Un vuelo más...¡un vuelo de mañana!Tocada del relente de la lunaacariciar gritando escandalosaun poquito de verdey sentir...sentir con dulzura mi antiguo nombre...golondrina
sábado, 17 de diciembre de 2011
Utopía
jueves, 15 de diciembre de 2011
Regreso a Guinea
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| Regreso a Guinea- de La Fortune Félix |
“La nostalgia es el sufrimiento que produce el pensar en algo que se ha tenido o vivido” leo en mi lacónico diccionario y me doy cuenta casi de inmediato de que no es necesariamente así. No se trata siempre de echar de menos lo vivido, ni de sufrimiento a secas. También se puede sentir una profunda nostalgia por lo nunca vivido. Por otra parte, hay mucho de deleite en ese giro hacia atrás, ya que la nostalgia es siempre una extraña fiesta que se produce en nuestro espíritu, cuando mágicamente y casi por asalto nos encontráramos pisando el umbral de una casa muy amada... al conjuro de un perfume de humo otoñal, una foto que encontramos de repente, una fecha, una canción que suena al pasar bajo una ventana...
sábado, 10 de diciembre de 2011
Cuentas finales.
Y...después de las cifrasquién pone el signoecha la raya y...suma o resta.
Quién establece el total y lo subrayay...quíen corrige y ponela X o el V a semejante resultado...
sábado, 26 de noviembre de 2011
Fábula del cordero
No recuerdo exactamente cuando escribí este poema. Lo encontré perdido entre mis papeles pero, aunque haya olvidado la circunstancia, tengo por seguro de que se trata de "un ajuste de cuentas", otro de los deliciosos placeres que proporciona la poesía: un poco de maldad. Sé que el título es feo, absolutamente antilírico. Tiene que ser así...una pena para quienes creen que el reino de la poesía es la de "lo bello".
Siempre balando.
siempre deambulando en medio de lobos y
hielos invernales...
¡Pobres corderitos pascuales!
(cuidado...¡cuidado! )
(cuidado...¡cuidado! )
una siempre se endeuda
con sus miradas húmedas
con su vellón como motitas de nubes
con sus débiles, temblorosas patitas
que terrenos pedregosos y lobos babeantes
a punto siempre están... de lacerar
con sus débiles, temblorosas patitas
que terrenos pedregosos y lobos babeantes
a punto siempre están... de lacerar
miércoles, 16 de noviembre de 2011
Esa suerte de inconsciencia...
Nunca sabe una a través de que extraños recovecos cuajan de repente las ideas claras y distintas, cómo adquieren de pronto su encaje lógico... ¿Qué tendrá que ver la réplica inesperada de un viejo sabio a su autosuficiente aprendiz, con la súbita decisión de un soldado republicano en retirada?Escuché hace unos días un relato que intentaba explicar la poesía oral, eso que en esta tierra se llama bertsolaritza… Un aprendiz interesado en dominar el arte del verso, acudió donde un maestro en el tema y le pidió la fórmula (siempre andamos pidiendo formulas y atajos)...pero el caso es que éste como todos los sabios que en el mundo han sido, le recomendó un ímprobo trabajo… debía viajar a un pueblo detrás de la montaña más lejana y una vez allí, escuchar las palabras que murmuraban no sólo los habitantes, sino también los animales, el río, los senderos, y hasta el polvo y las piedras, el tiempo necesario para aprenderse todas y cada una de ellas. El joven lo hizo así (los aprendices de buena raza suelen hacerlo)…se demoró largos y fatigosos años pero al fin, escuchado y aprendido todo de memoria, volvió junto al anciano para recibir su beneplácito. Fue entonces que supo que la tarea aún no había acabado… ¡ahora tienes que olvidarlo todo! le dijo socarrón… solo entonces brotarán los versos.Pero por qué tiene una que “olvidarlo” todo ¿Qué se consigue?Estos últimos días me he llevado conmigo la pregunta a todas partes y no sé bien por qué en una de esas curvas de la mente, me topé con el protagonista de “Soldados de Salamina”, aquella novela que leí después de superar un prejuicio arraigado (era un bestseller casi de kiosco) pero tenía un nombre ¡tan hermoso! Recordé al rotoso republicano que cantaba “Claveles de España”, a aquel soldado anónimo en retirada que frente al enemigo acezando de miedo, grita mientras lo ve allí escondido, resignado ante la fuerza de las cosas -¡Aquí no hay nadie!