Casas y cosas...



Allá en el sur, la casa donde nací tenía tejado a dos aguas y la lluvia sonaba fuerte porque era de chapa. Me gustaba oírla. En el jardín, la niña que yo era, paseaba por las mañanas acechando la inminente aparición de la Virgen con su niñito de la mano allá por el bancal de las fresias...

Por las tardes, el sol iluminaba apenas tamizado por las palmeras de la calle, el cuarto de la abuela. Era la hora del canto. El Niño se perdía camino a Jerusalén en la balada y el polvo del verano se arremolinaba en la calle desierta.