lunes, 24 de marzo de 2025

Con Climtemnestra en Micenas



Las piedras no hablan

pero dicen…

En sus junturas acechan

los fantasmas del mito.

Sé que me sentaré

junto a Climtemnestra

bajo el almendro florido

y aceptaré su mano de viento.

Esta cita era inevitable

(desde que leí a Christa Wolf)

Hemos bajado juntas

hasta la cisterna y hemos

tocado el agua

El viento desde el mar

los viejísimos olivos

el desfiladero y la rampa de piedra eran las señales:

Yo necesitaba su mano y

Ella, la mía…

Hemos vuelto a sellar el pacto.


 

jueves, 13 de marzo de 2025

Informe sobre Bolonia

 


           Para Cástor, Loli, José Antonio,  Charo y Chuchi que vinieron conmigo-


  Todo viaje una vez hecho, queda resonando en fragmentos emocionales fuertemente personales que colorean para siempre aquellos días que vivimos en un determinado lugar. 

Si echo la vista atrás, vuelve a mí la caminata hacia Santo Stefano, la dulce tranquilidad de su claustro tan solitario y sombrío, la larga sucesión de pórticos espléndidos, el helado delicioso degustado en una esquina, la librería en la que compré un libro que resultó ser un Quijote para niños traducido al italiano, mi rodilla dolorida, las comidas con mis amigos siempre deliciosas, siempre serenas, la vaharada a jazmin y madreselva al doblar la calle de vuelta hacia el hotel....

Recuerdo también mi empeño ( mujer de libros, al fin y al cabo) por encontrar algún imposible rastro de Giorgio Bassani, uno de mis autores preferidos que nació en Bolonia, pero que no escribió sobre ella pese al haber pasado alli su adolescencia y posteriormente, haber estudiado en su universidad. "El jardín de los Finzi-Contini" transcurre en Ferrara y yo me quedé con las ganas de atisbar su historiada reja y ver el fantasma de Micol deambulando por el jardín.

También me di cuenta de que estaba cerca de Forli, donde Edmundo d´Amicis situó "Sangre Romañola" el cuento de "Corazón" que me hizo sollozar por primera vez con el dolor absolutamente puro de una niña de seis años.

Algunos de mis amores literarios han andado cerca y también han coloreado un poco la ciudad.

Bolonia se asienta en el norte de Italia, en la región de Emilia Romagna. Cerca de Rávena, Parma, Modena, Ferrara. Muy cerca de los famosos Apeninos.

Fue una ciudad a la que llegué una mañana del mes de mayo de 2023, para pasar tres días. Sabía por la información de mi libro-guia que su centro era uno de los cascos medievales más grandes y mejor conservados de Europa. También que aquí se fundó la primera universidad de Occidente, que aquí estudiaron Dante, Erasmo, Petrarca y Copérnico.  Sabía también que fue un lugar clave para el movimiento obrero y que en su estación de ferrocarril, tuvo lugar en agosto de 1980 un terrible atentado terrorista neofascista con el saldo de 85 muertos y 200 heridos.

Supe que era ciudad, como todas las italianas, de palacios e Iglesias fastuosas donde se sucedían los frescos, los dorados, los techos altísimos, las volutas barrocas... Que tenía una excelente pinacoteca que visité y en la que tuve el gusto de ver expuesto un cuadro de Lavinia Fontana, única pintora en conseguir poder abrir su propio taller de pintura en el siglo XVI  Pintó en 1584,  el retrato de la familia Gozzadini, considerada una de sus mejores obras. y que se conserva aquí.

Hasta hoy tiene fama por ser Ciudad Universitaria, aunque la visita a la universidad fue frustrante. Mi sensación fue la de un Palazzo más en el que me fue imposible revivir la atmósfera del trasiego de voces y aulas, propia de toda universidad que se precie. Sin quererlo eché de menos a la Universidad de Salamanca.

Tiene fama de ser un  centro culinario de primer orden. Se pueden comer tortellini con los más variados sabores y rellenos, su mortadela es magnífica, sus tablas de carne fría, deliciosas y se dice que es nada menos que la inventora de la lasagna y la salsa boloñesa. Es verdad, pudimos constatarlo.

