Muchas veces he sólido preguntarme el por qué me levanto al alba cuando solo rebullen los gatos y el crisantemo es aún sombra en mi ventana, qué es lo que hace que me yerga, eche sobre mis hombros el chal de mi madre y en soledad perfecta, me ponga a escribir.
Sé, mientras muevo la pluma, que nadie espera mis palabras y sin embargo, ahí estoy bien despierta contra mis tres almohadas en equilibrio, disponiendo mis palabras una tras otra con verdadera concentración. Pensándolo bien y, a pesar que la cuestión es compleja, la respuesta más sincera a la pregunta por muy extravagante que parezca es que en realidad escribo para poder leerme yo.
