Mi madrina...


El mundo de mi madrina y Ziripot.



La muerte me devolvió su voz esta tarde cuando, agotada tras la larga jornada de clases, imaginaba mi ramo de Navidad frente a las flores del San Martín.

Pino, Bego, frutos rojos. Siempre tallos largos- oí clarito- ¡Más verde! Un poco más alto... Sí, ese par de piñas. Sí.  Así...

Nadie me regaló jamás tanta flor como ella. Cada venida quedaba señalada por regueros de ramos variopintos que mantenían su belleza mucho tiempo después de que se fuera. De ella aprendí a disponerlos con y en cualquier recipiente que pudiera contener agua... La idea de flores recogidas al pasar debía ser una ilusión constante. Lo primero era desatar amarras (ambas odiábamos el alambre y los tallos cortos) luego acariciar cada flor mirándole el perfil. Ensayábamos hasta descubrir el punto justo en que cada una, quería apurar poco a a poco su tiempo hasta el límite.


Caíamos con frecuencia en la tentación de malgastar el agua llevadas por el placer de poner las manos bajo chorros ubérrimos. Lavábamos enaguas, pañuelos y platos: eran nuestra coartada. En otro tiempo hubiéramos sido mujeres de fuentes, de cisternas, de pozos... Las dos nos enamorábamos de objetos estrafalarios de belleza evidente solo para nosotras. Me enseño que puestas de cierta manera, en determinado ángulo, una vieja cesta de mimbre con una patina especial, un herraje cuyo uso era pura conjetura, se convertían en entrañables obras de arte.

La muerte me devolvió la imagen rubia de mi madrina caminando por Salamanca a la caída del sol, encantada por mi emoción frente a toro de piedra en que el maldito ciego golpeó a Lazarillo... y volvimos a deambular juntas por la Parte Vieja donostiarra a la búsqueda de algo que nunca acertábamos a nombrar pero que de alguna manera, siempre terminábamos encontrando.

Con ella, yo podía jugar. Juntas cambiábamos los cuadros, replanteábamos los muebles, comíamos pan y chocolate... Hacíamos planes que nunca cumplíamos porque siempre se nos atravesaban otros nacidos de las poderosas ganas y... nos demorábamos fotografiando ocasos, a los patos de la plaza Guipúzcoa que a ella le gustaban mas que los cisnes y al kiosco del Bulevar. Terminábamos acordando alguna mentira piadosa para justificar nuestra tardanza que fuera perfectamente verosímil para los "famas" que nos rodeaban. Mientras bailábamos "tregua y catala" desaforadamente ( los lectores de Cortázar sé que me entienden)

Cuando yo era una niña, mi madrina conducía una ranchera y desprendía el aroma más delicioso del mundo. Me llenaba de ambrositos y negritas y más tarde, cuando me hice muchacha, espléndida como una cornucopia, me regaló una mixtura cuyo secreto solo ella conocía y que me convertía apenas entrábamos en contacto, en una aventurera prodigiosa. Mía fue siempre su varita de virtud  desde que puedo recordar. Tenía el don del burbujeo, el toque cantarín de un xilofón, la ocurrencia de un duende burlón y sabía reírse por mucho que la vida se le mostrara triste. Fue para mí una compañera de fábulas y guiños crípticos que solo las dos podíamos descifrar...

....expoliadora de geranios ajenos, devoradora de helados de a poquito, enemiga confesa de la porcelana ( sobre todo Lladró) consejera de belleza y de asuntos varios- ¡ Sácate una foto, Bego, estás regia, en tu mejor edad...!( no le hice caso a tiempo).- Tienes un un príncipe, Bego- cuídalo y no seas tonta, que hay mucha lagarta suelta ( lo he cuidado, no quizá como ella me sugería pero... aún conservo al príncipe )

Quizá fuera esa extraordinaria vinculación emocional que ella tenía con las cosas, lo que me obligó a recorrer mi casa apenas supe que se había ido definitivamente, para contárselo a los animales del arca que sujetan mi horario en la nevera, a las láminas de especias que me encomendó que pusiera en la sala (pero que yo hice lucir en la cocina), al especiero gemelo del suyo que guarda mis anillos. Se lo dije a los palomos mexicanos y a la palmatoria y al ángel trompetero.

Y luego supe que tenía que viajar de inmediato a Madrid, para contárselo también a sus cosas: tenía que avisarles en su nombre, con cortesía, que de alguna manera habían quedado libradas a su suerte, por que su hora también había llegado. Fui saludando a cada paloma, a cada cuenco, a cada casita....Me dolió especialmente el pobre Ziripot, el hombre saco que le regalé para que la cuidara, y al que le costó lo suyo dejar el País Vasco pero, que se acostumbró tanto a su voz cantarina que nunca quiso volver conmigo al norte. Vi como inclinaba su cabecita velada y asumía estoicamente tal como lo asumí yo, que nada se puede hacer cuando el tiempo se cumple. Nada. Solo ese gesto mínimo con el que se rinde homenaje a quien se quiso mucho ( creo que a su manera murmuró en su habla ancestral... Agur, andere, Agur!)

Es amiga la muerte, la buena muerte, esa que se la llevó como a una de sus rosas, cuando ya cumplidas todas sus edades y apurado hasta lo posible su esplendor, inclinaba su cabecita a tierra.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Tu madrina te amó desde que la eligieron como tal. Y puedo atestiguarlo por los años que te adelanto. Eras la primera hija de su amiga íntima de juventud y posterior cuñada: tu madre. Siempre te elegía y al destacarte, creo que te transmitió seguridad y apoyo. En su optimismo vital, nada era imposible y contigo compartía la fantasía y se apuntaba a tus amores literarios, por eso fueron juntas a Salamanca y consiguió que les abrieran la casa de Unamuno. A tu príncipe lo quiso por si mismo, pero siempre en la convicción de que era lo que la vida te tenía reservado. Le alegrabas el espíritu, todo lo tuyo le entusiasmaba. Le encantaba tu forma de ser, desde pequeña y se sentía cómoda conviviendo y compartiendo contigo. Hasta su final te reconoció y se le iluminaban sus bellos ojos azul-celestes, con sólo mencionarle que habías llamado a Maite los domingos por la mañana. Necesitaba saber de ti y de los tuyos. De la pared izquierda, el muñeco vasco que falta, el mas alegre y vestido con flores y cascabeles, decidimos que la acompañara en su urna por el amor que le tuvo al "finado", a la hermana menor de éste y a su descendencia. Se nos ha marchado el rubio-dorado auténtico con su alegría de vivir y disfrutar de todo lo que mencionas y muestras en la foto. La "Camellia japonica Alba Plena" que se había secado mientras su dueña se debilitaba por los muchos años cumplidos, dio una única flor, a los pocos días de no estar ella entre nosotros. Creo que fue su particular y merecido homenaje por lo mucho que las mimó en sus últimos años.
Gracias por ser como eres y por estar conmigo en los dos últimos diciembres en que tanto te he necesitado.
Aranzazu

Publicar un comentario