Primavera en Birkenau



Vuelo de vilano...

Verdecían y ondulaban
tilos, abedules, arrayanes, mirto blanco... 
cuando se abrían las puertas 
quizá un vilano acarició una estrella
y escucharon a lo lejos música de carretas...
Un sol adolescente enjugó sus sudores...

¿Sucedió aún en Birkenau?
¿La indiferente belleza vertió su último aceite
sobre los rechinantes ejes de la esperanza?
¿Se pudo musitar aún, un retazo de cuento?
alisar una falda
encasquetar bien una gorrita
atar unos zapatitos viejos?

¿Husmearon la brisa al avanzar y se dijeron incrédulos
es imposible...
                                         ¡no se puede, no se puede morir.... en primavera!?

5 comentarios:

El lobo dijo...

Muy triste...
Serían capaces de captar esa belleza ? Ojalá....

Anónimo dijo...

Las altas torres de ladrillo rojo ensombrecieron el cielo durante 1811 días, también durante las oscuras noches de sus cuatro primaveras. Ennegrecieron el aire puro de los cercanos bosques. Ensuciaron sus hermosos árboles y sus prados verdes. Nunca hasta entonces, hubo tanta prisa durante tanto tiempo para producir aquel penetrante olor a muerte que, aun hoy, impide a las flores de aquel lugar oler a flor en primavera. Pero tus oídos doloridos, Begoña, son capaces de rescatar tenues sonidos de esperanza de entre el inmenso coro de desgarradores chillidos. Recordar retazos de cuentos entre millones de angustiosas agonías. Tus ojos de poeta, vidriados por la visión de tanto dolor, sorprendidos, son capaces de contemplar el “alisar una falda, encasquetar bien una gorrita, atar unos zapatitos viejos”. La fuerza de la vida, la del poeta, la de la esperanza son tan poderosas que ni millones de muertes horribles pueden anularlas. Por eso “no se puede morir en primavera”. Gracias por encontrar pedacitos de primavera rebuscando entre tanta miseria. Gracias, Begoña, por tu poesía.
José Ramón.

Begoña Eguiluz de Sasía dijo...

Sé que has estado en Auschwitz, José Ramón y agradezco profundamente que mi poema haya podido encontrar, a pesar de la visita, eco en ti. Todo aquello es demasiado escalofríante: nunca antes, el ser humano fue más despojado y reducido a pura materia y...sin embargo ¿Tú, también pudiste sentir a pesar de todo, algún destello, alguna belleza que dejaran a su paso?

Anónimo dijo...

Ninguno de ellos perdió las ganas de vivir hasta que se apagaron sus ojos y para ello necesitaron recordar en el último instante lo más hermoso de sus vidas. He asistido a varias agonías y en todas ellas he contemplado recobrar un momento de lucidez y de paz interior. La ausencia total de dolor relaja la última resistencia a la muerte y aparece la sonrisa en sus labios. Este íntimo recuerdo me permite soportar el dantesco espectáculo de tanta muerte. Por eso imagino como tú, Begoña, que fueron necesarios destellos de belleza en el tránsito al otro lado de la vida. José Ramón.

Begoña Eguiluz de Sasía dijo...

Recuerdo haber leído que, enfrentados a una situación límite repentina como la que tuvieron que vivir los recién llegados a Birkenau, el organismo se bloquea. Millones de endorfinas anestesian y vuelven "irreal" el terrible momento. Se muere "como en una pesadilla" de la que se puede despertar en cualquier momento. El problema es que parece que las endorfinas también anestesian la memoria. He leído también acerca de esa supuesta "película" vital a la que los que van a morir asisten....En realidad, he leído muchas cosas que me dejan siempre a las puertas de lo que fue. Sin embargo tengo claro que quien pudo percibir aún entonces destellos de la belleza del mundo, es posible que sufriera a la vez un dolor indecible: la lucidez impide la anestesia.
Un saludo cariñoso, José Ramón. Es un placer conversar contigo.

Publicar un comentario