Tres poetas que hablaron de amor... Juana, Gabriela, Alfonsina




                          En mi repisa hay muchos poetas... muchas. Algunos de sus versos me fueron murmurados desde muy niña. Entre ellos están los de Juana, Gabriela y Alfonsina.

Las tres consiguieron, como dice mi querido Paúl Celan "dar a sus poemas la fuerza de resistencia de lo inmediato" y por lo mismo lograron  eternizar los variados matices de los gozos y sombras de muchas vidas que siguen sucediéndose a lo largo de las generaciones.

Las tres compartieron origen, época y una cierta manera de entender la poesía. Surgieron casi al mismo tiempo con un fulgor que deslumbró a sus contemporáneos. Se impusieron. Las tres fueron hablantes de español y para las tres el poema fue expresión de vida vivida antes que nada y sobre todas las cosas, tal como me ocurre a mí.

Su obra es fácil de conseguir. En cualquier biblioteca o librería medianamente surtida encontraremos antologías de todas ellas. La red es también un excelente medio de acceder a su poesía aunque yo   soy de las que todavía no pueden renunciar a la erótica del papel y al susurro de la hoja que se vuelve mientras leo. Acudo al libro impreso cuando no es la memoria la que me trae sus palabras...

Juana de Ibarbourou (Uruguay, 1895-1979)

La preciosa Juana tomó su nombre de poeta del de su marido, el capitán Lucas Ibarbourou, con quien se casó a los 20 años y fue el  confesado amor de su vida.

Es la autora de "La higuera", poema por el cual quienes no la conocen demasiado quizá la recuerden, ya que eran versos presentes en todos los libros de antología de lecturas para niños... "Es la higuera el más bello / de los árboles todos del huerto..."

En 1929, fue proclamada "Juana de América" en el salón de Los pasos perdidos del Palacio Legislativo del Uruguay. Cuando murió hubo duelo nacional y fue enterrada con honores de ministro de Estado. Uruguay la amó y se enorgulleció profundamente de "su muchacha como de pájaros y selva" como la llamaban

Juana de Ibarbourou nos ha dejado acuñada en la memoria su imagen de muchacha bella, esbelta y morena y sigue siendo siempre joven, siempre rebelde, siempre hermosa en sus poemas a pesar de que vivió 87 años y la vida la gastó como a todos. Es lo bueno que tiene el escribir: en el verso no se encanece.

Sus poemas son los de una mujer enamorada de la naturaleza y que conociendo la brevedad de su momento, quiere saborearlo a placer sin dejar nada para después porque sabe que ese después es siempre ilusorio y está tocado por la enemiga invencible. Juana es la poeta del Carpe Diem, el tópico horaciano. Toda su poesía nos dice ¡aprovecha el día!

La excelencia de su temperamento se refleja en la frescura de sus versos. Desde muy joven amante y amada, la vida de Juana es pródiga. Todo se le da a manos llenas y ella lo transforma en un decir que fluye como los ríos de Heráclito. Embriagada del gozo de recibir, en ella todo resuena. Toda su poesía es una continua acción de gracias frente a ese sentirse tan colmada por la vida...

Tómame ahora que aun es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano.

Tómame ahora que aun es sombría
esta taciturna cabellera mía.

Ahora que tengo la carne olorosa
y los ojos limpios y la piel de rosa.

Ahora que calza mi planta ligera
la sandalia viva de la primavera.

Ahora que en mis labios repica la risa
como una campana sacudida a prisa.

Después..., ¡ah, yo sé
que ya nada de eso mas tarde tendré!

Que entonces inútil será tu deseo,
como ofrenda puesta sobre un mausoleo.

¡Tómame ahora que aun es temprano
y que tengo rica de nardos la mano!

Hoy, y no más tarde. Antes que anochezca
y se vuelva mustia la corola fresca.

Hoy, y no mañana. ¡Oh amante! ¿no ves
que la enredadera crecerá ciprés?

En Juana la poesía es una fiesta. Su verso es urgente y acaso sazonado con una pizca de la melancolía de la que, en medio del disfrute sabe que las fiestas siempre se terminan y que justamente por ello, hay que bailar hasta el amanecer aunque terminemos exhaustas y con las zapatillas destrozadas...

 Leer a Juana de Ibarbourou es volver a vivir  el tiempo de esplendor en la hierba. Ese que cuando ha pasado se vuelve ácido porque "Nada es más negro que la mañana luminosa del recuerdo" que diría Celán.

Amante: no me lleves, si muero al camposanto
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
alboroto divino de alguna pajarera
o junto a la encantada charla de alguna fuente

A flor de tierrra, amante. Casi sobre la tierra,
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.

A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
más breve. Yo presiento
la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
por sentir en sus átomos la frescura del viento.

