
Esta mañana me permití volver a las botitas de ante y a la mano de mi padre apenas rayaba el alba, para partir con mi inmenso ramo de crisantemos rumbo a la tumba familiar, a escuchar otra vez la romántica historia de mi bella abuela muerta a los veinte y cinco años, mientras su marido navegaba...
Me impresionaba ver mi nombre casi desvaído en la lápida.
La última vez que fui erré inútilmente entre yerbas y piedras. Sin mi padre desapareció la brújula y ya no sé llegar... ¡ Salve, Begoña, la de las manos ligeras!