Fragmentos a vuela pluma III






Durante esta semana aciaga que comenzó en mi conciencia el viernes 13 de noviembre poco después de las once de la noche, he leído multitud de artículos intentando informarme. He reflexionado sobre las causas, la complejidad, la responsabilidad y las consecuencias de lo ocurrido en París. Me he encontrado a ratos indignándome frente a ciertos comentarios, secundando otros y desconcertada, apurando impotencia, las más de las veces... Pero, si he experimentado estos días algún dolor genuino de esos que te dejan el alma en carne viva, no ha sido frente al número de víctimas, ni frente a la proliferación de flores y velas en los lugares donde habían acontecido los atentados, ni frente a las imágenes dantescas... El dolor ha florecido frente a un recuerdo:

Había luna llena aquella noche de diciembre  y yo salía de un concierto de gospel de La Sainte Chapelle en la Cite de France. Apenas había comenzado a caminar hacia el hotel cuando un extraño sonido me hizo volverme:  una riada de jóvenes  deslizándose en patines " allegro ma non troppo"  se apoderaba de la calzada en silencio bajo la luna. Sé que viví uno de esos raros instantes en que el tiempo se encasquilla.

Carta de París



Ayer volvimos de París que estaba, como dice la canción, "más bonita que nunca" Fueron unos días a nuestra medida. Preciosos. La habitación del hotel (el mismo en que estuvimos con Uds. hace 11 años) era muy pequeña, muy limpia y extremadamente ruidosa, sobre todo al anochecer. La misma tienda de sombreros en la esquina y el mismo super donde comprábamos la comida  para la cena- ¿recuerdas?... esta vez nos dio por comer tortillas mexicanas con tomate, queso de cabra y albahaca.


¿Qué cosas hicimos? Te cuento lo más especial. "Lo más de lo más":

Carta al enmascarado


                                                                          


                                                                  Porque a veces, una recuerda... cartas de amor


 Te estoy mirando y  sé que todavía te acuerdas de la rosa balanceándose junto al Rialto aquella primera madrugada de enero... Yo también. La arrojé  al Canal  justo al saltar al vaporetto, cuando ya nos íbamos.

  No tengo más que nombrarte San Michele y sé que sentirás el aire marino de los cipreses y  verás como yo, apenas desvaída, la difícil caligrafía de las tumbas rusas y los guijarros que pusimos sobre la losa de Ezra Pound. Sé que también podría nombrarte la luna llena de invierno sobre  un san Marcos desierto, pero seguro que entonces tus recuerdos volverían a querer entumecerse  en la intemperie del vaporetto, enfilando ahora  hacia el puente de La Academia, mientras hacías el recuento gozoso de las guirnaldas navideñas rebrillando tenues en el interior de aquellos  palazzos tan solos.