¡Dime...!



A Cástor, "el lobo"

Dime, qué fue de nuestra cueva,

de aquella románico-tardía

de la que amplia, vacía y abrigada

me entregaste la llave, la noche del “Sí, quiero”

En todos estos años la has llenado

y me topo por todos los rincones

con oseznos llorosos

abejas de aguijón descuartizado

maripositas grises

arpías tremebundas y patéticas…

a quién prestas mis perlas, lobo absurdo.

No me importa tropezar con un cerdo simpático

leyendo mis poemas pero…

me irritan mis vestidos y mis alas

adornando a quien decidas tú;

saqueador, dueño del guirigay,

¡lobo metido a San Francisco pobre!

¡Vamos! Que no me da la gana de compartir

espacio, alegría y costado…

Ser o no ser....





                                            A mi hermana Edurne.


Esos nudos gordianos
que secuestran el alma 
en un calidoscopio
de miseria;
nudos ciegos, sin cabos
nutridos y apretados
en un ser vuelto ya
puñal y arena.
Son muerte que jamás será caída
porque nunca habrá vuelo.
Perros, con la garganta rota
y la rabia completa.

El filo bienhechor
¿por qué se tarda?
¿qué detiene
la bendita justicia
de la espada cayendo Dios
en lo todo posible
aunque estalle...la nada.

La cita a ambos debida




             Al Sr. G. Reyes, mi profesor de castellano en el liceo Darío E. Salas de Santiago de Chile.


Su voz equivocada de hemisferio
me nombra en las tardes de noviembre
me persigue por la nostalgia arriba
y me retranca en un cielo diferente.
Vuelve a jugar entonces el instante
y en esquina de mí, detengo el paso
no suceda que mi rostro de hoy rompa el milagro.

Es difícil sostener mi picassiana esquina
es costoso ya sé, su rostro soberano
quién sabe a costa de qué, restituido.

Yo no sé la palabra que labra esto en posible...
cuando su voz me suena eterna en los noviembres
el yo que usted amaba me torna entera esquina
que en gozo de sentirse, a esperarlo se vuelve.


Fue mi querido profesor de literatura durante mi adolescencia. Me encantaban sus clases y a él, mi apasionado interés. En tiempos aciagos nos reencontramos. Era noviembre y yo ya era una joven profesora llena de sueños, él ya estaba herido por la enfermedad y la pesadumbre...Siempre que empieza noviembre, vuelve y conversamos.




Cuando camino en mayos regalados.

Flor de acacia


No es una tarde más
es un regalo
el que Dios hace a mi memoria viva.
Me huele igual,
jaspea un algo en la brisa
que acaricia otra piel y...
 somos dos la que ves avanzar
por el camino.
Una que fui
de mi mano de ahora
se deleita
y me gozo en su distancia recobrada.
Pero también me hiere
otra distancia,
aquella de la cual como hoy
colgaré dulce y erguida
en el último mayo,
el que abroche
la ronda de mis seres.

Y vuelvo a casa...





                                                                   
                                       Vista desde nuestras ventanas en Santiago de Chile                                                                       
                                       A mi madre

Y vuelvo a casa
 Y estás allí
y nuestro café humea
y yo miro con los ojos de adentro y los de fuera
tu mirada de siempre hacia la cordillera.
El coyote se ha huido en ramas cabalísticas
pero la yedra crece mansa y reconocible...
En los Sacramentinos el sol toma un respiro
y hacia el este, las casas naufragan en el verde
y...todo en mi se aquieta, el latido y el nervio.
La mueca cultivada devuelve la sonrisa.
Vuelvo a los viejos cuadros
a los cielos celestes altos y detenidos
al calor acogido y acunado
a los mástiles prestos...
y ¡a ti! sentada al centro de lo que ya es tristeza
y te miro extasiada y te quiero de nuevo...
¡Cuánta selva he tronchado para volver a verte!


Hay una manera de volver...las palabras lo saben.

Oda a la enemiga.







Pájaros azules
te despojen de la capa ominosa
que negrea tenaz sobre mi sombra
para que pueda ver
el músculo
y la vena
y el miedo
dibujándote el vientre.

lluvia de primavera
amanse la sangrienta cabellera
para que te adivine
el barrunto de remolino tierno.

Viento del oeste
tire por tierra aventando
tus pócimas
tus alacranes pálidos
tus roncos disfraces de palabras.


Y yo entonces perciba
las gotas de naranja
las tibias mariposas
el vagido pugnando
y pueda ya por fin...
bajar mi lanza.


¡Que gratas son las treguas, qué dulces! Una espada que se deja caer, un escudo que se apoya en la piedra ... son consecuencia, a veces,  de ciertas metamorfosis inusitadas.