Aviso.







Es sabido que la felicidad, si me permiten que utilice tan ampulosa palabra, no tiene registro: se basta a sí misma. Cuando ella está nos invade una especie de "calma chicha" que nos hace balancear suavemente en medio de un soterrado movimiento percibido apenas... Escribir, entonces se transforma en un esfuerzo sin sentido porque solo el delicioso vaiven basta,

Así me siento estos días en que lo propio es ensoñar, recordar, desear como siempre pero  con sordina.

Queridos lectores y lectoras espérenme que ya vuelvo... Siempre vuelve el viento que hincha la vela y desasosiega el corazón que se pone en marcha y obliga a dejar registro de ruta.

Hasta pronto!!

De yermo y piedra....






 Cuando tarde o temprano el mundo se convierte en planicie yerma, como en la que deambulaba solo y ciego el rey Lear purgando pesaroso su estúpida confianza en las palabras, nos morimos de sed.

Cuando nos bamboleamos en medio del sinsentido, suele ensordecernos el sonido de las frases harapientas en las que un día creímos tan fervientemente... Y sin embargo, tatuada en las entrañas, ¡ay! esa ilusión de pozo y música de roldana como una espina de ese mínimo sueño de reguero que acaso pudiera convertirse en arroyo donde abrevar hasta hartarnos si conseguimos seguir moviéndonos, nos acompaña siempre...

Conozco el orgullo y bastante la intransigencia que tantas veces me dejan convertida en piedra doliente, reivindicando con dignidad de trágica pobre el " todo o nada" que dé  mínimo sentido a mis viejas convicciones tratando de que caigan al menos con estilo, con cierto toque épico... Aquellas de cuando creía en el resplandor wagneriano y convivía con héroes y horizontes perfectamente trazados. Cuando me acompañaba el paso la Sinfonía número 5 de Beethoven, tan flamígera, ella y avanzaba con el paso de una Atalanta poderosa.

Pero... a medida que va pasando el tiempo, voy constatando lo mucho que secan la vida las grandes palabras, los grandes sueños, los himnos solemnes, las epopeyas... Lo feo que caen. Nada grande sirve para vivir más allá del instante que se cree glorioso, nada que haya que defender a cualquier precio, nada que...

 El sorbo mínimo que abreva suele encontrarse en el margen del trazado, en la entrelinea imprevista, en la insólita contradicción en que caemos. A veces... incluso en el cansancio que hace que bajemos por una vez la cabeza y los brazos. Lo vislumbramos en ese misterio que sostiene el Adaggieto de Mahler y entonces...avanzamos, casi convertidas en estatua de sal, avanzamos

Ojalá nos sea dado un corazón zahorí. Las rutas y los itinerarios que nos obstinamos en seguir, la mayoría de las veces son solo un mapas donde todas las señales esconden silencio, harapo y piedra.
 

Txitxarrito





 Para Enzo, mi txitxarrito.


Es el que más me gusta, decía mi padre con profunda convicción, mientras comía y poco a poco iba quedando en su plato un montoncito de espinas. Yo haría lo mismo con mi pescadito pero que nadie se asuste, es tan grande el placer que me produce su sabrosura que las hipérboles me salen solas.

La enciclopedia dice que es un pez azul, de sabor intenso y, un poco peligroso. Tiene una pequeña glándula venenosa debajo de la aleta ventral ( algo así como las cuatro espinas de la rosa del principito y me imagino que, como la rosa a los tigres, él también piensa que puede hacerle frente sin problemas a los tiburones ). Vive en alta mar formando grandes bancos que por la noche atrae la luz. Tiene muy buen apetito y suele resguardarse voluntariamente debajo de las medusas cuando es pequeño... Es un pez con auto estima, el txitxarro. Su cuerpo terso brilla en verde y azul y sus escamas se desprenden redondas y fáciles. Es un pez rápido y un placer distinguirlo, puro destello, allá donde se arremolinan las gaviotas.

Soy poeta y tengo algo de hechicera. Es por eso que quienes me conocen temen un poco esos nombres antojadizos que les adjudico. Me preocupa  un poco el por qué se me habrá ocurrido llamar con el nombre del más sabroso y barato de los peces del Cantábrico, al primero de la última hornada de mis amores. Aunque,  en realidad, no me preocupa en absoluto. Me encanta.

