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martes, 11 de marzo de 2025

Tiempo biblico






Mis brazos se han vuelto convulsos

Ni siquiera clarea un parpadeo

de candil, mi mirada

Me volví vagabunda de mí misma

Y sin atisbo de luna.

me estrello continuamente entre la sombra...

Antes mis brazos trenzaban

recibía miradas como hojas de sauce

 y el austro mecía verbenas y granadas

Solía ser entonces  dulcemente acechada

apresada con ansia

mantenida en calor de certidumbre.


Pero llegado el tiempo...

un frío gélido se volcó  sobre mí

como si la tramontana, el ábrego y el pampero me abatieran juntos.

Me convertí en tierra de nadie:

en árgoma, escaramujo y leña


El tiempo bíblico se cumple inexorable

(El Eclesiastés no se equivoca)

"Hay tiempo de abrazar y tiempo

de que  los abrazos... caigan"






sábado, 7 de febrero de 2015

Viaje de Navidad...a L' ile de France




Invierno en Moret



Un viaje en invierno tiene siempre algo muy especial y si es hacia el norte, adquiere entonces un algo de peregrinaje en estación ingrata.


Hemos subido hacia la mitad oriental de la región que rodea a París (I' ile de France), donde el Sena recoge las aguas de todos los ríos del departamento del Marne: el Orvin, el Voulzie, el Yonne, el Loing, el Yerre. Los antiguos estanques y pantanos que caracterizaban el paisaje de la zona han sido drenados en su mayoría, pero aún así ésta sigue siendo tierra de aguas. Se enseñorean los grises, los ocres, los apenas azules. La niebla acolcha la tierra, desdibuja los caminos, los muretes, los tejados y también el espíritu de la viajera. Los días son tan cortos que un poco después de las cinco ya se siente la cercanía de la noche y toda huella de humo, todo reflejo de luz despiertan un sinfín de evocaciones.

Al pasar, hemos visto cuervos negrísimos hollando los rastrojos, pequeñas rapaces que se sostenían bamboleantes en los maderos de las lindes, la llanada se sucedía en lomas verdosas o negruzcas según del cultivo del que descansaban. Los árboles ateridos, defiendían su desnudez entrelazándose. A lo lejos algo que parece castillo o fortaleza. Más cerca, una iglesita con un enorme árbol de Navidad en que el viento movía guirnaldas y estrellas pobres... un paisaje al gusto del más puro romanticismo del XIX.

En invierno se viaja despacio pero con la imaginación detenida en lo cálido, deseando llegar al refugio, al té, al chocolate, a la conversación en sillones enfrentados. Se anhela la luna clara adivinada detrás de ventanas bien cerradas que reflejen el perfil de la pequeña iglesia... Se anticipa el solaz de estar tendida en una cama alta, con la espalda apenas elevada contemplando un solitario trozo de cielo nuevo, en un pueblito perdido de L'ile de France, la región que rodea como una diadema a París, en la que por unos días hemos sentado plaza. Un lugar que anhelaba sin todavía conocerlo.

viernes, 4 de febrero de 2011

El sol de febrero es...


Luz de invierno


El sol de febrero es el más inclemente
en su pureza fría:
lo azul es azul
lo blanco, blanco.
Esencial, solo subraya.
No pierde tiempo: desprecia
los matices y las sombras protectoras.

 

Atreverse a pasear en febrero
sin boina y sin bufanda
dejándose abiertos los ojos
y el abrigo...
Es dejar que la luz penetre
hasta el fondo y
que reluzca el frío
y nos contraiga
hechos uno con las cosas
que punzan de tan bellas...
verdaderas, consistentes, nítidas...
¡puro hueso!