martes, 23 de enero de 2024
martes, 19 de diciembre de 2023
Poemas de Begoña Eguiluz
A quienes me seguís leyendo, un regalo especial junto con mi profundo deseo de que tengamos pese a los males que nos abruman, una Feliz Navidad!!
lunes, 20 de noviembre de 2023
Nani, Nani...
NANI, NANI...
( Nana para los niños y niñas de Gaza)
Para Amel.
Y …
si nos dormimos.
S
entís a lo lejos
el mar de jaspe...
la luna madurita…
cómo huelen las rosas
de Jericó.
Chupemos el gajo de naranja despacito…
Mirad como se irisa la noche
hay peleas de estrellas
hacia el desierto…
Nani, nani…na
Boquita de dátil, nani
Manita tiznada, nani
Ojitos de uva…
Nani, nani, na…..
domingo, 15 de octubre de 2023
Cansancio
lunes, 18 de septiembre de 2023
El camino.
Recuerdo la casita que trazaba cuando era una niña pequeña.
Tejado a dos aguas, puerta en arco, un par de ventanitas con parteluces, chimenea que humeaba hacia el horizonte y un camino sinuoso que partiendo de la casa, se detenía por imperiosa necesidad en el borde de la hoja. El camino y la chimenea humeante eran lo más importante de mi dibujo: antecedentes ingenuos de la futura nostalgia.
Camino es una bella palabra llena de sugerencias de futuros aprendizajes. Una metáfora que ni siquiera es necesario explicar porque la aprendimos en todos los cuentos que nos contaron en nuestra niñez. Ese camino plagado de miguitas de Hansel y Gretel, el raudo que recorría ufano El gato con botas, el tortuoso y sombrío de Blancanieves abandonada por el cazador y ese camino luminoso por el que caminaban cantando los personajes de El mago de Oz en busca del arcoiris.
Todos esos caminos señalaban la aventura con final feliz. Escuchábamos y sabíamos que los miedos y los peligros se resolvían en el propio camino, que la historia terminaría con una de las versiones de “y fueron felices y comieron perdices…”
Ha sido en el camino donde aprendimos de los peligros y el sufrimiento ( David Copperfiel fue un libro paradigmático), pero también desde donde vislumbramos al final y tras un laborioso tránsito, La Felicidad aguardándonos con su calma de jardín vallado para siempre.
Luego, más tarde crecimos y los caminos se nos hicieron más ambiguos. Leímos historias en que se volvían problemáticos porque para entonces el final feliz era solo una de las posibilidades. Ese camino que devuelve a Don Quijote enfermo, viejo y derrotado a su lugar de origen es todo un paradigma de muchos finales de camino y…¡cómo nos dolía ese Don Quijote cuerdo, triste y vencido que abandonaba el camino para siempre!
Seguimos cumpliendo años y en nuestra experiencia lectora y vital se consolidaron los caminos terribles. Como aquel que llevó a Anna Frank hacia Bergen Belsen después de tanta apuesta y esperanza ó el que condujo a Sholomov a Siberia a ser machacado. El que inició Scott y su expedición hacia el Polo Sur, tan lleno de coraje. El que tuvo que recorrer mi familia, perdida la Guerra hacia el exilio. Ninguno volvió. Descubrimos el insondable misterio de los caminos jalonados de perdedores en sus cunetas.
Y la vida siguió y continuamos leyendo historias y poemas, escuchando canciones, acumulando experiencias. Los caminos se volvieron cada vez más densos, más inciertos, más decisivos… Entendimos el consejo de Kavafis en su “Vuelta a Ítaca”
Se nos sedimentó la vida y nos volvimos insobornablemente lúcidos porque, mientras conservamos intacta la nostalgia del camino de vuelta a casa, nuestra fría y cruel razón nos dijo lentamente como al final, Antonio Machado.
Caminante no hay camino
se hace camino al andar
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que NUNCA
se ha de volver a cruzar.
y entendimos finalmente lo que significaba el límite de la hoja en blanco de nuestro dibujo de infancia.
lunes, 3 de julio de 2023
Transgresión
martes, 23 de mayo de 2023
La casa de Llolleo
Cuando me adentro en lo más profundo de mis recuerdos, siempre oscila ante mí una secuencia soleada de imágenes que poco a poco van adquiriendo una especie de dulce espesor. Empiezo a vislumbrar entoces la casa de la plaza…
Voy percibiendo un inmenso jardín, al menos yo creía en ese entonces que era inmenso, luego aparecen poco a poco las cuatro palmeras gruesas y orondas como nodrizas que la cerraban a la plaza.
Se va volviendo clara la tapia de ladrillo. Veo los cascotes rotos y el portillo por el que nos escabullíamos con mi padre algunas veces al atardecer, a lo largo del verano, evitando la puerta principal, ya que en mi casa vivían brujas que, a veces nos podían atacar desde los espinosos rosales de la entrada. Veo todavía a mi hermanita herida por una de esas garras amenazantes. Al menos, así me lo aseguro ella. Los demás decían que había caído sobre las rosas y sus espinas.
La virgen solía pasearse entre las fresias a medio día con su niñito de la mano. No pude verla nunca por mucho que la acechara, pero el untuoso perfume que se volvía casi insoportable a esa hora, me señalaba su huella vibrante.
En las tardes, durante las siestas del verano, la casa navegaba entre la suave polvareda que producía el viento y dejaba luego en los nísperos y en las rosas una pátina cenicienta.
Mientras, en la entraña de la casa, un caño de agua hacía mis delicias cuando la casa se volvía perezosa…
Al fondo, en la cocina enorme y oscura, se freían los huevos y se hervía la leche. Yo rehuía sus sombras, a menos que estuviera acompañada de alguna de las muchachas que me cantaba viejas baladas del tiempo de los Carrera y me daba a probar un pedacito de cualquier cosa deliciosa.
A veces dormía con mi abuela y cuando abríamos apenas las junturas de las contraventanas al despertar, el espectáculo de cientos y millones de motitas danzantes me extasiaba. No he vuelto nunca más a ver danzar el polvo.
A las mansardas de arriba no subí nunca.
Mi día empezaba en el jardín con uno de los delantales que me hacía mi madre, muy limpia y repeinada. Deambulaba mucho tiempo al sol sorbiendo fragancias y haciendo conjeturas. Mi brújula secreta estaba imantada hacia la abuela. Todas mis correrías convergían en ella. Quisiera recordar de qué hablábamos, pero apenas me ha quedado la vaga sombra de una página, el roce de unos dedos frescos al reclinarme sobre su bata suave, el cascabeleo de una melodía...
Comía en el comedor una tremenda cantidad de " Nuestras Señoras" a mediodía. Era un deleite cada una de esas sabrosas cucharadas bautizadas por la inagotable sapiencia del santoral que tenía mi abuela.
Al atardecer, “la Charito” doblaba la esquina bamboleándose y dando voces mientras cruzaba frente a nuestra verja. Su hábito gris y sucio, su pelo cano que se apelmazaba en rizos, sus gritos guturales me fascinaban y angustiaban a partes iguales. Me apresuraba a entrar en la casa a acurrucarme junto a la abuela que tejía…
Solo recuerdo la casa en verano cuando brotaban las rosas y su olor se mezclaba con el de las fresias. Veo una manguera extendida y regueros de agua por todas partes, siento chapotear a los zorzales
A mi madre cortando juncos para un ramo. Todavía intento impedir tal desaguisado...
El jardín era mío y yo era una soberana celosa.