En la ciudad predomina el ladrillo, el ocre, el siena. Esos matices apagados, con una nota de fulgor tan típicos de los rojos, se suceden en fachadas, pórticos, cúpulas, tejados... Tal vez sea por todo esto que a Bolonia se la llama:

"La Dotta, La Grassa, La Rossa" 

La belleza de la ciudad está por una parte en lo que evoca y es una belleza por lo mismo, con algo de melancolía. Tuvo que ser verdaderamente bella esa Bolonia medieval surcada de canales (ahora soterrados pero en el que todavía queda uno, reclamo triste para turistas, que puede vislumbrarse desde un ventanuco donde se agolpan las cabezas). 

Hubo una vez en que allí se alzaron hasta 100 altas torres de las que ahora sobreviven solo dos: la de Assinelli de 98 metros y la Guerisenda mucho más baja e inclinada. Sin embargo hay también aquí una belleza que se mantiene invicta: la de los pórticos que se recorren calle a calle con sus arcos y columnas a lo largo de 37 kilómetros abrigando y protegiendo a su gente porque aquí llueve mucho y hace mucho frío.

El tiempo que nos tocó fue mayormente gris y a ratos lluvioso, pero me di cuenta de que Bolonia tiene un corazón viejo y cálido, que late en sordina en las calles que conducen al que para mí, será el lugar que siempre surgirá en mi memoria cuando la recuerde. El bellísimo complejo. de San Stéfano con su pozo ciego esperando que, al pasar por el claustro, alguien le pida algún deseo. Caminé con lentitud sus  iglesias y sus aledaños y me detuve para sentir el fervor del mármol y de la piedra vieja tan tocada, tan pisada, tan vivida. Sobre el viejo claustro vuelan  palomas pequeñas y en uno de sus ángulos enciendo una lucecita para hacer presente a un niño que vendrá pronto y que quiero que venga bien, frente a una Madonna tan antigua que se deslíe.

 Sí, los viajes son siempre poderosamente personales y quedan inevitablemente tocados por gozos y dolores con los que llegamos y con los que transitamos las calles de  lugares que desconocemos. Yo vine con la esperanza de un niño que  aún no nacía  y que ya me era muy amado y con una rodilla tan herida que hizo cada uno de mis pasos  un dolor. Las escaleras de La catedral, un peldaño alto de uno de los pórticos, un alféizar, el saledizo de una tienda, son  los únicos lugares públicos que permiten el reposo. Quizá sea por esto que Bolonia siempre tenga también en mi memoria una nota inevitable de dolor, el de mi rodilla.

Tocaron dias de fiesta.y tenemos sensación de multitud en las calles. Muchas muchachas y jóvenes portan coronas de laurel y visten especialmente atildados. Una se pregunta si son graduaciones, pero se queda sin saberlo. Hay muchos grupos familiares en torno a cada coronado. Veo  luego, en la Piazza Maggiore, una boda incongruente. La novia va de blanco impoluto pero con un detestable corpiño de cuero negro. El padrino luce un atuendo de rosa integral. El séquito sale del edificio de "La Podesta" (ayuntamiento)  El cortejo es tan incongruente que hace gracia.

Nos cuentan que La Madonna de Luca ha venido de visita a la ciudad y será agasajada en La Piazza Maggiore. Fuimos hacia allá y vimos como se la saludaba con un concierto de campanas y mientras las escuchamos, atravesó y desfiló en torno a la fuente de Neptuno, una manifestación de jóvenes  variopintos a favor de Palestina

Ver pasear a la gente es un placer, En general, la gente es muy morena  y su vestimenta oscila ente  lo que podríamos llamar "estilo extravagante con un punto de sofisticación" y una pobreza muy clásica y muy decente. Muchos vendedores ambulantes se acercan sin acosar. Venden hermosas rosas rojas de tallo largo y también gafas multicolores. Nadie compra nada. Tomamos Aperol en las terrazas, una bebida fresca y de color rosáceo que parece gustar a todo el mundo.

