miércoles, 11 de abril de 2012

Acerca de Chagall


"La caída del ángel" de Marc Chagall



  A veces me ensimismo. Me quedo en un silencio que no es hostil ni depresivo, sino simple silencio. Así me he sentido últimamente. Abría mi página, intentaba, pero la cerraba sin ganas y sin desespero...

Fue entonces que me fui a Madrid a ver a Chagall y volví callada,  pero con la llama  de nuevo prendida.  El arte consuela cuando la belleza consigue llegar al hueso de la vida.  Produce en nosotros una toma de conciencia en la que nos sentimos de pronto habitados por ecos que reverberan en nuestro interior, como si de pronto nos hubiéramos convertido en caja de resonancia, como si los colores, el trazo, la disposición, el motivo, abrieran un tajo en la maraña y algo empezara a decir, primero balbuceando y luego cada vez más alto, más hondo, más claro, del modo en que se cuentan las historias que se van entendiendo poco a poco.

Chagall es un maravilloso contador de historias. En cada imagen reconozco a la novia, al enamorado, al judío errante, al violín, al gallo, a la vaquita, al ramo de flores, al reloj de pared. Un tarot personal que se despliega una y otra vez frente a nosotros y nos pide que le ayudemos a dilucidarlo. Es emocionante sentir como la iconografía del pintor, de alguna manera suscita la propia. Como a su conjuro nuestro propio tarot se configura:  la torre, el peral, la anciana que se mece, el libro abierto, la niña pequeña, la gata siamesa, el buda… La convergencia es de tal envergadura que da vértigo de tan intrincada y densa.

Si llevara a un niño de mi mano le contaría de esa vaquita a quien el tío de Chagall, el carnicero, le gritaba cuando la hora le tocaba… ¡Ya, tú…tira las patas!... y cuando la vaquita se dejaba caer toda sumisión, el niño Chagall la besaba en el hocico suave y siguió besándola una y otra vez en sus cuadros. La hizo tocar violín, volar, acompañar al rabino, ofrecer flores... durante toda su vida. Estoy segura de que al niño le gustaría la historia aunque los ojos se le llenaran de lágrimas y lo más importante, estoy segura de que aprendería lo que es esa palabra tan difícil, “Redención”  y se sentiría consolado como yo, al reconocerla en verde, en azul, en amarillo . Funambulista de ese cielo dislocado donde las cosas viven para siempre.

Agradezco a Chagall su gota de luz porque en estos grises tiempos nuestros necesitamos saber de transfiguraciones y  triunfantes gritos de gallos. Necesitamos saber de Eso que prevalece y consuela emergiendo allá por el oeste, desde el cénit, soterrado, trapecista en diagonal. Angel en caída picada que insólitamente se sostiene y nos permite  seguir respirando.
Sí. Le mostraría al niño el ramo de sauco florido, la candela, el ala azul del reloj, el beso mantenido de Bella... y le explicaría las historias que ocultan.
Amo en  Chagall esa acogida de  “lo otro”,  que convierte en suyo sin ninguna estridencia. Su "Cristo blanco", su "Virgen de la aldea", que conviven con la Torah y el rabino con tanta armonía, nos   hacen captar  la imagen que puede tener ese cielo con el que soñamos los que amamos esta amarga y gozosa vida nuestra, esta vida en la que todo se nos va y todo se nos queda. Esta vida poblada de ausencias tan presentes que hieren una y otra vez,  donde conviven  graciosamente lo visible y lo invisible  y lo que fue sigue siendo....

El arte no cambia nada. No puede. La muerte y el horror son ubicuos. La paleta debe ennegrecerse porque si no sería apenas un superficial divertimento,  y yo y el niño de mi mano, pasaríamos de largo. Por eso yo amo ese ángulo, ese  en que asiste lo amado y ayuda a que la caída del ángel no sea estruendo, sino... epifanía.