Mi txitxarrito es un alevín todavía. Es por eso  que tiende a subir a la superficie, donde está la juerga, tentado por el mínimo rayo de sol. Le gustan los toboganes difíciles y el color azul, las camisetas de superhéroes, la pizza y el helado de chocolatto. Es de la Real, del Torino y de la U (de Chile) y luce con orgullo sus tres camisetas.  Gran hacedor de barquitos de papel y bebedor de fuentes, detesta estudiar violín y dormir la siesta. Tampoco es que le guste la hora del pijama por la noche, pero le divierten los lobos y los cocodrilos a cualquier hora. Adora las gorritas  y guarda perfecta memoria de cualquier  adminiculo útil o inútil de su pertenencia.  Es el cómplice absoluto y declarado de su papá.

Se ensimisma a veces serio e inmóvil y yo me pregunto entonces, en qué mar andará nadando, mi misterioso pececito de ojos enormes, debajo de qué medusa se habrá metido.... Prefiere Pocoyo, Pingu y la insoportable Natasha a  cualquiera de mis preciosas canciones y …  Sobre todo está seguro de que le daré siempre lo que me pida, sea mi talismán, mi más hermoso punto de lectura, o el último pedazo de mi manzana verde, sin pensarlo un momento ... Sabe que siempre dejaré el libro de canto cuando se me acerque, que nunca perderé la piedrecita blanca que me regaló un día de idilio, que lo adoro por siempre jamás siempre y nunca consentiría que nadie lo confundiera con un pez mandarín, un pez león o un pez payaso y pretendiera encerrarlo en una pecera con algas de mentira y cuevita ornamental a él,  mi pececito de altura...

Desentumeciendo la pluma....








Este invierno largo y doliente que termina me ha traído un par de veces sin embargo, esa sensación deliciosa de aprehensión del tiempo al que se deja ser...

Me explico: dejando sobrevolar la mirada desde una de las ventanas altas de Sara, me pareció posible quedarme tendida en uno de los prados que vislumbraba, largamente, sin mover un músculo, olvidada de mí: simplemente siendo y luego... levantarme y regresar a donde fuera, llena de gracia. Fue una sensación casi carnal. No intelectualicé nada: sentí simplemente la posibilidad.

¡ Qué descanso ese poder apearse de una misma! Esa sensación que de seguro han vivido los místicos y  que creo es el deseo más fuerte e ignorado de todo ser humano; ese poder apearse por un momento de "la insoportable levedad del ser"que arrastramos día tras día, hora tras hora, minuto tras minuto...

La cultura nos mediatiza. También todas las ilusiones que han volcado sobre nosotros los que nos precedieron y... ahí está la contradicción insoluble: ¡Quiero estar tendida en la hierba olvidada de mí para que lo ignorado de mí pueda salir a flote... Pero entonceces, si ocurre así, seguramente yo ya no tendré conciencia de lo que emerja porque... no habrá nada.  Al haber dejado de oponer resistencia, he dejado de diferenciarme. No habrá conciencia entonces, de lo otro porque ya nada tendrá nombre y será indiscernible pero...¡ qué dulzura de descanso!

Hace un momento he abierto las cortinas de mi habitación y he mirada largamente el magnolio ya pura hoja tierna. Las ramas vestidas rebotaban contra mis pupilas. Al fin, he vuelto el rostro de nuevo inmersa en el magma de mis pensares y sentires y me he hecho cargo como cada día de este peso mío  tan insoportablemente leve ...

Buscando a Kontxi.



Kontxi

( Leer de abajo hacia arriba)


Y después de cincuenta y cinco días de ausencia te regresamos, Contxi.

Volverás a cruzar la cordillera y quedarás nuevamente a su sombra pero por el lado en que amanece... Como debía de ser, como tú hubieras querido, volverás a casa.

Bajamos al infierno y hemos vuelto contigo entre los brazos. Íbamos juntas muchas sangres unidas por un lazo común: te queríamos. En el camino se nos juntaron los muertos y de pronto, nos hicimos imparables y llegamos. Y ahora... ya podemos recordar tu vida de ires y venires, tan volcada en amor que casi siempre te dio fruto.

Tu muerte no fue la que te correspondía. He recordado a Rilke estos días "Señor, da a cada cual la muerte que le es propia", rogaba el poeta. Sí, nuestra muerte debiera parecerse a lo que somos. La tuya no lo fue, por eso nos ha dolido tanto.
Pienso en ti y proclamo la belleza de tu vida volcada hacia ese mundo lindo que Dios nos dio. Niños, animales, playas, pan, regalos, interminables tertulias, buen vino, flores, árboles, risa, detalles, música, amigos, amor... Todo te lo viviste sin reservas, todo tuvo eco en ti.

