jueves, 19 de febrero de 2026

Dos lecturas de "El Gatopardo"

 


Fotograma de la película de Visconti


Giuseppe Tomasi, príncipe de Lampedusa y duque de Palma di Montechiaro, nació en Palermo,  un 23 de diciembre de 1896 y  y murió en Roma el 23 de julio de 1957. Fue el autor de una única y espléndida novela. El Gatopardo. Empezó a escribirla a los 57 años y la terminó a los 59 poco antes de morir de cáncer en 1957. No llegó a verla publicada.

El Gatopardo se ha convertido en un clásico, aunque no sea más que por aquella célebre sentencia que se desprende de la actuación política del príncipe en Sicilia a lo largo de la novela. Esa estrategia actualmente llamada "gatopardiana" que indica ese "cambiarlo todo para que no cambie nada" tan propio de tantas instituciones.

Como toda gran obra literaria, la de Lampedusa, permite múltiples lecturas. Se nos presentan a los lectores,  tal abundancia de temas y matices que cada lectura puede cambiar la tonalidad de la obra como si de un calidoscopio se tratara. Reconozco que mis experiencias de la novela han ido por otros caminos muy diferentes al contexto político de la Sicilia de mediados del siglo XIX. 

He leído dos veces "EL gatopardo" La primera, cuando era una muchacacha. La segunda,  llegada ya a la edad del Príncipe de Lampedusa. Viví cada lectura en personas interpuestas, las de los dos, a mi juicio, muy discutible por otro lado, protagonistas de la obra: Angélica y Don Fabricio Corbera, el Principe de Lampedusa.

 En aquella época de mis veinte años (antes de leer este libro,  solo tenía de él la imagen de una de las escenas emblemáticas de la película de Luchino Visconti: La de la bellísima  Angélica (Claudia Cardinale) en los brazos del príncipe (Burt Lancaster) mientras bailan.  A los veinte años yo fui Angélica bailando arrobada, en gloria y majestad.

La belleza de aquella escena me llevó al libro.

De aquella primera lectura me quedó una atmósfera de armonía y señorío en tris de desaparecer que caldeó mi imaginación durante un tiempo. Sí. Yo era Angélica sin dudarlo y aquel baile, la imagen de mi romántica juventud. Me quedó también un cierto sentido de la belleza muy ligada a cierto tipo de dignidad, que entonces era aún incipiente. disfruté de ese placer de asistir al interminable desfile de salones con la ligereza de una muchacha, ese girar y percibir entre luces y cortinajes, esbozos de un paisaje al atardecer, la cadencia de un vals, unos brazos plenos de fuerza y ternura . 

El amor era algo poderoso y debido, algo envuelto en fulgor y era... eterno.

las casas eran mías. La de Palermo,  pero sobre todo la de Donnafugata con sus palmeras y sus delirantes fucsias, la escalera curva e imponente y ese gatopardo como emblema en la puerta. Esos inmensos salones que se sucedían plenos de frescos, el coche acharolado, la extrema exquisitez de los vestidos y las joyas, el hilo blanquísimo de los pañuelos, el susurro del rosario al atardecer  se me hicieron presentes. en esa primera lectura. La expectadora ávida que yo era, se sumergia en las texturas y los gestos con deleite. En aquellos ritos aristocráticos yo encontraba una deliciosa envoltura de la vida.

Se me hacía presente un mundo  totalmente extraño al mío, pero cuya belleza condenada me dolía como si lo fuera. Porque en aquella primera lectura ya me daba  cuenta de que toda esa belleza estaba condenada a desaparecer, aunque todavía no sabía bien por qué. A los veinte años el tiempo no se extiende en línea recta frente a nosotros. Cuando somos jóvenes el tiempo es un presente continuo pluscuamperfecto. simplemente no existe.

A veces, me preguntaba si yo había  vivido allí, si había traspasado ligera esos salones por las mañanas, vestida de muselina y seda. La fuerza de la imaginación es tremendamente poderosa. La agudeza de mis sentidos se ha exacerbado siempre  que ha sido guiada por descripciones y relatos que van marcando el tempo de los pasos, de las texturas de los hálitos y las de este libro son insuperables. Te llevan paso a paso, te envuelven, te hipnonizan...Te vuelven otra.

Luego pasó el tiempo y fui cumpliendo años. Una tarte volví al "Gatopardo" y entonces me asalto la sensación de si esta vez había sido atrapada en el cuerpo de Fabricio, Príncipe de Lampedusa. Volví a transitar  los mismos salones, pero ahora con la mirada lucida y desencantada del príncipe, que era justamente  la  mirada  con que recorro ahora las cosas. Su tempo y el mío se volvieron coincidentes.

Fue toda una experiencia fuerte descubrir la lentitud y la parsimonia, la mirada velada, la caricia  reiterada a las cosas que nos rodean. Ala balaustrada, a los guantes, al pomo del bastón, al pelaje de Béndico. Había desaparecido todo apremio y viveza. Se había ido también, toda sensación de advenimento.

Llevar a cabo cada mañana esa toilette con semejante parsimonia y decoro. Sentir la navaja acariciar firme y despacio mis mejillas, disfrutar de la calidez del baño previo, de la blanquísima camisa de holanda cayendo sobre mis hombros en pliegues suaves y perfectos... Sí, yo era el Príncipe y lo era con naturalidad perfecta.

Como él sentía el hastío de las horas y el calor aborrecible del verano. Como él, me daba cuenta del espejismo del amor, de como los arrebatos y las inmensas ganas naufragaban en tedio. Y,  sentíaa la vez, esa fuerza rotunda de los recuerdos, cada uno dotado de su tenue aureola, me iba dando cuenta de cómo consuelan, mientras duelen las rodillas y el paso se retarda, mientras que el paseo enérgico se ha conviertido en el disfrute del banco de piedra mientras el calor no es aún inclemente.

Soy su sombra adherida por mi corazón espoleado por la lectura. Soy de alguna manera esa figura elegante que conserva toda su dignidad pese a su decadencia que es también la de todo su mundo que se desvanece.

La imagen del príncipe de Lampedusa bajando la escalera de piedra, cruzando sin escopeta entre la gigantescas adelfas seguido de su perro Bendico tan tardo y digno como él, es una poderosa imagen.

Ahora soy él quien baila ese vals tardío... 

Es así como nos vamos, como me gustaría irme...

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