Yo se que acaso nunca allá abajo mis manos
podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
en medio de las sombras estrujadas y prietas.

Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
Yo subiré a mirarte en los lirios morados.


Alfonsina Storni (Argentina, 1892-1938)

Su vida fue difícil. No la ayudaron ni el ánimo, ni las circunstancias. Mesera en el café de su padre, actriz itinerante, maestra sin título, cantante, costurera a domicilio, cajera de farmacia, "corresponsal sicológica", articulista ... Poeta.

 La tradición dice que no era bella, juicio con el que no estoy en absoluto de acuerdo. Era sí, atípica. Una especie de insatisfacción congénita le punteó la vida de depresiones que no le facilitaron en absoluto  el disfrute ni la alegría.

La suya es una vida de rebelde. Muy joven pública con sus ahorros su primer libro de poesía. Tiene éxito y es aceptada de inmediato entre sus iguales. José Enrique Rodó, Leopoldo Lugones, su amigo del alma, Horacio Quiroga, Federico García Lorca la admiraron y compartieron con ella la famosa tertulia del café Tortoni en Buenos Aires.

Quienes han escuchado su nombre seguro que lo asocian a la famosa canción que inmortalizó Mercedes Sosa “Alfonsina y el mar”. A los 46 años Alfonsina se suicidó tirándose al mar desde el espigón de la Perla, en Mar de Plata. Un cáncer incurable dicen que fue la gota que rebalsó su vaso siempre a punto de derrame.

El amor no le fue fácil. Enamorada de un hombre casado mucho mayor que ella, se atrevió a tener un hijo suyo y a reivindicarlo públicamente. Consideró el matrimonio inaceptable dentro de los términos en que ella quería plantear su vida amorosa. Fue una decidida feminista.

Para Storni, la relación amorosa no es como para la uruguaya una fiesta sagrada sino más bien, algo así como un malentendido. El amor es una relación de fuerzas desiguales en que la mujer siempre pierde. Su intuición se siente muy viva en las mujeres de hoy. Reconocemos fácil lo que la atormentó a ella. Captó que la relación amorosa es por esencia desigual y se juega entre dos personas reales que sueñan o imaginan ser otros y que se entrampan buscando lo que no encontrarán. El amor para Storni siempre termina en un acibar que se va haciendo cada vez más denso.

Traición

Escrútame los ojos sorpréndeme la boca,
sujeta entre tus manos esta cabeza loca;
dame a beber veneno, el malvado veneno
que moja los labios a pesar de ser bueno.

Pero no me preguntes, no me preguntes nada
de por qué lloré tanto en la noche pasada;
las mujeres lloramos sin saber, porque sí.
Es esto de los llantos pasaje baladí.

Bien se ve que tenemos adentro un mar oculto,
un mar un poco torpe, ligeramente oculto,
que se asoma a los ojos con bastante frecuencia
y hasta lo manejamos con una dúctil ciencia.

No preguntes amado, lo debes sospechar:
en la noche pasada no estaba quieto el mar.
Nada más. Tempestades que las trae y las lleva
un viento que nos marca cada vez costa nueva.

Sí, vanas mariposas sobre jardín de Enero,
nuestro interior es todo sin equilibrio y huero.
Luz de cristalería, fruto de carnaval
decorado en escamas de serpientes del mal.

Así somos, ¿no es cierto? Ya lo dijo el poeta:
deseamos y gustamos la miel en cada copa
y en el cerebro habemos un poquito de estopa.

Bien. No, no me preguntes. Torpeza de mujer,
capricho, amado mío, capricho debe ser.
Oh, déjame que ría. ¿No ves que tarde hermosa?
Espínate las manos y córtame una rosa.

¿Cuál es la traición que no quiere confesar ?

¿Acaso sea la persistencia de ese talante desasosegado y triste en medio de un momento de amor que se supone pleno y consentido?

Es característica en Alfonsina una cierta ironía que nos produce una sonrisa triste. A esta mujer la vida le cuesta. La hiere con mucha facilidad porque no puede ni quiere hacerse hacerse ilusiones. Es demasiado lúcida. Para ella la imagen masculina ha perdido todo su aspecto mítico. El hombre es sólo otro ser humano igual que ella, a veces más mezquino. "Abreme la puerta, hombre pequeñito, que quiero volar" dice en uno de sus poemas y termina... "Te amé dos minutos: no me pidas más".

Alfonsina Storni es una poeta para tiempos fuertes, para cuando una quisiera dormir y dejarse y no puede... Hay que leerla con cierto distanciamiento porque duele mucho.

Encontré su último poema en una antología de su obra que me compré en la cuesta Moyano de Madrid. Creo que en él queda sellada esa esencial soledad que pareciera ser la nota más constante de su persona y su deliciosa ironía, ese guiño orgulloso a la vida y a la muerte.

