lunes, 17 de abril de 2023

El pan






Tenía seis años aquel marzo. Mi padre estaba muy enfermo en Santiago y mi madre lo cuidaba. Yo me recuerdo sola aquella tarde con mi abuela, en Tejas Verdes.

Ella vestía batas de villela de florecitas pequeñas y siempre de fondo oscuro. Se ataban por delante y tenían unos cuellos deliciosamente suaves en los que el inicio de mi placer sensual se concentraba. Cómo me gustaba acariciar el cuello suave reclinada en su pecho sintiendo el suave olor a lavanda que ella emanaba…

Mi abuela tenía los ojos verdes y un moño color de plata. Siempre estaba sentada y yo la adoraba. Yo sabía que era frágil, que sufría del pecho, que le costaba andar, que jamás iba a ninguna parte.

Aquella tarde salí al descampado lleno de yuyos que rodeaba nuestra casa.  Estaba totalmente amarillo. Caminé un poco a la deriva como les gusta a los niños mirando las nubes y sus formas. Pensando si sería aquella tarde la  del fin del mundo como solían vaticinar las chicas de la costura que algunas tardes iban a trabajar a nuestra sala. " Vendrá cuando menos lo pienses" me decían, por lo que yo de vez en cuando, lo pensaba aplicadamente para que todo siguiera en orden. Debo de haber andado recogiendo algún  resto de vellón de oveja, alguna ramita caprichosa, alguna pluma de gorrión…Me gustaba guardar cosas en los bolsillos de mi delantal.

Llegué sin  proponérmelo a la casa “ de los negruchos” y vi  a la madre,  que en el patio junto al horno de barro, se preparaba para hacer pan. La masa hinchada reposaba en la artesa. Las gallinas picoteaban en el polvo y a lo lejos “ El Monte Calvario” empezaba a enrojecer. Me acerqué. Me sonrió con su sonrisa dulce y mellada y separó para mí un poco de su masa. Me lave las manos con agua del pozo muy densa y muy fresca que ella dejó caer sobre mis manos con una escudilla de aluminio. Luego, amasamos las dos. Ella hizo sus panes y yo el mío imitándola a conciencia. Antes de meterlos al horno, la mujer fue hendiéndolos suave con un tenedor  con sus manos cuarteadas y morenas. Después me pregunto para quién sería mi pancito.

Yo desde el primer momento había decidido que fuera para la abuela, mi abuelita  sentada allí en la sala con las manos cruzadas cara a la ventana, totalmente en silencio...

La madre de los negruchos me pasó el tenedor y yo con cuidado dibujé ondas.

Fue poniendo ordenadamente los bollos en la pala y el mío quedó en el medio. Entre la ceniza caliente quedaron los panes. Cerró el horno y nos pusimos a esperar. 

Descolgó las sábanas y la ayudé a doblarlas punta con punta. Regamos luego los alelíes y las malvas. Me sirvió un vaso de agua del pozo y un poco de harina tostada con azúcar. Nos sentamos después y yo le canté la canción del “mes de mayo, mes de mayo…” que le gustaba mucho. Cuando el pan estuvo listo ella lo sacó con su larga pala de madera.

Con un trapo blanco los fuimos limpiando, pero yo dediqué un cuidado especial al mío tan calentito y oloroso con sus rayas saltarinas...

Me lo envolvió en un paño para que no perdiera el calor. Fue entonces  que me entró la prisa ¡Da saludos a tu abuelita! escuché mientras corría hacia casa pisando yuyos.

Abrí la puerta del cuarto de la abuela.  En en la ventana se mezclaban los naranjas con los violetas y ella al medio en su silla alta de espaldas a la puerta. Sola, con su pelo brillante, con sus manos llenas de motitas pardas, con sus tobillos hinchados...¡Tan hermosa!

Me acerqué y puse el pan sobre su regazo con el corazón a punto de reventar de esa extraña mezcla de sentimientos que azota a veces el corazón de las niñas: ternura, temor de que no estuviera, un amor que me dolía por no caberme en el pecho pequeñito.