Los adoquines no molestan al caminar pese a las piedras desgastadas, pero aunque se camine bien, no hay donde sentarse. No es una ciudad para viejos. Aquí se transita y una se detiene brevemente para corregir el itinerario o admirar la ´decima maravilla que le sale al paso. El viejo palazzo del rey Enzo aparece así al pasar. Aquí vivió y murió encarcelado el rey Enzo de Córcega y yo, al mirar sus vetustas paredes, adivino su soledad y su frío...

No olvido el perfume a jazmín y a madreselva de la calle que llevaba al hotel, aroma que tiene que volverse embriagador más cerca del verano...

Bolonia, "La Dotta, la Grassa, La Rossa" ha llenado su nombre cumplidamente.


martes, 11 de marzo de 2025

Tiempo biblico






Mis brazos se han vuelto convulsos

Ni siquiera clarea un parpadeo

de candil, mi mirada

Me volví vagabunda de mí misma

Y sin atisbo de luna.

me estrello continuamente entre la sombra...

Antes mis brazos trenzaban

recibía miradas como hojas de sauce

 y el austro mecía verbenas y granadas

Solía ser entonces  dulcemente acechada

apresada con ansia

mantenida en calor de certidumbre.


Pero llegado el tiempo...

un frío gélido se volcó  sobre mí

como si la tramontana, el ábrego y el pampero me abatieran juntos.

Me convertí en tierra de nadie:

en árgoma, escaramujo y leña


El tiempo bíblico se cumple inexorable

(El Eclesiastés no se equivoca)

"Hay tiempo de abrazar y tiempo

de que  los abrazos... caigan"






lunes, 17 de febrero de 2025

Uña




 ¿Me dejas que te lime la uña?

que borre las aristas

que continúe

hasta la yema mullida

para que sea ella la que me toque

roma, roma, roma

sin doler...

Odio tu uña descolorida

tu uña muelle que se gatilla a mi 

contacto experta en la estrategia

del hurgar.


Si fuera por tu uña

yo sería una vena desgarrada

un tendón filiforme

un aullido...


viernes, 13 de diciembre de 2024

Laga





Nunca quisiste tierra.

Juguete del mar, siempre existe la  posibilidad de volver en alguna galerna, mecido por alguna corriente ... 

Hay, en la costa vizcaína, un puerto que entra y sube entre rocas gigantes. Antaño, resguardo de barcos pesqueros, con el tiempo fue cuajando en pueblo encaramado todo cuestas y escaleras, como brotado de pronto del Cantábrico. 

En él, naciste.

Tú paisaje fue la peña: Ogoño, La isla invisible: Izaro. El enjambre de casas monte arriba: Elantxobe. 

Tú destino fueron los puertos.

Elantxobe, Bermeo, San Juan de Luz, Chipre, La Guayra, Montevideo, San Antonio, San Sebastián y, luego Nueva York, Dublín, Tesalónica, San Pedro, en espíritu.

Siempre estás frente a gruas, hierros carcomidos, gaviotas desnortadas, mar que se desplaza en olas untuosas, levemente aceitosas que golpean suaves el verdín de las barcas.

No puedo recordarte con tu txapela y tu chaquetón a cuadros, sin que me llegue una vaharada de frescor marino

Te veo, lento, solo, ensimismado. Mirando a lo lejos con esa atención reconcentrada tan tuya. 

Cómo los viejos capitanes románticos de Baroja. Cómo Larrañaga caminando por los muelles de Amberes entre la bruma en "Los amores tardíos"

Pero, aunque todo puerto te evoque  es solo en una playa donde eres presencia pura. 

Laga.

Tenías que herirte las rodillas para bajar a Laga desde Elantxobe. Subir primero a Ogoño y luego dejarte deslizar entre matojos y zarzas vivas para llegar a ese paraíso de  cuando eras  ese niño arrullado por una amama que enseñaba el lenguaje de la ternura a su "Trontxontzito del medio" , comedor de arroz con leche y dueño de su regazo. Creo que también te enseñó ese extraño dulzor de la melancolía que presagia la pérdida, con sus caricias

Con la Guerra se te acabó el círculo mágico y el tiempo se te dislocó en líneas quebradas que te hirieron a partir de entoces, como nos pasa a todos.

