Del tiempo



Esta mañana, nada más despertarme y mirar de refilón el brote de las hortensias, me cayó encima el tiempo; el de abrazar y el de deshacer los abrazos; el de partir y el de tener que volver, el de saludar gozosa y el de tener que despedir y soltar... 

Me deslumbró los ojos el fulgor de la cordillera encendida mientras fuera luchaban los cúmulus-ninbus por el lado del mar; una sonrisa plena me trajo el refilón de la hora redonda de la tarde, mientras sentía caer una a una las hojas del otoño del fin del mundo sobre una losa de piedra. Encanecía mi habitación la luna enorme y arrebolada del sur  y a la vez  era consciente de como se dejaba alcanzar suave por ésta que transita aún desvaída y mínima sobre mi casa...
 Escucho tu voz de gato en mi oído de aquellas mañanas en que me retenías junto a ti embelesado como un Salomón joven; ese sonido intenta acallar como un xilófono encantado, la  voz que ahora  musita que  ya no es tiempo de retozos, ni de abrazos...

Nuestro tiempo está apresado en un concentrado que a veces algo agita. La redoma entonces, como un calidoscopio, se pone en movimiento y nos permite vivir en un instante la dulcedumbre y la adversidad de los días. A veces es dulce sobre dulce, a veces, aciago sobre aciago. 

Y entonces... barruntamos la eternidad.