Voy a dormir...

Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos escardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera;
una constelación; la que te guste;
todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...

Gabriela Mistral (Chile, 1889-1957)

Nació en el norte chileno allá en el valle de Elqui, un oasis junto al desierto, donde pidió ser devuelta, antes de morir en Nueva York a los 67 años. Nacida Lucía Godoy Alcayaga, fue como ella misma dejó escrito “mestiza de vasca”. En ella tenemos a la primera premio Nobel hispanoamericano de literatura y a una mujer tan especial como las anteriores.

Recuerdo a la Gabriela de mi libro de texto  "Piececitos de niño", tal vez su poema más conocido. Siempre demasiado asociada a la frustración doliente, a la mujer hosca que no fue amada, a la que nunca pudo ser madre... Como Alfonsina Storni fue una mujer insólita para su época. Desde muy joven se ganó su pan y vivió sola.

Una anécdota desgraciada, la muerte por suicidio de un joven a quien había amado, dispara su poesía y la hace conocida. Son famosísimos sus “Sonetos de la muerte”, que de alguna manera resumen su poesía para los que no la conocen demasiado.  Pero, la verdadera Gabriela amó y seguramente fue amada aunque es cierto que siempre permaneció sola y errante. Se llevó a Chile y América por todo lugar por donde anduvo y los cantó en himnos cuya hondura emociona todavía.

El amor que se revela en su poesía nos muestra a una Gabriela a la que siempre sentimos traicionada. Para ella el amor no fue una fiesta, ni un malentendido, sino un destino que la traición malogró. El amor y el desamor en Gabriela lo tiñen todo. Tierra y cielo se hacen eco de la mínima plenitud y también extensión de su tristeza.

La espera inútil

Yo me olvidé que se hizo
ceniza tu pie ligero,
y, como en los buenos tiempos,
salí a encontrarte al sendero.

Pasé valle, llano y río
y el cantar se me hizo triste.
La tarde volcó su vaso
de luz ¡y tú no viniste!

El sol fue desmenuzando
su ardida y muerta amapola;
flecos de niebla temblaron
sobre el campo. ¡Estaba sola!

Al viento otoñal, de un árbol
crujió el blanqueado brazo.
Tuve miedo y te llamé:
"¡Amado, apresura el paso!

Tengo miedo y tengo amor,
¡amado, el paso apresura!"
Iba espesando la noche
y creciendo mi locura.

Me olvidé de que te hicieron
sordo para mi clamor;
me olvidé de tu silencio
y de tu cárdeno albor;

de tu inerte mano torpe
ya para buscar mi mano;
¡de tus ojos dilatados
del inquirir soberano!

La noche ensanchó su charco
de betún; el agorero
búho con la horrible seda
de su ala rasgó el sendero.

No te volveré a llamar,
que ya no haces tu jornada;
mi desnuda planta sigue,
la tuya está sosegada.

Vano es que acuda a la cita
por los caminos desiertos.
¡No ha de cuajar tu fantasma
entre mis brazos abiertos!

En Gabriela, el amor siempre es distancia, siempre soledad, siempre angustia. No hay en su obra prácticamente un solo poema que recree un momento de plenitud. Para ella amar fue siempre un trago amargo.

El amor que fluye de sus versos es una especie de alianza telúrica en la que la voluntad del ser humano poco tiene que ver y sí mucho, el designio divino y astral. Gabriela es fieramente bíblica. Terriblemente trágica. Romper esta alianza es romper el orden del mundo y producir un daño perdurable no sólo en quien es abandonado sino también, en quien se atreve a abandonar.  Ninguno de los que habían sido destinados a amarse si rompen el pacto, puede volver a ser feliz.

En estos poemas sentimos retemblar la furia de una Medea apenas aplacada por un Yavé a quien la poeta hace su testigo y fiador. Los tonos broncos y amenazantes se suceden y la tierra completa toma partido por la mujer y como extensión del cuerpo y alma de la que ama, perseguirá al amante infiel hasta el final.

Gabriela y la Emily Brönte de Cumbres Borrascosas con algo así como almas gemelas. Es por eso que el resultado último de la traición no puede ser más que la muerte del que se va, puesto que queda despojado de su punto sustentatorio. La muerte es lo único que podrá restablecer el equilibrio al restituir al traidor a donde realmente pertenece: los brazos de la amada.

Estos poemas son para gritar en momentos de rabia, en esos en que necesitamos levantar el puño y maldecir... La poesía también sirve para esto. La Gabriela del amor es formidable. El suyo es un amor peligroso porque se quiere único, intemporal y eterno ¡Casi nada!

Dios lo quiere

La tierra se hace madrastra
si tu alma vende a mi alma.
Llevan un escalofrío
de tribulación las aguas.
El mundo fue más hermoso
desde que me hiciste aliada,
cuando junto de un espino
nos quedamos sin palabras
¡y el amor como el espino
nos traspasó de fragancia!

