Perfumes...


Ligustro en flor.
 Tal vez  el olfato sea el más complejo de los sentidos, aquel que guarda la llave maestra de todos los sentires atesorados en nuestra memoria poética. Quizá sea ésta la razón por la que se le llame,  el sentido de la nostalgia.

 Un preciso aroma  puede acertar en el  punto más sensible de nuestro mapa emocional y dejarnos inermes frente al dolor o alegría abrumadores  que nos brotan a su conjuro, como no pueden hacerlo ni la imagen, ni el tacto, ni el sonido.

 No es extraño que en Proust,  lo que  rompiera el dique de su olvido y permitiera el ubérrimo desborde de su ”tiempo perdido”,  fuera aquel  sorbo, no de cualquier té, sino de aquel  preciso que se atesoraba en la casa de Cambray  y que empapaba  el bocadito de magdalena  que le era ofrecido cada domingo por su obsequiosa tía  y que grabó así en él sin intención alguna, aquel delicioso perfume  de la infancia, que a nadie le es dado elegir.

 Para mí la dicha huele a crisantemo amarillo y a jabón Le Sancy.

Notificación de olvido


 

Encrucijada


Te notifico: 
que me he vestido de luto y he destruido
 todos los recuerdos que te conciernen
 incluidos los más bellos (plátano, rosal y princesas) 
con absoluta precisión.
 Que he renunciado a partir de hoy
 a proteger tus vulnerables gorriones:
 he abierto arañándome las manos todas las jaulas.
 Que he borrado tu nombre de mi registro secreto y
 te devuelvo perfectamente dobladas y almidonadas todas tus palabras,
 todos tus gestos... incluido tu perfume. 

Ya sabes en medio de los cuatro vientos
 que llevan al país de quien sabe dónde... 
 ¡ha sido pronunciado tu nombre! 


 de "La seña del cantero"

Carta a mi rosa...

 Para mi rosa.


Coloquio de la rosa y el principito


He vuelto a releer como tantas veces "El principito", mejor dicho ya no lo leo, no es necesario ya que es carne mía. Acudo a su historia para calmar  esas turbulencias amorosas  que a veces, también a mí me sacuden, ese mar de fondo de la vida, ese oleaje oscuro que bate contra mi razón dejándola magullada y exhausta ciertas tardes, ciertas mañanas, ciertas amanecidas... pero yo ya no lucho contra sus embates, más bien me hundo y me dejo llevar sin resistencia; es absurdo luchar contra un sentir que sobreviene sorpresivo y me invade siempre aunque no quiera. Además, tal vez haya otra razón  por la que me dejo atrapar sin armadura; es la única manera  que conozco de poder abrazar a la que amo y está...¡tan lejos!

Recorro desasosegada mi planeta intentando imaginar el estado de mi rosa lejana allá en el suyo, de mi rosita aguerrida con su espinita única para defenderse aunque, sé que lo que en realidad percibo, es solo el estado de mi propio corazón traspasado por ese persistente anhelo mío de que mi rosa pueda subsistir sin que yo le ponga bien el biombo  por la noche para defenderla del relente, sin que nadie la llene de requiebros amorosos por la mañana antes de su primera toilette de rosa vanidosa... 

Es toda una herida imaginar a mi rosita valiente poniéndole cara a la invasión de baobas día tras día; saberla sucia en razón de la limpieza escrupulosa de tanto volcán como hay por allá; agotada, intentando domesticar a ese cordero voraz que nadie sabe cómo apareció y que quizá se alimente de rosas...No. ¡Dios mío! hay ciertas cosas que no puedo ni me consiento imaginar (mientras no encuentre a alguien capaz de fabricarle un bozal al cordero ese).
Me desespera saberla  sin tiempo de gozar de una sola de las 43 puestas de sol de cada jornada, de esa su riqueza inusitada que tengo miedo se pierda sin su mirada linda.

Acepto los punzantes mensajes de mi nostalgia y me niego a ponerles venda porque en ella luce el amor como un reguero de frescor que riega a mi rosa  y le procura una línea de sombra a mediodía ... Acepto así esta ansia mía y quedarme con un alma hecha brazos que busca a la única e incomparable entre todas, para aliviarle un poquito la vida...

Somos principitos caídos en medio del desierto. Principitos tocados por un sueño contumaz que nos vertebra la vida. Somos principitos irremediablemente enamorados y por lo mismo, inevitablemente heridos.

Soy adulta. Hago lo que tengo que hacer pero jamás me negaré a sentir lo que siento. Aunque acepte que no puedo ir donde quisiera, jamás intentaré matar para no sufrir la desmesura que, como al principito, me permite volver ciertas noches en que las constelaciones son favorables a rozar el planeta en que ella vive... 
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Se ha hecho tarde. El sol de la última primavera dora tenuemente mis cuadernos. Algunas gaviotas sobrevuelas parsimoniosas a lo lejos y yo nuevamente, antes de encender mis luces, me pregunto con zozobra por ella y siento entonces tan poderoso el amor,  que me derrumba...¡ principita!