-¿Por qué lo hace? ¿Por qué no lo descubrió, si era lo lógico?Hoy, mientras caminaba hacia el colegio, he barajado las historias... esas preguntas giraban en un rincón de mi mente en sordina y de pronto me di cuenta que el hilo que unía las dos historias, era algo que tiene que ver con la cuestión que me ocupa. Se trataba de imágenes de ese impulso natural e interior que provoca una acción o un sentimiento, sin que se tenga conciencia de la razón a la que obedece y me di cuenta entonces, de que esa suerte de inconsciencia que tantas veces nos sorprende por lo certero de su manifestación, es cualquier cosa menos impulso biológico. Que si se asienta en algo, es en una suerte de automatismo, fruto de un largo aprendizaje.La vida y sus dilemas no suelen dejarnos tiempo para la reflexión. Los momentos decisivos suelen tener algo de trance. No solemos poder decir… “espera, tengo que pensarlo”… La vida no nos da tiempo, pero sin embargo, nos obliga a reaccionar y luego nos juzga y nos hace responsables. ¿Cómo acertar?Yo, a “esa flecha que da en el blanco”, la llamaría instinto.Pero para haber internalizado algo de tal manera que surja instantánea y sin titubeos en el momento decisivo, es necesario haberlo aprendido de tal modo, que se haya convertido en parte inconsciente de lo que somos...El instinto humano es fruto del hábito y de la imaginación. Solo podemos reaccionar de cierto modo, si antes “nos hemos visto” haciéndolo... Creo que con la formación del instinto, la literatura y la historia tienen mucho que hacer. El instinto del que yo hablo, se forja en el aprecio por ciertos tipos humanos y en el desprecio por otros.Si antes hemos sido Don Quijote y nos hemos batido con los molinos de viento… si nos ha admirado profundamente Carlota Corday apuñalando a Marat… si nos hemos quedado hasta el final conmovidos con el niño y su padre en “Ladrón de bicicletas”… entonces es posible que brote en nosotros ese instinto, aun cuando hayamos olvidado las historias, los relatos, las lecciones, quizá precisamente porque las “hemos olvidado”.Es posible que esa “decencia” que se impone en todo ser humano de bien, cuando no ha tenido aún tiempo para sacar cuentas de las ganancias y pérdidas de su acción, sea justamente fruto del instinto en que su educación “olvidada” ha cuajado y, con respecto al papel que cumple en nuestra vida, yo diría que es el mismo que en el arte del poeta que debe improvisar en un certamen de bertsolaris. Allí, al conjuro del tema, como por arte de una magia que no es magia sino puro instinto, el verso brota.
jueves, 10 de noviembre de 2011
Recuerdo de los días de Italia
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| Campiña italiana |
Los seres humanos tenemos la suerte de poseer una facultad que es fuente de no pocos dolores pero también, de sobreabundantes deleites. Es dulce poder "volver"otra vez a ese tiempo dorado en que se fue tan profundamente feliz. Yo tengo la suerte adicional de poder traducir mucha de esa emoción en palabras. Cuando esto ocurre, la poesía se transforma en algo así como un "punto de lectura" que pongo entre las páginas de mi vida, para que no se me olvide y poder volver una y otra vez...
Yo fui muy feliz en aquellos días de julio de año 98 en que recorrí Italia a bordo de un seat Ibiza, acompañada de un hombre al que amo y me ama todavía...
Di…Te acuerdas de Orvieto
la frustrada delicia…
Te acuerdas que fue nuestra
la laguna…
que era fácil quererse por las tardes
de fuente en fuente…
de colina en colina
vestidos de presente habitual
pluscuamperfecto...
Recuerdo…
que eras hermoso
tendiendo mis enaguas
que eras dulce a mi lado en la ventana
anocheciendo en silencio hacia Florencia…
febrero de 1998
jueves, 3 de noviembre de 2011
De Gracias...Caridad.
Gracias es una palabra de color guinda y
para darse cuenta de su delicioso sabor, hay que escribirla entre signos de
exclamación. Por supuesto no me estoy refiriendo a la gris desvaída, esa que
emitimos automáticamente por pura cortesía, sino a la que nos brota del alma, impensada y excesiva como toda emoción que se
respete.