Abrió el paño,  tomó el pan y lo husmeó con placer. Yo mientras, le contaba como lo había hecho para ella. La abuela lo partió, ella que casi no comía se lo llevó a la boca.

¡Este pan es tan rico que me lo comeré inmediatamente: no puedo esperar la hora del café con leche…!

 Y mientras mi abuela comía lentamente mi pancito, yo  no sabía que estaba viviendo uno de los momentos en que más absoluta y perfectamente he sido feliz.


martes, 14 de marzo de 2023

Memorias de África



Hoy por la tarde, cuando empezaba a anochecer, he terminado de leer “Memorias de África” Me he quedado largo tiempo en silencio marcada por la ensoñación de la lectura, perdida en un paisaje que reverberaba superpuesto a los tilos de frente a mi ventana. He sentido hondamente esa melancolía que nos producen los viajes que se acaban. 


Pienso en dónde estará el sortilegio que me ha mantenido atada a esa voz que narra, casi sin levantar la vista, ni notar el paso de las horas. Es quizá la cercanía que proporciona  ese mi, ese nosotros. tan repetido, tan íntimo, que me contiene tan bien…


Desde el “Yo tenía una granja en África al pie de las colinas de Ngong…. " Más que leer, oigo la voz de esa mujer que rememora, que se deleita recordando y me atrapa con la belleza  que va haciéndose presente de una manera absolutamente embriagadora  en ese lugar que ella define como” la África destilada, la destilada esencia de un continente”.


Su voz pinta el paisaje. Los colores que predominan son como los de la cerámica cocida. Veo los árboles que se extienden en capas horizontales, y las desnudas y retorcidas acacias. Siento el fulgor del cielo azul pálido o violeta y las nubes que viajan lentas hasta topar con las montañas y a veces, traspasarlas, volviéndose hilachas a lo lejos.


Siento la fuerza del viento de las tierras altas y como sopla sobre las grandes praderas haciendo ondular las hierbas altas que inevitablemente producen la fantasmagoría del mar.


Vislumbró el gran cazadero que se extiende hasta el Kilimanjaro y llega un momento en que camino tan fácilmente como lo hacía ella sobre la hierba corta hacia la reserva de los kikuyus.


Escucho con deleite cómo era su granja, sus seis mil acres divididos en tierra de aparceros, pradera, bosque virgen y un cafetal bello como un sueño cuando florecía. Siento el picor de la fragancia de la nube de flores blancas en primavera.


Empiezo a conocer a Farah, su criado somalí, a Kamante, su cocinero, a Kinajuy. a Kabero, Kaninu y sus vecinos masai. Con ella me voy acostumbrando a gustar de lo diferente.  La voz que cuenta me transfiere la importancia de la distancia condicionada por unas culturas total y absolutamente distintas. Una distancia que no disminuye el interés, ni las emociones Me acostumbro a sentarme en la veranda al atardecer y las más de las veces, en la gran piedra redonda.


La voz me acerca. Me hace que mire y huela y no recule frente la pierna llena de llagas del niño Kamante, ni el aspecto de Tinajui, el jefe de los Tikuyus,  un viejo desnudo con piernas como ramas secas que se cubre con una maloliente piel de mono. Me hace apreciar la belleza de las somalíes, la aristocrática lejanía de los pastores masai


Caminamos entre las shambas pisando polvo o barro y sentimos el humo azulado de las pequeñas hogueras donde se queman las basuras. La vida bulle entre los aparceros en disputas, en el sonido monótono del maíz que se desgrana, en los gritos y risas de los “totos” camino de la pradera con la vaca familiar.


En esta historia aparecen pocas mujeres. La voz no dialoga con ninguna. Trata siempre con hombres y la sirven, hombres. El poder femenino lo ejercen las viejas. Calvas, de piernas flacas como flamencos y una absoluta e insobornable desconfianza. Son las que graznan y amenazan si es necesario. Se han ganado la palabra a fuerza de cumplir años y volverse supervivientes. La abuela de Wanyangerry es temible como una de las brujas de Shakespeare.


