Devanando en rojo...


                                                           Para Enzo, que eligio el rojo como su primer color...

No sé por qué, tal vez porque agosto se va y se va en rojo... y el rojo siempre arde,  único color que tiene un corazón palpitante. Es el único del que se puede morir por exceso, porque el rojo siempre hiere, aunque pueda ser deleitosa la herida. Porque es el  único  que va más  allá de lo bello o lo terrible y lo vuelve inefable,  puro magma en lo hondo. Agrega un punto de  transgresión a la más anodina vestimenta...basta un  pañuelo, un ribete, una cinta. Es el color de los rebeldes, los mártires  y de las fresas salvajes. De  la llaga de la saeta y de los amores que no curan... es el color de ciertas auroras y de los labios mordidos.

 Y van rojo y agua caminando juntos como dejó dicho el viejo refranero: "Cuando aparece al amanecer hará al agua mover"... y sin embargo tan contradictorio él, es también el dueño de la terracota del secano. Colorea vida y muerte: reluce en el desborde de la vida que empieza y también  mancha el filo de la daga que la derrama ... y es un misterio su brillo, su fuerza, su alegría, su derroche cruel.


El rojo asusta a la sangre azul. No es extraño. Se ha convertido demasiadas veces en los púrpuras de la masacre, porque rompe los diques de toda contención y hace brotar imparable el grito, el puño y el son apasionado de las canciones que llevan a la batalla y consuelan en el horror de la trinchera... Ay, Lili Marlene!!  El rojo, rúbrica inevitable del campo del vencido, también se vuelve bermellón sucio, estropeado escarlata, envilecido rubí...


 Pero reluce limpio y refrescante en las llamas de la infancia y en las cerezas del verano. En los cuentos, la hora del color rojo es la más  apropiada para que los niños espabilen el sueño y escuchen las hazañas y los dolores de los antiguos. No es un color de cama sino de lar. Es el color de la brasa conservada en medio de la ceniza  a la que acuden los muertos a calentar su nostalgia y luce en  la   luna llena de ciertas noches bravas. Es el color del sol de Platón y de la enseña del arcángel Uriel, el más bello y misericordioso de los ángeles.


Su ambigüedad le permite lucir en los ostentosos púrpuras que cubren a los poderosos  y ser también el color del escarnio: la letra escarlata sobre el pecho de la señalada.
 Es el color-alerta y sin embargo también el que ayuda a dormir en perfecta paz, después de ese delicioso y  cantarín ..." y colorín colorado, este cuento se ha acabado"

2 comentarios:

Libe Narvarte Eguiluz dijo...

Hay que tener algo de atrevido y apasionado para elegir el rojo... no es color de pusilánimes. Y me alegra que mi "marrubitxo" de carita Cavaletto haya mostrado una afinidad tan clara con su madre. Sí: es mi color favorito.

Anónimo dijo...

¡Qué curioso! La luz ilumina todo de blanco y nosotros lo vemos en colores. Cada objeto es un espejo que nos devuelve un color, el que vemos. Las cerezas no son rojas, absorben todos los colores de la luz menos el rojo que lo reflejan. Las cerezas son de cualquier color menos el rojo. No vemos la realidad, la imaginamos. Casi todos somos daltónicos solo unos pocos desconfían de lo que ven y miran con los ojos del alma, los poetas, los filósofos, los artistas. Un daltónico está convencido de ver en colores, un parado lo ve todo negro, el que sufre ha olvidado el color de la risa. Begoña, gracias por prestarnos tu mirada a los demás para ver más allá del infrarrojo, colorear el gris de la vida y sonreír. José Ramón.

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