prácticamente todo prestigio y se ha hundido en la connotación negativa, que apunta a esa  actitud de insoportable tufo paternalista, que la ha dejado vestida de harapos. Perdida en los registros de una religión anacrónica, es una palabra permítanme que les diga, injustamente tratada, porque si entendemos bien el juego de los sentidos lingüísticos, tendríamos que  aceptar que practicar la caridad, no es otra cosa que  ejercer las “gracias” , es  decir; vivir la vida... acariciando.



Habíamos quedado en  que lo que inspira este movimiento del corazón, que se traduce en  ese dulzor que brota inevitable ante lo que se nos brinda sin que lo merezcamos  y que nos lleva  a responder siempre gritando, aunque sea en silencio... ¡gracias!  es esa fineza de la vida, ese garbo con que se nos manifiesta a veces. La belleza del mundo se expande entonces (cuando lo hace), en un derroche que pareciera “agraciarnos” solo a nosotros.... Allí arriba en la montaña mirando ebrios hacia el valle,  nos sentimos a veces desbordados por algo que nos parece no se nos debe y sin embargo se nos otorga. Lo mismo nos sucede cuando sobre nosotros se despliega toda una fuerza, que exige que existamos y nos sostiene.... también cuando nos sentimos perdonados, abrazados hasta la médula, sin ni siquiera haber pedido perdón. La vida entonces  practica la caridad con nosotros, no la justicia.



Practicar la caridad es  dar ocasión a que una gratuidad misteriosa se despliegue. Es suscitar en el ánima de los que nos rodean, ese desborde que nos llena la boca y el corazón del sabor de las cerezas maduras... (aquí por favor, que cada uno imagine el sabor que prefiera para que me entienda).



Por esto sugiero, que dejemos  por una vez, Caridad abandone la cocina, se vista de gala, acuda a palacio y baile hasta la media noche... aunque la inexorable historicidad de las palabras, la obligue a volver junto al fogón y nosotros volvamos a olvidarnos de su oculta hermosura...



Agradecer, ser caritativos, acariciar,  son palabras de distinta fortuna, para nombrar algo que no ha cambiado en el ser humano, desde que conquistamos la autoconciencia. Es bueno recordarlo a veces.