Carta de París



Ayer volvimos de París que estaba, como dice la canción, "más bonita que nunca" Fueron unos días a nuestra medida. Preciosos. La habitación del hotel (el mismo en que estuvimos con Uds. hace 11 años) era muy pequeña, muy limpia y extremadamente ruidosa, sobre todo al anochecer. La misma tienda de sombreros en la esquina y el mismo super donde comprábamos la comida  para la cena- ¿recuerdas?... esta vez nos dio por comer tortillas mexicanas con tomate, queso de cabra y albahaca.


¿Qué cosas hicimos? Te cuento lo más especial. "Lo más de lo más":
el encuentro con la Victoria de Samotracia en el Louvre. Nunca habría pensado que me emocionara y me sugiriera tanto No sé si sabes que mientras un lado, el derecho, es perfectamente angélico el otro, el izquierdo, deja clara su condición terrestre. Sí, el ala izquierda de la victoria está entablillada y luce en un escorzo donde yo le adivino todo el dolor del movimiento apenas conseguido. Ese ala es un muñón ( hay quien diría que por ese lado la estatua no está acabada) pero yo creo que lo está perfectamente. A mí me dice que la belleza es alada pero que el aire de su vuelo, como todo lo que de alguna manera está tocado por la gravedad de lo real, es tremendamente costoso y exige un gran precio que para quienes lo amamos, siempre vale la pena pagar. Tengo acuñada para siempre en mi mente esta mujer alada y su navío y quisiera volver una y otra vez a París sólo por volver a verla.


Por la noche fuimos a un concierto de gospel a la Sainte Chapelle. Nos salió muy caro pero no nos importó nada. Los maravillosos vitrales de la que dicen más bella iglesia gótica de Francia, las voces y la expresión de las muchachas negras bellísimas, nuestro ritmo todos de pie y tu padre, cantando junto a mí para gozo de todo el mundo a voz en cuello... fue una experiencia inédita. Al salir, los bulevares de París habían sido tomados por cientos de jóvenes en patines que como perfectas escuadras silenciosas ( sólo se oía la música de los patines) los recorrían a la luz de la luna. Volvimos al hotel caminando lentamente un poco embriagados, como si de nuevo "hubiéramos vuelto a los 17 después de vivir un siglo".


Estuvimos en el cementerio de Montparnase y puse una hermosísima rosa roja en la tumba de Cortázar. Como siempre, tuve que agradecérselo a tu padre y a su sentido de la orientación. La tumba es una losa de mármol blanco que puede pasar fácilmente desapercibida. En la mitad superior se recuerda a Carol Dunlop, su último amor, y en la de abajo, a Julio. El lado de Carol está inmaculadamente limpio. Bueno, tiene una figura infantil, algo así como una cuncuna con cara de luna que seguramente le puso el mismo Julio. para que la acompañara. En el espacio inferior se amontonan "los recuerdos". Piedrecillas que sostienen boletos de metro, colillas, incluso un porro, alguna que otra foto desteñida en polaroid normalmente de alguna niña....¿hija de exiliado? Vi también una botella con lo que parecía wisky y muchas notas muy dobladitas como de hojas de cuaderno cuadriculadas, de esas que regalan los niños. En medio de todo ello puse mi rosa cuidando que la parte de la flor quedara del lado de Carol. Sé que a él le hubiera gustado así.


Después pasé también por la tumba de Cesar Vallejo, "el gran cholo" Ese que "se murió en París con aguacero". Lo saludé como se merece, con reverencia. De Sartre y de Simone me olvidé totalmente. No hice nada por buscarlos: hace mucho tiempo que son para mí ídolos caídos. Terminamos la mañana comiendo en la Coupole, un restaurante muy famoso de la zona: tiene un aire Art. deco precioso. Allí solían ser habituales Neruda, J. Edwars.... Comimos muy bien y tomamos buen vino en honor de los que ya no podían tomarlo. Después nos fuimos al Jardín de Luxemburgo donde me dormí una siesta deliciosa en el hombro de tu padre mientras él era martirizado por los sones de una banda inglesa que tocaba tan mal como aplicadamente. Por supuesto, volví a fotografiarme con George Sand.


El domingo oímos misa en Saint Denis, mausoleo de los reyes de Francia, una iglesia que se considera el primer antecedente del gótico. Es anterior a Notre Dame, incluso. Aquí veló sus armas Juana de Arco frente a cuya imagen yo prendí una vela por ti, mi muchacha guerrera y magnífica. Lo más impresionante de este lugar son algunos mausoleos en capillla donde, en la mitad inferior se observan los cuerpos estatuarios de los reyes casi desnudos y con todo el realismo del espasmo de la muerte. En la parte de arriba, en traje de gala, muy hieráticos y compuestos, son inmortalizados en su función social. En estos momentos las tumbas están vacías: en la época de la revolución las tumbas fueron saqueadas y los restos reales reposan confundidos en plebeya proximidad en una tumba común de no se  sabe qué cementerio.


Subimos a comer a las colinas de Monmartre y lo hicimos en un restaurante italiano, en una pequeña plaza, servidos por un encantador muchacho genovés con el que confraternizamos y cantamos las maravillas de Italia. Nos tomamos en perfecta armonía un "Lacrimal Cristi" ( vino de la ladera del Vesubio) que nos hizo recordar los días dorados de Nápoles. Para nuestra extrañeza y deleite estuvimos solos en un lugar que se caracteriza por la masificación turística. Las colinas están adornadas de viña y hiedra y te puedes imaginar perfectamente los pasos bamboleantes de Modigliani recogiéndose al amanecer harto de miseria y vino malo pero también ahito de una belleza un poco canalla, Desde allí bajamos dando un largo paseo a Saint Germain de Pres, al Paris intelectual y refinado de los café en terraza donde escribían y conversaban otros artistas menos trágicos y mejor comidos.


Nuestro viaje terminó recorriendo los bellos barrios de la margen derecha, donde vivió María Callas, Paul Claudel, Edith Piaf... Intentamos ir al museo Rodin pero fue imposible porque lo están restaurando. Lo señorial es siempre monumental y tremendamente solitario. Todas las entradas de servicio aparecían perfectamente señalizadas y los porteros, invisibles. Había algunas marquesinas modernistas, toda una filigrana de hierro y cristal que te hacían imaginar otras llegadas de madrugada esta vez con gasa y brillantes y un suave cansancio...( alguien así como Audrey Hepburn en "desayuno con diamantes" )


Cruzamos los Campos Eliseos, saludamos a la torre Eiffel y a media tarde nos tomamos el tren para volver, en perfecta paz a Donosti. Leímos juntos un libro sobre Sicilia mientras la dulce Francia discurria rápida. y nos acercábamos a casa...

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