Puedo imaginarte en el muchacho que se robó un barco en Bermeo para irse por esos mundos de Dios. Te veo llegando al puerto de San Juan de Luz para unirte a los maquis Eres guapo vestido de caqui,  respondiendo al nombre de Abraham Sommer en las máquinas del  Pan York, barco que retornaba judíos a Palestina, pero es cautivo en Chipre, donde te pareces al que quiero más.

Luego fuiste mi padre y me enseñaste que el amor es, sobre todas las cosas, una inmensa y todopoderosa ternura.

A lo largo de tantas mañanas, de tantas tardes como caminamos juntos,  acompañándonos y queriéndonos, me fuiste construyendo un mandala donde poder recuperarte siempre. A él quedaron adheridos todos tus gestos. La caricia de tu palma pesada en mi frente enfebrecida, los helados de dulce de leche, las viejas novelas de Baroja.

 Me dejaste claro que el punto de encuentro siempre sería Laga.

Por eso te entregamos al mar y acudimos todos los años cuando está a punto de comenzar el invierno.

Vamos juntas y llevamos también a nuestros muertos con nosotras, porque no puede faltar nadie a esa cita para que tú puedas volver.

El tiempo que pasamos allí se vuelve suave como la castaña que nos regalabas cada otoño y las voces se nos vuelven extrañamente íntimas mientras te esperamos. 

Entonces, te sentimos bajar.

Tu respiración ansiosa, la humedad de tu frente, la diáfana sonrisa al pisar tu alpargata  la arena, cuajan porque estamos allí.

 Tiene que ser diciembre.

Tiene que ser en Laga.




martes, 1 de octubre de 2024

Lluvias






 La lluvia cae a borbotones en un barril que rebosa. Nunca he vivido directamente la imagen: se me coló de algún libro infantil y así, a chorro, tersa y un poco azulina, sigue lloviendo sobre mi memoria cada vez que la evoco.

Pero mi lluvia vivida es la del norte. Es la que me mojaba camino del colegio, la que resbalaba suave por mi capa acharolada, la que duraba todo el día y casi ni se escuchaba de tan suave.

La lluvia pone rúbrica al verdor de mi infancia y a ese aroma indescriptible que rezuma de tallos gruesos y hojarasca mojada, que hace querer volver a casa, pero sin quererlo realmente. Es suficiente con divisar el humo de alguna chimenea para que el deseo se mantenga sin volverse ansia y seguir chapoteando un poco más.

Me encanta el brillo de toda lluvia, su suntuosidad bifurcada en regueros sobre el asfalto. Su inevitable capacidad de evocación.

Así vienen también otras lluvias; más fuertes, pero igualmente impregnadas de memoria. LLuvia sobre plazas y patios pobres. lluvias que destrozan malvas reales y siegan geranios plantados en tarros herrumbrosos. Lluvia sobre el Pedagógico de Santiago y el pabellon que miraba a Avenida Grecia mientras alguien desgranaba las sílabas de un verso ¿ sería de Arteche? Lluvia sobre la antigua biblioteca, mientras leía a Unamuno.

Lluvia en El Puskhin acompañando el sabor del cafe malo que duraría toda una tarde, mientras la música de Love History volvía las mesitas de palos quemados, escenario perfecto para el romance siempre a punto de producirse. Lluvia de juventud

Adoro las lluvias de algunos libros. Ver llover en Macondo y sobre el arce de Anna Ajmátova. Seguir las lentas  carretas que transcurren sin pausa en los poemas de Teiller y empaparme con su Carta de lluvia.

Hay lluvias de una intimidad de pasos juntos, manos en la cintura y largas detenciones en los aledaños del Municipal de Santiago...¿Recuerdas?  Las citas que me  quedaron fueron siempre con lluvia y paraguas. A los dos nos daban pena las estatuas de lo felices que éramos...

Hay lluvias, sola. Desde la ventana de mi cuarto sobre los tilos, caminando hacia Ondarreta mientras escribía cartas sugerentes, inventando metáforas, descartando adejetivos, Atenta solo al fulgor apagado del horizonte al fondo.

