Primavera en Birkenau



Vuelo de vilano...

Verdecían y ondulaban
tilos, abedules, arrayanes, mirto blanco... 
cuando se abrían las puertas 
quizá un vilano acarició una estrella
y escucharon a lo lejos música de carretas...
Un sol adolescente enjugó sus sudores...

¿Sucedió aún en Birkenau?
¿La indiferente belleza vertió su último aceite
sobre los rechinantes ejes de la esperanza?
¿Se pudo musitar aún, un retazo de cuento?
alisar una falda
encasquetar bien una gorrita
atar unos zapatitos viejos?

¿Husmearon la brisa al avanzar y se dijeron incrédulos
es imposible...
                                         ¡no se puede, no se puede morir.... en primavera!?

Tres poetas que hablaron de amor... Juana, Gabriela, Alfonsina




                          En mi repisa hay muchos poetas... muchas. Algunos de sus versos me fueron murmurados desde muy niña. Entre ellos están los de Juana, Gabriela y Alfonsina.

Las tres consiguieron, como dice mi querido Paúl Celan "dar a sus poemas la fuerza de resistencia de lo inmediato" y por lo mismo lograron  eternizar los variados matices de los gozos y sombras de muchas vidas que siguen sucediéndose a lo largo de las generaciones.

Las tres compartieron origen, época y una cierta manera de entender la poesía. Surgieron casi al mismo tiempo con un fulgor que deslumbró a sus contemporáneos. Se impusieron. Las tres fueron hablantes de español y para las tres el poema fue expresión de vida vivida antes que nada y sobre todas las cosas, tal como me ocurre a mí.

Su obra es fácil de conseguir. En cualquier biblioteca o librería medianamente surtida encontraremos antologías de todas ellas. La red es también un excelente medio de acceder a su poesía aunque yo   soy de las que todavía no pueden renunciar a la erótica del papel y al susurro de la hoja que se vuelve mientras leo. Acudo al libro impreso cuando no es la memoria la que me trae sus palabras...

Emily Dickinson, la poeta lacónica.



                                                              
"Indian pipes", la flor favorita de Emily Dickinson
                                             
                                                                                              

Si existe una poesía que cuesta entender y sin embargo emociona es la de  Emily Dickinson, que nació un 10 de diciembre de 1830 en Amherst, Massachusetts, Estados Unidos y murió el 15 de mayo de 1886  en la misma casa donde nació. Sin sus versos que alguien comparó con huellas de pájaros sobre piedra, habríamos perdido una senda hacia ese mundo inefable que solo a la poesía le es dado transitar.


Se describió ...." soy pequeña como el gorrión, y mi cabello es rebelde como el erizo de la castaña. Y mis ojos como el Jerez que el huésped deja en la copa».


 Le gustaba vestir de  piqué blanco, hablar sin que la vieran, preparar el pan de su familia, dar largos paseos con su perro y por la noche en la soledad de su cuarto,

Ramas de castaño en flor




 
 
Ramas de castaño en flor
(Auvers sur Oise, 1890)


Y.. .¿son del sur o del norte?
¿Dónde situaremos la delicia?
Espejismo bendito
de nuevo cuajado por un algo

que se niega a negar lo simplemente bello.
Por más que condenado
por más que fuego fatuo
anotado con temblor y reverencia.

Y no. No son del sur.
Tampoco el norte manda su heraldo
de tibia primavera…¡no!

Es el misterio de un anhelo humano
que se crea la patria
por puro desconsuelo de lo eterno
en una rama así siempre…florecida

De la otra parte...




Bruma


Existe una cierta dimensión de lo que vivimos que transita en el límite. Cuando deambulamos por esa "tierra" es como que  de pronto el espacio tomara la forma de una cuerda floja en la que  sentimos nos equilibramos. No nos damos demasiado cuenta del bamboleo, ni tampoco de la destreza de nuestras plantas titubeantes pero, un leve movimiento a veces tiende a desiquilibrarnos y nos obliga a apoyarnos levemente en algo que es ya otra dimensión, en la que encontramos extraños gozos, tremendos miedos, viejos dolores...

Deambular en el Reino de los muertos no le es dado a cualquiera: es necesaria la capacidad de degustar de una especie de saludable terror que se asienta en las vivencias de la infancia- a menos que nos hayan cercenado ese brote del espíritu, almas bien intencionadas y alicortas que piensan que no hay nada más deseable que los niños duerman sin sobresaltos-

Susurros.

U

Álamos al atardecer



Mi corazón susurra
vinieron pero
esta vez ...
tú no viniste.
Estoy sola
bebiendo el vino de la tarde, muda
Ya no hay oído gentil
cerca de mí
Han seguido pasando instantes y estaciones
el crisantemo se secó
murió la gata...
junto a mí juega alguien que no pudiste conocer

Te hubiera regalado en esta tarde
el tono de sentencia de la que fue...
nuestra hora de violines
el silencio habría extendido su poder junto a la noche
y la mirada habría prevalecido
con ese fulgor que da la poderosa intimidad trabajada
Pero tú...
ya no puedes venir.