El agradecimiento genuino, solo surge frente a
lo gratuito que se nos brinda, aquello que se nos da por deber, como justamente
“se nos debe”, no produce en nuestro interior esa pequeña revolución gozosa. La
entrega de lo debido, produce acaso una cierta inclinación de cabeza, un
reconocimiento del otro como persona con sentido del deber, una distante
sensación de respeto. En cambio ese, ¡gracias! al que me refiero, solo puede suscitarlo aquello que lleve
adherido ese rabillo de añadidura, de
gratuidad, de desmesura.
Interesada por este asunto de las
etimologías, me puse a investigar un poco sobre el origen de “Gracias”:
“gratias aguere” (dar gracias), que alude al reconocimiento y alabanza que
produce “en todo bien nacido” que hubiera dicho mi madre, la sensación de
reconocimiento por el favor recibido. Lo que no sabía y me pareció
profundamente sugerente, es que existe un vínculo aún más antiguo entre Gratus
y gratia, que tienen la misma raíz indoeuropea, que genera en latín un préstamo
literario que es Charites y que se refiere a las “gracias” con sentido de
elegancia, atractivo, encanto, donaire, garbo, hermosura. De ella deriva la
palabra Caridad, (Charite) de dónde proviene también, caricia.
Creo que este vínculo se traduce
muchas veces de manera inconsciente en nuestras emociones y se exterioriza, producto
de un inconsciente colectivo que ha ido cuajando en siglos de cultura, en
expresiones que utilizamos sin caer en la cuenta de su tremendo poder decidor.
Así ¡Gracias!, goza de buena salud entre nosotros y es una palabra casi
consagrada por la buena educación, de la misma manera que “gracia”, caracolea
por nuestro idioma toda pizpireta, ella. Vean si no la cantidad de expresiones
que jalonan nuestro decir... “me haces
gracia”, “estás llena de gracia”, “me caes
en gracia”... Esta “gracia” se viste de
púrpura, amaranto, lilas claros.
Pero la pobre palabra “caridad” está vestida de ceniza. Ha perdido
prácticamente todo prestigio y se ha hundido en la connotación negativa, que
apunta a esa actitud de insoportable
tufo paternalista, que la ha dejado vestida de harapos. Perdida en los
registros de una religión anacrónica, es una palabra permítanme que les diga,
injustamente tratada, porque si entendemos bien el juego de los sentidos
lingüísticos, tendríamos que aceptar que
practicar la caridad, no es otra cosa que
ejercer las “gracias” , es decir;
vivir la vida... acariciando.
Habíamos quedado en que lo que inspira este movimiento del corazón,
que se traduce en ese dulzor que brota
inevitable ante lo que se nos brinda sin que lo merezcamos y que nos lleva a responder siempre gritando, aunque sea en
silencio... ¡gracias! es esa fineza de
la vida, ese garbo con que se nos manifiesta a veces. La belleza del mundo se expande
entonces (cuando lo hace), en un derroche que pareciera “agraciarnos” solo a nosotros....
Allí arriba en la montaña mirando ebrios hacia el valle, nos sentimos a veces desbordados por algo que
nos parece no se nos debe y sin embargo se nos otorga. Lo mismo nos sucede
cuando sobre nosotros se despliega toda una fuerza, que exige que existamos y
nos sostiene. También cuando nos sentimos perdonados, abrazados hasta la
médula, sin ni siquiera haber pedido perdón. La vida entonces practica la caridad con nosotros, no la
justicia.
Practicar la caridad es dar ocasión a que una gratuidad misteriosa se
despliegue. Es suscitar en el ánima de los que nos rodean, ese desborde que nos
llena la boca y el corazón del sabor de las cerezas maduras... (aquí por favor,
que cada uno imagine el sabor que prefiera para que me entienda).
Por esto sugiero, que dejemos por una vez, Caridad abandone la cocina, se
vista de gala, acuda a palacio y baile hasta la media noche... aunque la
inexorable historicidad de las palabras, la obligue a volver junto al fogón y
nosotros volvamos a olvidarnos de su oculta hermosura...
Agradecer, ser caritativos,
acariciar, son palabras de distinta
fortuna, para nombrar algo que no ha cambiado en el ser humano, desde que
conquistamos la autoconciencia. Es bueno recordarlo a veces.
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