Llover, llover. Sentirme húmeda y rizada. Lavada por una lluvia que está más allá de toda lluvia y siempre se me resuelve en bautizo y bendición. 

jueves, 19 de septiembre de 2024

Final de verano.





Empezó setiembre y el pueblo se quedó vacío.  El silencio empezó a vagar por las calles y las cuestas. El aire adelgazó y se volvió casi transparente algunas mañanas frías.

Intenté cosechar la uva, pero como siempre quedaron racimos que terminarán lloviendo como mosto sobre el patizuelo, cuando yo ya me haya ido. Este agosto a pesar del calor de algunos días, la uva no alcanzó a dorarse,  por eso este año, no tendremos pasas.
Hice mermelada de uva  que espesé con manzana después de despepitar cada grano, en una tarde eterna en la cueva. La dejé guardada para el Tiempo de Navidad.

La casa también volvió a la quietud.  Las cosas fueron recuperando sus lugares habituales. Volaron los libros y se apilaron en los estantes de las habitaciones. Cada uno supo cuál era su sitio de invierno. Algunos versos quedaron señalados con alguna que otra página doblada.
Los juegos de los niños volvieron a entrar al arca ordenados y juntos.  Los cojines de la cueva suspiraron, cada cual en su querencia habitual bien abullonados y dignos. Se enderezaron la golondrina y  el caballito de mar en la entrada...
La cubierta del sofá de “La salita de invierno” fue alisada con esmero.  Las sábanas fueron retiradas, lavadas y secadas a un sol que las dejó frescas y un poco lustrosas… 
Se colgaron de las vigas del Alto, enormes manojos de cedrón y de salvia. Bajo ellas, quedó extendida la cosecha de almendras.
Los gatos sintieron más  fuerte la llamada de las rodillas y acudieron dóciles al ronroneo y al sueño largo.

Setiembre es un mes lento, íntimo, acompasado. Permite volver a recuperar el tiempo real de las horas perdidas en el guirigay del verano y sus dias, restañan  con cuidado las pequeñas heridas de agosto. 
Observar al colirrojo que baja a beber al fondo del jardín, seguir  con calma  el vuelo alto de las últimas golondrinas, asistir al juego de las manchas tenues que dibuja el atardecer sobre los almendros lejanos, suaviza  el ánimo. 

Setiembre ayuda a recuperar ese tono vital que es cualquier cosa menos marasmo. Es como si nos dijera-  Es la hora de volar como el buitre sobre El Mediano! ¡Hazlo con calma!

Cada día, cuando empieza a anochecer, abro la reja para seguir con mis amigas la cuesta que sube hacia La virgen del Monte y bajar después de detenernos en cada casa ruinosa, en cada corral, en cada solar con traza de haber sido alguna vez ocupado y, desgranar su “heráldica" tan vieja como el pueblo  Constatamos el terrible abandono al que la oscuridad creciente y el asomo de la luna siempre embellecen y dan misterio. Luego, calles abajo, escaleras abajo, con cuidado, tropezando a veces, terminamos en el cono de luz que vuelve aún más sombrío el Parque de San Gil y allí, iluminadas en medio de la penumbra, conversamos sentadas en los bancos “ arcoiris” como solemos hacerlo las mujeres que ya sabemos quiénes somos : rememorando, soslayando, compartiendo… Callando de repente con la certeza de que después de hablar tendremos menos frío y de que nos habremos entendido perfectamente…
Suena la campana de San Gil. El aire nocturno vuelve locuaces a los chopos verdes todavía. Las luces a lo lejos se vuelven invitantes. Toda sombra, todo paso  adquieren una indudable presencia… 
La reja cruje de nuevo al abrir.
Aspiro  el aroma de mis matas de cilantro y perejil que se irán conmigo cuando me vaya. Me gusta quedarme un momento bajo el farol de la entrada para leer la baldosa esmaltada que anuncia que ésta es “La casa del vino”
Y … cuando por fin cruzo la puerta verde, en la soledad del zaguán el ángulo mágico que reverbera al fondo, me llama suave y yo acudo serena, porque ésta es mi casa y mi casa, estos días del primer  setiembre, con sus fisuras, su parra y su cueva, es sólo y únicamente, mía.