Hay algo aquí que me hace aceptar y disfrutar sin juicios, del café en porcelana de Limoges y a la vez de la cuarteada piel de Tinajui en cuyos surcos negrea la mugre de toda una vida, en continuidad de secuencia.


La escucho leer un soneto, mientras los dieciséis bueyes que van conduciendo los carros con el café recién cosechado, bajan a trompicones lentos hacia Nairobi y escucho el restallar de los látigos, los chirridos, los mugidos ... y no quiero que calle.


Los blancos son casi figurantes un poco deslavazados que beben vino y hablan de safaris cuando van a cenar a la granja. Los que se hacen quizá un poco entrañables son los fracasados, los acogidos por África en la última vuelta del Camino.


La voz va haciéndose una con su granja, con su gente, con los animales a quienes progresivamente siente más repugnancia de matar. Nuestro oído asiste a una suerte de sortilegio por el que Karen descubre que las colinas del Nong son su lugar en el mundo. Las notas del amor son la responsabilidad y una mirada honesta y sin escudo sobre lo que la rodea.


Esta belleza de libro  es cualquier cosa menos sentimental. El humor lo protege frente a la tentación de las efusiones y me doy cuenta de que también esta voz que me ha cautivado es una destilación delicada de los cinco sentidos en alerta frente a un lugar y unas gentes que la hicieron feliz.


La voz no consuela. Todas esas bellezas están condenadas y lo sabe, pero las disfruta hasta el último día como si fueran eternas. Creo que para mí ha sido su mejor lección: ese no querer cerrar los ojos, ni el corazón, aceptando al unísono el dolor y el amor sin protegerse.


jueves, 9 de febrero de 2023

La afortunada



¡Mírame esposo!

Para que riele esta noche de agosto

tan lejana y hermosa como acostumbro.

¡Tócame esposo!

Para que pueda acodarme en el alféizar

toda abandono y cadera quebrada

¡Bésame esposo!

Para que vaya impoluta a los infiernos

con la suerte hecha el óbolo bendito

que reserva la vida a las felices.

Esposo de áureos dedos

¡descórreme la aurora!

Inaugura la luz, alto de lanza

fuerte de escudo.

¡Dime!

Si tú conmigo

¿quién osaría sorprenderme?

Tus caballos avanzan aguerridos

hacia un nadir desleído de miel

por mor de tu mirada en mi costado.

Amado ¿te quedarás conmigo

hasta el final del día?

¿Aquietarás mi miedo

con tu flauta de fiesta?

Amigo, escúchame un momento

¡acaricia las zorras desatadas!

Ruedan sobre el regazo tus granadas

y su jugo corroe mis desdichas.

Aquí, debajo del manzano

soy amada

de cadera a razón, acariciada.

Soplas sobre mi empeine

acaricias sin daño mi cintura

de par en par me miras

en noviembre, en almendros

en la distancia mínima ¡tan dulce!

Tardes de las conversaciones

en que fluyen saltando

pequeños pensamientos sin corteza...

¡Ay esos tiempos

de los puentes, de la lluvia finita

de las manos  inevitablemente juntas…


lunes, 19 de diciembre de 2022

Mi última clase

 