No puedo sentirte como una víctima a pesar del horror de tu muerte. No le concedo a ese hombre que haya puesto la rúbrica a tu vida. Ese final nada tenía que ver contigo y todo, absolutamente todo con él... A ti no te toca.
Te estoy imaginando tibia de sol tardío, la cabellera lustrosa, sentada en un lugar donde aún no podemos llegar, totalmente a salvo, con tu vida extendida en torno a ti como un regalo... ¡ Disfruta de tu cielo, gordita!

Tengo una deuda de honor contigo, Conchita, que quisiera alguien me ayudara a cumplir el próximo domingo cuando te den tierra. Hace cinco años, ausente de Chile y herida en lo vivo por la muerte de mi amiga del alma, recibí una nota tuya..." Le he puesto una flor por ti, dije tu nombre mientras lo hacía, Begoña"

En aquel tiempo de terrible frío, ese gesto tan delicado fue el que me consoló más profundamente. Necesito repetirlo, que alguien lleve dos flores y deje una por mí y que murmure mi nombre al hacerlo...


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El dique Potrerillos es bello como todo lago de montaña por más artificial que sea. Tiene la cordillera, la madre cordillera a lo lejos y el suave limo del río Mendoza en su seno...
Dicen que allí te meces, Contxi, como una Ofelia anclada en lo profundo. Te mando las magnolias supervivientes de este rudo empezar de primavera en el norte, para hacerte un poco más ligera la espera. Esta mañana están frescas de lluvia y aún conservan algo de su antiguo fulgor en el desvaído terciopelo de su aspecto...

Me consuela el agua, Conchita. Siento que habrá lavado tus heridas, que te mece, que te cuida en lo hondo, que allí no estás tan sola... mientras vamos.

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Y cuando la luna alcanzó su plenitud y brilló en toda su gloria ( había pasado febrero completo) supimos que Contxi no volvería. Que la tarde del cinco de febrero, el hombre por quien había apostado, la había matado de un disparo después de llevarla con engaño al dique Potrerillos. Supimos también que el crimen había sido preparado con meticulosidad y astucia.

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué de esa manera? La pregunta se graba en las entrañas a fuego lento.
Nada nos preparaba para aquello. Sus noticias contaban de un hombre tranquilo y cariñoso a quien ella quería. Nuestra amiga era fuerte. Estaba costumbrada a la autonomía en sus decisiones. Era valiente y como buena vasca, apostadora. Ni sumisa, ni apocada era nuestra Contxi... ¿Quizá fue eso lo que él finalmente, no fue capaz de soportar? No sabemos el móvil pero lo intuimos: el más vil que imaginarse pueda.

Imagino aquellas horas en que mientras yo jugaba con los niños en Sara, en Luján de Cuyo a la vera del sauce, del frescor del agua mansa, del rumor de los álamos, a ella le quitaron la vida... Aquella tarde la noche seguro que fue llegando suave, suave, que cantaron los grillos como todas las noches de verano y la luna se deslizó espléndida por el pantano... y ella se quedó allí sin llanto, sin arrullos... y yo no puedo soportarlo.

No lo soporto, no. Es por eso que he tomado mi poderosa pluma y he puesto las cosas en su lugar. Sé de la la profunda solidaridad de lo que fue amado cuando se destroza a quien era su fuente de cuidado.

Es por ello que aquella noche por el lado de la cordillera, sentí que un viento de nombre inédito hasta entoces, empezó a formarse en Santiago de Chile y se hizo fuerte a medida que pasaban los días de la ausencia y avanzaba hacia Mendoza. En Lujan de Cuyo, allá por el paso de Los Arrieros, alimentado por el dolor y la furia de semanas, alcanzó su clímax. Fue un huracán justiciero e inclemente: desbarató la casa, el quincho, la casita del perro, retorció los "atrapa sueños", arrancó las puertas y ventanas, desgarró con saña las sábanas y el ruido de la greda al quebrarse punteó la dulzura del desastre...
No pervivió nada, ni perros, ni pájaros, ni sauce, ni jazmín blanco.
Todo se lo llevó la pena negra hacia Proterillos y lo hundió en el embalse sin necesidad de lastre alguno. Perdón, sí quedó algo. Flotando sobre el desastre se balanceó largo rato en el agua turbia una triste cabeza de ciervo... Es lo único que no le pertenecía a ella.