Pero te va a brotar víboras
la tierra si vendes mi alma;
baldías del hijo, rompo
mis rodillas desoladas.
Se apaga Cristo en mi pecho
¡y la puerta de mi casa
quiebra la mano al mendigo
y avienta a la atribulada!

II

Beso que tu boca entregue
a mis oídos alcanza,
porque las grutas profundas
me devuelven tus palabras.
El polvo de los senderos
guarda el olor de tus plantas
y oteándolas como un ciervo,
te sigo por las montañas...
A la que tú ames, las nubes
la pintan sobre mi casa.
Ve cual ladrón a besarla
de la tierra en las entrañas;
que, cuando el rostro le alces,
hallas mi cara con lágrimas.

III

Dios no quiere que tu tengas
sol si conmigo no marchas;
Dios no quiere que tu bebas
si yo no tiemblo en tu agua;
no consiente que te duermas
sino en mi trenza ahuecada.

IV

Si te vas, hasta en los musgos
del camino rompes mi alma;
te muerden la sed y el hambre
en todo monte o llanada
y en cualquier país las tardes
con sangre serán mis llagas.
Y destilo de tu lengua
aunque a otra mujer llamaras,
y me clavo como un dejo
de salmuera en tu garganta;
y odies, o cantes, o ansíes,
¡por mí solamente clamas!

V

Si te vas y mueres lejos,
tendrás la mano ahuecada
diez años bajo la tierra
para recibir mis lágrimas,
sintiendo cómo te tiemblan
las carnes atribuladas,
¡hasta que te espolvoreen
mis huesos sobre la cara!



Emily Dickinson, la poeta lacónica.



                                                              
"Indian pipes", la flor favorita de Emily Dickinson
                                             
                                                                                              

Si existe una poesía que cuesta entender y sin embargo emociona es la de  Emily Dickinson, que nació un 10 de diciembre de 1830 en Amherst, Massachusetts, Estados Unidos y murió el 15 de mayo de 1886  en la misma casa donde nació. Sin sus versos que alguien comparó con huellas de pájaros sobre piedra, habríamos perdido una senda hacia ese mundo inefable que solo a la poesía le es dado transitar.


Se describió ...." soy pequeña como el gorrión, y mi cabello es rebelde como el erizo de la castaña. Y mis ojos como el Jerez que el huésped deja en la copa».


 Le gustaba vestir de  piqué blanco, hablar sin que la vieran, preparar el pan de su familia, dar largos paseos con su perro y por la noche en la soledad de su cuarto,

Ramas de castaño en flor




 
 
Ramas de castaño en flor
(Auvers sur Oise, 1890)


Y.. .¿son del sur o del norte?
¿Dónde situaremos la delicia?
Espejismo bendito
de nuevo cuajado por un algo

que se niega a negar lo simplemente bello.
Por más que condenado
por más que fuego fatuo
anotado con temblor y reverencia.

Y no. No son del sur.
Tampoco el norte manda su heraldo
de tibia primavera…¡no!

Es el misterio de un anhelo humano
que se crea la patria
por puro desconsuelo de lo eterno
en una rama así siempre…florecida

De la otra parte...




Bruma


Existe una cierta dimensión de lo que vivimos que transita en el límite. Cuando deambulamos por esa "tierra" es como que  de pronto el espacio tomara la forma de una cuerda floja en la que  sentimos nos equilibramos. No nos damos demasiado cuenta del bamboleo, ni tampoco de la destreza de nuestras plantas titubeantes pero, un leve movimiento a veces tiende a desiquilibrarnos y nos obliga a apoyarnos levemente en algo que es ya otra dimensión, en la que encontramos extraños gozos, tremendos miedos, viejos dolores...

Deambular en el Reino de los muertos no le es dado a cualquiera: es necesaria la capacidad de degustar de una especie de saludable terror que se asienta en las vivencias de la infancia- a menos que nos hayan cercenado ese brote del espíritu, almas bien intencionadas y alicortas que piensan que no hay nada más deseable que los niños duerman sin sobresaltos-

Susurros.

U

Álamos al atardecer



Mi corazón susurra
vinieron pero
esta vez ...
tú no viniste.
Estoy sola
bebiendo el vino de la tarde, muda
Ya no hay oído gentil
cerca de mí
Han seguido pasando instantes y estaciones
el crisantemo se secó
murió la gata...
junto a mí juega alguien que no pudiste conocer

Te hubiera regalado esta tarde
el tono de sentencia de la que fue...
nuestra hora de violines
el silencio habría extendido su poder junto a la noche
y la mirada habría prevalecido
con ese fulgor que da la poderosa intimidad trabajada
Pero tú...
ya no puedes venir.