Inexorables los tiempos se cumplen y tarde o temprano lo que tiene que llegar, llega.
He pasado muchos años enseñando filosofía y literatura. De alguna manera fueron años plenos y lo digo porque para mí, sobre todas las cosas, la plenitud es densidad.
Ninguno de mis años, fueran luminosos o pura sombra, pasó sin dejar huella. Aunque a decir verdad, nunca he tenido demasiado claro que ha sido lo que me llevó a la enseñanza, ensimismada y distante como yo era. Creo que fue que me gustaba seducir y la enseñanza es un acto consciente de seducción continuada. Había que encandilar para mantener la atención concentrada en cada clase. Había que saber hablar de una cierta manera, había que sorprender, que provocar, suscitar... Haciéndome maestra en seducción, se me pasó la vida. 
El tiempo apagó la llama, pero nunca dejé consumir totalmente el rescoldo.  
Llegó  así la que sería mi última clase. 
Tuvo que ser a principios de junio según el calendario escolar. Seguro que estaba muy cansada, como tantas veces en los últimos años. Cada clase se había convertido en un acto de autoafirmación. 
Estoy segura de que al final soñaba con "cerrar la puerta, limpiar la suela de mis zapatos, y marcharme sin mirar atrás" Había terminado hablando  prácticamente solo para mí. 
Cada momento que he creído decisivo en mi vida, ha sido anticipado mucho antes en las noches de duermevela, en los viajes de autobús, en el suave estupor del ensimismamiento.
Siempre he vivido por adelantado lo que he podido. tal vez para poder estar a la altura del momento que anticipaba. Soy orgullosa: me gusta recordarme con respeto.
La noche anterior al último día, dejé sobre mi mesa el anillo plano de plata y madreperla. Sabía de sus destellos cuando sujetara el libro…Quería verme de una cierta manera esa última vez y recordarlo. Quería imaginar mi reflejo en las miradas de mis alumnos.
Sabía que podía terminar mis clases de Literatura General con cualquier autor, con cualquier texto…
Recordé mi estilo en el aula. Me iba  de ̈ Las coplas de Jorge Manrique “ a la “Elegía” de Miguel Hernández sin ningún preámbulo de aviso. Podía seguir con Federico y quedarme un buen rato en la letanía de “A las cinco de la tarde”. No era raro tampoco que después, por puro placer personal, me fuera a Ajmatova y al poderosísimo frío ruso de su Elegía…
No perdía el hilo. Tan pronto como terminaba la carambola, volvía al Renacimiento temprano y ponía a Petrarca sobre la mesa.
Pero llegó el momento en que se despertó en mí la conciencia de que estaba perdiendo mi magia. Una clase es una atmósfera, una mixtura, un acto de complicidad. Solo así se aprende, solo así se puede de verdad enseñar. Ya no existía complicidad.
Yo fui una alumna seria. Atenta a todo lo que despertara mi inagotable capacidad de asociación. Me sentaba siempre adelante para magnificar en lo posible la capacidad de mis oídos averiados y me sumergía en la línea melódica de la clase. Fui una alumna que atesoró mucho calor, mucha belleza, mucha rabia y mucha pesadumbre a lo largo de su niñez y adolescencia. Poderosas emociones que muchas veces no era capaz de nombrar, me llegaban de las voces de quienes me enseñaron.
Fui a mi vez una profesora apasionada, que al principio encantaba y que al final no conseguía que sus alumnos escucharan el romance, ni leyeran el fragmento. Una profesora que ya no lograba esa mirada absorta y luminosa que es la seña de la resonancia, pero aún entonces, tenía claro que la clase debía seguir, aunque solo fuera para recordar ardores pasados. Muchas veces me vi superponiendo sin quererlo en los rostros de mis alumnos de aquellos últimos días, los de quienes habían sido felices conmigo. Acudían obedientes y yo aprendí a fijar mi mirada en fantasmas amables. Creo que fue a ellos a quienes hice clase esos últimos años. Era la única manera de no callar. 

Aquel último día fui consciente y deliberada como nunca.