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Su rostro se ha vuelto omnipresente. Está estático en la red y tremendamente inquieto en los sueños malos. Todo la evoca: un verso, una zamba, un sabor... Está avizor en el subconciente que lo cuela inoportuno en la mitad de un pensamiento, en el sesgo de una frase... ¿dónde está? ¿qué pasó? ¿por qué pasó? y luego en aluvión, el desconcierto, la pena negra... la ira. Las conjeturas terribles ganan terreno a medida que pasan los días de su ausencia y se alivianan o se vuelven fósiles bañadas por recuerdos azules...
Quintero y una muchachita que me enseña a desmaquillarme los ojos con "pétalos" para que no se me arruguen nunca. La hoguera de Quintero y los ponchos y la risa y el poderoso mar de Chile, puro salitre y alga, aromando la noche. Una muchacha alegre, que ansiaba con toda su alma ser querida y era fácil sí... era muy fácil quererla. Mucho.


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Hoy que se cumplen ya veinte días de ausencia, estoy mirando la foto de su casa por dentro.

Al fondo en la penumbra se distingue uno de esos sofás que dan la sensación de abrazar a quien se sienta. Veo retratos de familia en una mesa baja y en la otra, una planta que me parece un tronco del Brasil, se yergue de lo más elegante. Dispuestos como a mí me gustan, un poco bajos, lucen cuadros en las paredes. Una mujer de medio cuerpo parece mirarme de soslayo desde uno de ellos y me digo que debe haber haber sido un regalo que le habrá despertado fantasías ... En la pared de la derecha, la cabeza de un antílope con su magnífica cornamenta. Es un trofeo de caza que vuelve un poco inquietante la atmósfera de esa sala cálida de luces bajas. El reloj de pared marca las siete y veinte de una noche temprana allá en el sur del mundo.
En primer plano la mesa está puesta y es fácil adivinar quiénes van a sentarse a ella. La vajilla es azul y muy sencilla ( está un poco gastada). Tenedor y cuchillo carnicero juntos a la derecha de cada puesto ( en Argentina se come mucha carne)
El Tomate pelado en gajos y cebolla quizá con su poco de cilantro, luce en fuente de greda que vino de Pomaire. Lo sé porque yo tengo una igual ( es chilena). La lechuga se adivina fresca semi tapada por el ketchup, la mayonesa, el ají, el salero de vidrio grueso y el aceite mediado en su botella; los aderezos inevitables de toda mesa sudamericana.
Habrá seis comensales: dos niños enfrentan sus vasos de plástico de color azul y rosa. Dos personas tomarán vino porque veo las copas y las otras dos, cocacola en vaso grande. Me temo que ella será una de ellas (la mala costumbre chilena) Copas y vasos están dispuestos sobre servilletas de papel que quieren proteger el mantel blanco sin adornos. La mesa espera.

En esta foto no hay nadie y sin embargo, está llena. Soy una convencida de que nuestras cosas y su disposición delatan lo que somos. Sé de quien es el reloj con su péndulo, el cuadro de la mujer hermosa y la plantita bajo la luz tenue. Sé quién puso los platos, distribuyó los cubiertos, cortó los tomates y les agregó cilantro. Sé también quien preparó el kuchen de nueces, almendras y duraznos que se enfría en un ángulo que ya no veo y sé también que esa triste cabeza de ciervo disecada no puede ser suya.

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Son dieciséis días sin huellas.

Se acumulará el tiempo suave, suave como arena y tengo miedo de que poco a poco ella pueda desaparecer de verdad. Qué se convierta en una foto descolorida que bate el viento, un caso remoto en una carpeta entre otras, un recuerdo que sangra, pero menos. Es inevitable. La voluntad y el amor no podrán impedirlo a largo plazo. Sin embargo, hay una indignación tan rotunda en nosotros que quizá nos permita, sin la lira de Orfeo, persistir solo con nuestra pobre fuerza de mortales en esta tarea de buscarla aunque sea en el infierno y traerla de vuelta a casa.

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Y son ya catorce días y nadie la ha visto. Tercamente seguimos buscándola. No sabemos qué más hacer además de propagar su rostro y su nombre por cada calle, por cada chacra, por cada camino polvoriento de Mendoza... Sentimos que lo único que puede protegerla todavía es nuestro amor, nuestro terco y desolado amor que no se rinde.

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Creo que puedo imaginarme Lujan de Cuyo. La cordillera magnífica donde el sol se pone, viñedos, verde de sauces, largas hileras de álamos, la placita sombreada y una calle principal que se llama San Martín como en tantos lugares de Argentina.

En campo abierto veo la casa sobre piedra.

Casa construida con lentitud e ilusión. Cada detalle lo proclama. La madera oscura y un poco brillante de las paredes, el tejado de chapa acanalada, las amplias ventanas claras, el porche y su barril para recibir lluvia, la casa del perro y, un poco retirada, la parrilla y la mesa del asado.
Casa alegre donde deambulan animales y niños, se persiguen voces y ladridos joviales con la música de fondo de alguna herramienta y en que ciertos días, la bandera argentina a juego con nubes y cielo, ondea serena.

Siento en el invierno el frío de la nieve acumulada en el jardín, el agobiante calor de las noches varaniegas en que no se duerme y se desea con ansia la tormenta imprevista, una lluvia bronca que caiga sobre el jardín y no pare hasta que se haga vieja la mañana.

Veo las flores. El jazmín de leche... y me hunde la tristeza de tanta belleza sola.


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Y... ya son once días sin su rastro. Imágenes míticas se agolpan en mis entrañas: las de Perséfone, Eurídice... El de las arrebatadas no parecía un destino posible para ella. Pero la realidad no es poética sino más bien yerma, dura; terriblemente opaca.
Se van sumando datos y decepciones. Las cámaras del exterior del terminal no funcionan. En las del interior no hay ninguna imagen que pueda corresponder a la de ella. No hay registro como pasajera en ninguno de los buses que salieron hacia Chile o Córdoba, los destinos más posibles (en Argentina se exige el DNI a todo viajero para comprar pasaje) Llama poderosamente la atención que en una terminal amplia y muy concurrida en tiempo de verano, nadie parezca haber registrado la imagen de una mujer vestida enteramente de blanco que viajaba con maletas. Nadie, excepto su marido, parecía tener noticia de este viaje.

La personalidad abierta de Contxi, su profundo sentido familiar, la cortesía de la que hacía gala, hacen muy extraño el secretismo en que parece haber mantenido sus intenciones y aumentan el misterio.

Y yo... quisiera que Salvo Montalbano, mi detective favorito, tomara pasaje rápido para Mendoza y se hiciera cargo porque necesitamos con urgencia creciente saber qué pasó.


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Hace ya nueve días que no hay rastro de Contxi. Las autoridades dicen que es un caso extraño, complejo. Sus primas, en Mendoza, se baten como leonas buscando algún hilo que pueda conducirnos hasta ella. Por ahora no lo encuentran y todos rezamos, pensamos y nos mantenemos en una carrera que ojalá no sea de largo aliento.

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Hasta hace nada, yo era una privilegiada de esas que a quienes la desgracia no había tocado nunca.
Hace dos días, llamó a mi puerta en la entrañable figura de Contxi. En Mendoza (Argentina) había desaparecido nuestra prima, nuestra amiga queridísima y no podíamos creerlo.

Quiza por su calidez y cercanía, por la manera en que nos tenía acostumbrados al saludo, al guiño, a la risa, se nos hacía más difícil. Ella que parecía la misma imagen de la vida abrazadora había de pronto dejado de abrazarnos y no sabíamos qué o quién se lo impedía. Desde entonces, la buscamos desesperadamente.

Los únicos datos que tenemos nos dicen que a las seis de la mañana del día 6 de febrero, quedó frente a la terminal de buses que la llevaría a un viaje que no se sabe con seguridad si era a Chile o a Córdoba, con una maleta grande, otra pequeña, su mochila y dinero. Desde entonces silencio.

Nadie de los que la conocemos puede creer que ella se fuera sin un aviso. Es por eso que ahora, los que la queremos la buscamos hasta en el infierno.



Ceremonia para sobrevivir







Y...  llego con el mundo pisando mis talones
ensordecida, seca, casi descoyuntada
me arrastro de través cual naúfraga 
 con los ojos cerrados.
Poco a poco
un refilón de hortensia 
parpadea  azuloso en mi ojo derecho
el vuelo de mi  vieja dourinha
se confunde en el blanco raído del embozo
El violín quejumbroso de mis judíos pobres
inaudible acompaña
Me lo bebo en la lluvia
a ese vuelo perfecto y solo mío
que me alza costoso, que me alza

Que no interrumpa nadie ni nada todavía
ni siquiera un atisbo
ni un recuerdo por más rosa que sea
nada que no un reverbero apenas
es bienvenido

El vuelo recomienza  despacio 
 yo lo ayudo
 con mi voz que musita callada en los adentros
la dulzura del verso que fragua
cauteloso...

Un cielo...



                                                                                                         A Violeta Parra

Estarme
estarme en silencio oyéndote cantar anticuecas,
cuecas largas, cantos a lo divino, a lo pueta, el rin del angelito
mirarte bordar tus arpilleras,  formar tus cacharritos de greda
tus alambres, tus mimbres
pintar tus pequeñitos cuadros tristes...
en silencio, Violeta
a tus pies, sentada en sillita de anea 
con las manos sobre la falda
con mi oido bueno, con mis ojos de antaño
con mi corazón de diecisiete.