 Me levanté a las seis y media como siempre y nada más despertar, me fui deteniendo en todos los detalles de mi habitación. Miré largo a “ mis judios tristes” en la repisa. Interpretaban la música inaudible que me tocaban cada día desde que los compré en un tenderete de Cracovia. También la escuché ahora con una especie de unción, como si velara armas.
Elegí explicar “Las doradas manzanas del sol” porque estaba impregnado de poesía profética.  Bradbury no consolaba, casi ni advertía. Sus relatos eran vaticinios tal vez a su pesar. Sin embargo, trasmitía la difícil belleza de la lucidez, una emoción que ayudaba, al asistir un poco desde atrás, a lo que no podíamos evitar vivir para poder vivirlo con dignidad. Sin esa distancia, solo queda el caos y la angustia. Quería que lo supieran, quería que lo entendieran. Quería que fuera mi legado.
Recuerdo que leí el cuento en voz alta, de pie sobre mi tarima. Fui lenta y cuidé con mimo cada una de las inflexiones de mi voz. Por una vez sentí la vieja atención en el silencio de la sala. Sé que mi anillo era luz y sordina de mi acento. Quienes me escuchaban sabían que era mi última clase.

…."La casa, la hermosa y cálida casa, se despertaba y convocaba al nuevo día. Luz, pájaros, brisa, bocinas, ladridos, voces apresuradas… El desayuno se preparaba y se servía. Se sentía el aroma de los huevos y el jamón en su perfecto punto. Luego, la voz sugería botas y paraguas, la conveniencia de los impermeables. Recordaba no olvidar las llaves y las mochilas. Anudar bien las bufandas Se introducía en el texto la extrañeza cuando la comida intacta era retirada.

La casa iba señalando las horas suavemente. Hacía las labores de limpieza, lavaba la ropa y más tarde, se caldeaba para recibir a los niños y a sus padres.Preparaba la mesa, ajustaba los grados. La defendía de extraños solicitando frecuentemente la contraseña debida. Al atardecer corría las cortinas y bajaba las luces…la cena, nuevamente preparada con esmero , volvía a caer sin hacer ruido en el cubo de desechos. La mesa volvía a ser limpiada con cuidado. 
Y luego...era la hora de los niños. La casa abría las camas. En las paredes aparecían cebras y antílopes recorriendo la sabana. Poco a poco el trote se iba silenciando… los niños ya dormían. En la biblioteca una voz sugería la lectura de un poema y ante la falta de respuesta comenzaba a escucharse dulce, pausadamente “Vendrán lluvias suaves” 
La casa persistía ordenada y segura. Cálida y confortable. Se escuchaba entonces cadenciosa ...

Vendrán lluvias suaves y olor a tierra mojada,

Y golondrinas volando con su chispeante sonido;

Y ranas en los estanques cantando en la noche,

Y ciruelos silvestres

de trémula blancura.

Los petirrojos vestirán su plumoso fuego

Silbando sus caprichos sobre el cercado;

Y nadie sabrá de la guerra,

a nadie preocupará 

cuando al fin haya acabado.

A nadie le importaría, ni al pájaro ni al árbol,

si toda la humanidad pereciera;

Y la propia Primavera, cuando despertara al alba,

Apenas se daría cuenta de nuestra partida."

Terminé de leer en medio de un silencio denso como una granada un poco pasada que se abre y deslíe. 

Entonces miré por la ventana abierta y vi que era verano. Entraron las voces y las bocinas, el chirriar de los columpios de junio temprano. La luz inundaba la sala, cimbreaban suavemente las flores del magnolio del patio. Acaricié con intención reconcentrada mi anillo.

Les conté que el poema había sido escrito por Sara Teasdale en 1918 y Ray Bradbury había escrito el relato en 1950. Ambos habían sido conmovidos por la Primera guerra mundial y las bombas de Hiroshima respectivamente. Bradbury dejaba claro que ni siquiera la primavera persistía. El final es el caos en el que las propias voces se vuelven puro pánico y se dislocan y repiten y lo superponen y empiezan a callar mientras los zumbidos y las llamas las consumen. Fuera no hay ciruelos, ni pájaros. Quizá lluvia, pero no lluvia suave...

No me limpié los zapatos, tampoco cerré la puerta. Eso sí, no volví la vista atrás.
Mis alumnos recordarán aquella última clase. Estoy segura .

Durante el curso siguiente empezó la pandemia.



viernes, 19 de agosto de 2022

Atardecer en Urueña.



En las calles ni un alma. Los postigos, herméticos. Son las seis de la tarde en la paramera y el sol empieza a bajar. Me recuesto sobre la muralla. Siento al mar. La ilusión es tan fuerte que las  lucecitas móviles a la distancia me hacen pensar en barcas que buscan afanosas el resguardo del puerto. Sin embargo, en el punto que cierra el horizonte, un sol acompañado de  todo su  artificio se esconde de a poco en Tierra de campos.



Hace frío en Urueña. Hace mucho frío. La piedra porosa transpira al anochecer. Fosforece la luna… 

 

 Leo en mi guía que Urueña es una villa vallisoletana de no más de 200 almas, en la que se pueden encontrar hasta once librerías, además de un museo de instrumentos musicales de todo el mundo, una casa de “las palabras” bajo el nombre de Delibes y un pequeño museo de campanas. He venido atraída por el aroma de los libros Sus librerías tienen nombres hermosos: Páramo, Alcarabán, Primera página... 


 Camino por el pueblo ya anochecido y después de perderme entre el Corro del Conde y el de Sto. Domingo, después de cruzar por la puerta del Azogue y vislumbrar la silueta de Sta. María, me permito vagar por las cuatro callejas.. Un farol en la esquina, un ventanuco iluminado, un ramalazo de aroma de leña de eucalipto al pasar. Puntos de luz en medio de una sombra que se vuelve compacta. La mano alza el cuello de astracán. Hace mucho frío.


 El caballero de Olmedo pasa embozado por la calle que corta la que camino. Me quedo en la ilusión del galope, agradecida como siempre a mi poderosa imaginación tan avezada siempre en romances y relatos viejos..


En algún alféizar resiste una maceta de geranios en plena decadencia y en algunas murallas, la parra virgen se aferra fuerte.


Me detengo en la primera librería que me sale al paso. Se llama “Páramo” y entro como quien entra en casa con ganas de tocar, hojear, acariciar, husmear... Es la ansiedad de siempre frente a los libros.

 Deambulo entre estantes, perseguida por la mirada distraída del librero. Ambos hacemos un gesto que señala el acuerdo de no intervención que la mascarilla deja incompleto sin la posibilidad de sonrisa.


 Roger Pereyfitte, Alodous Huxley, Mujica Lainez, Lezama Lima en una misma repisa, me golpean los ojos y me cae encima toda la dulcedumbre de los diecinueve años de repente.. Los inviernos en la biblioteca vieja del Pedagógico después de clase, los veranos en la cueva del toronjil allá en El Tabo, las noches insomne a fuerza de deleite en calle Vergara vuelven a espejear por la fuerza del nombre de esos libros.


 He dejado en un rincón mi bolsa. Me he desembarazado del fular y los guantes y casi de la mascarilla. Me la acomodo de nuevo con desánimo. Empiezo a ojear y a recordar mientras tomo los libros..  La memoria hace trampa y sé que una y otra vez estoy volviendo a inventar mi recuerdo. Me viene a la cabeza un papel  y una frase “La muchacha a la sombra del león” Sé que  fue para mí el colmo del erotismo. Recuerdo sensaciones: juventud, desnudez, sombra y la lanzada del deseo. Es un misterio que mi erotismo juvenil esté ligado a un autor que según sé ahora era, no solo homosexual, sino pederasta confeso. Me habré inventado aquella imagen que tenía que ver con deseo y poderío…


“Bomarzo” fue un largo verano en el sur del mundo. El duque de Orsini y su soledad me acompañaron las largas jornadas de no hacer nada. No podía enamorarme de él: era jorobado y retorcido. Sin embargo su deformidad caló en mí. Esa mezcla de belleza y desmesura tan poco renacentista, ese ansia de gloria…y mientras, el aroma delicioso de la hierba en las dunas.


Con “Paradiso” me hundí en una densidad de guayaba. Me di cuenta de que existían libros que no puedes soltar porque su música  encadena, libros que más que leer escuchas. Ese magma de un lenguaje delirante, inédito, de una densidad de sentido en la que me hundía como en un mar sin fondo intentando mantenerme a flote entre ahogada y extasiada fue mi obsesión de muchos de aquellos días.


Me inclino para dejar el libro en su anaquel y siento la protesta dolorosa de mis rodillas.. Me he convertido en un sinfín de rituales previos a toda lectura, pero mi deseo permanece incólume.


Mi mochila se va llenando de libros elegidos por peregrinas razones. Porque la editorial me da confianza, porque el ojeo responde a mi exigencia, porque el nombre está lleno de una extraña poesía. 


Pero poco antes de salir encuentro dos nombres en un mismo libro, que para mí tienen el poder de las citas inexorables: Anna Ajmátova, Marina Tsvietáieva. ”El canto y la ceniza”

 Cojo el libro como si alguien fuera a arrebatármelo y ya no miro más. Pago rápido y salgo de nuevo a la noche. No hay estrellas. De nuevo el frío.



Camino hacia la casa rural siguiendo la muralla. Algunos parroquianos bien enfundados en sus tabardos, miran la televisión en la única taberna abierta. No me detengo, estoy acompañada por otras presencias, otros ámbitos, otras llamadas. Me ensimismo anticipando el goce a solas.







viernes, 29 de julio de 2022

Blancos.


No existe el blanco puro.

Conozco únicamente blancos perlíferos, irisados, cárdenos, lunares, esplendentes, en tris de ser devorados por grises de bruma y niebla. Blancos ebrios de rojo, fatigados de azul. Siempre adheridos a circunstancias, paisajes, cuadros, naufragios y respiros.

Ese blanco de mis enaguas ondeando en la penumbra de una habitación en vía Sixtina, guarda el aroma de ese erotismo que a tantas mujeres nos punza: han sido los brazos de quien amo, los que las han extendido mientras duermo. 

Parpadea en el mar de Tesalónica, casi quebrado su blancor por el barco que cruza apenas deslizándose en la hora suave de la tarde…

Es gélido e insomne ese atroz, extendido en dolorosas huellas que siempre dejan espacio en su desazón para una nueva desesperanza. Blanco ruso lo llamo. Me lo trajeron Celan, Maldestan, Tsvetáieva…

Tiembla en las camisas de los llevados a morir en aquellas madrugadas de verano… 

Goya lo hizo gritar en el más famoso de sus cuadros.

Hay otro blanco. El que se vuelve cotidiano en el borde irisado de mi taza y otro que culebrea cuando vuelve el invierno en el hilo de luz de las farolas que acaban de encenderse con luz fría…

Es el blanco de volver a casa.

Amo el manchado blanco de mis libros viejos y el de la leche de oveja que se deslíe en mi boca…

Si pudiera, me bañaría en el blanco de las primeras lilas. Me vestiría como Emily Dickinson con ese blanco que los contiene a todos... 

Sería una magnífica maga tan aromada e iridiscente con anillo de ópalo y mirada de Tiresias.

El blanco cárdeno de la cordillera en invierno en el momento que se enciende hacia el amanecer es para mí la redoma de mi nostalgia…

Yo diría que es el color más ambiguo que existe el más herido, el más sucio el más sagrado…

Es el color de la poesía.


lunes, 13 de junio de 2022

Mañana en Cervera



Esta mañana de domingo

hay regocijo de campanas…

la parra ya pura celosía dirige

su  sinfonía de luz hacia el adentro

Rayos de luz  están danzando ahora su intrincado minué sobre el ajedrezado de la sala…

En mi cuarto se pelean en el sitio exacto donde anoche apoyé mi cabeza…

A las luces les gusta el satín de mis libros

Abrillantan la pequeña manivela de la caja de música

Curiosean en las cejas golondrina de la mujer de Modiggliani…

En la terraza la luz se ha vuelto brasa desvaída sobre las viejas tejas que esperan sus toritos de Pucara…

Bajaré al patizuelo a beber sombra …

antes de que se acabe la mañana.