Carta a Sohafi, en Valsain




Para Sohafi al sadik.

Mi querido amigo:


La noche del día 9 de diciembre me despertó de madrugada el ansia incontenible de comerme una manzana verde, desde siempre el talismán de mi angustia. Avancé a trompicones por el pasillo y de pie en la cocina, frente al ronroneo de mis gatos despertados a deshora, me la comí  a mordiscos chorreantes con una urgencia de ahogado frente al oxígeno. Algo se avecinaba y supe qué cuando por la mañana temprano me llegó la noticia de que habías dejado por fin las telas de la cama.

Acepté entonces la tarea que a lo largo de estos años de amistad de 140 caracteres
me habías ido desgranando entre recomendaciones de libros, música, intercambio de escritos y recuerdos, consuelos y recetas.... Aquello que quedó como una especie de señal entre los dos y que tú me dejaste como útlimo mensaje de despedida:

     "Ventana invierno silencio vino miel nieve cordillera mar flanboyant acacia ciprés. Valsain en    ellos. Muxu".

Me has dado tiempo porque sé que apenas pudiste abandonar tu magullado cuerpo, te fuiste literalmente por esos mundos de Dios. Seguro que te reírias si supieses en qué basé mi certeza.  Tenía yo, cuando era niña allá en Montevideo, una monjita como profesora que nos enseñó a calcular con precisión las horas que un alma tardaba en llegar al cielo. Así pues, yo sabía exactamente en qué andarías tú en el intertanto. Seguro que después de una mirada al mar de Miraflores, atravesaste la cordillera de los Andes a cobrarte la botella de vino con tu nombre que te debían en Bellavista. Me da que habrá sonado la canción de Sabina apenas se abrió la puerta. Estoy segura de que has andado deambulando por el zócalo mejicano mercando violines y trompetas y que más de alguién estos días ha recibido una serenata intenpestiva. Habrás caminado por la Rambla montevideana al amanecer. Seguro que te has dado el gusto de cogerle la moto a tu amigo por el puro placer de dirigir la estampida por quién sabe qué calles madrileñas, ebrio de fuerza, Celtas y juventud. Seguro que andas demorándote Nilo arriba. Seguro que...

Yo también sabía  lo qué tenía que hacer. Compré un buen Ribera del Duero y lo puse a calentar en mi olla de barro (no sé por qué imaginé que la olla era importante)  Le agregué una ramita de canela y esperé hasta que estuviera a punto de hervir, para apagar el fuego. Tal como me dijiste, agregué un clavo de olor pero lo saqué rápido no fuera a quedarle gusto a farmacia como me previniste tú.  Solo al final  puse la miel de romero y tomé un sorbo de mi primer vino con miel. 

Salí a mi calle, corté a traición una desnuda rama de acacia y envolví el tallo con algodón húmedo. Después saqueé mi biblioteca.
 
Bajé desde el Cantábrico hacia Valsain. Sorteé la sierra de Guadarrama, crucé el río Eresma, atravesé  roquedos, canchales, turberas, pinares altos... No me costó adivinar cuál era tu casa.

Todo estaba tal y como tú lo recordabas. Encontrarás tus viejos pinares a la luz azulada de la luna de invierno, nieve posada suave - suave sobre la piedra y el camino y también aroma de humo de leña porque he encendido el fuego y los candiles. Encontrarás la mesa puesta frente al fuego. Sobre el mantel de cuadros hay pan de pueblo untuoso, pura miga. Te he preparado un cocido al modo en que lo hacía mi madre, con un grueso trozo de tocino blanco y tu vieja navaja para cortarlo. Junto a ellos el vino permanecerá caliente todo el tiempo que sea necesario.

 Te he dejado a mano todos y cada uno de los libros de Amin Maalouf (seguro que quieres releerlos) y también " Los diarios de Montaigne" y "La levedad y la gracia" de Simone Weil que aunque no tenías muchas ganas de leer por lo de mística, siendo uno de los libros que más profundamente amo, tenía que tratar una vez más que te tentara. Te he dejado mi Biblia con "El cantar de los cantares" y "Los salmos" señalados con mis más hermosos puntos de lectura. Es imposible que no disfrutes con ellos.
Durante estas noches he copiado con tinta negra sobre papel ámbar todos y cada uno de mis escritos y te los he colocado junto al pan, para que puedas leerlos como a ti te hubiese gustado: acariciando papel, escuchándole el susurro.

He plantado la rama de acacia como me dijiste que se hacía: hacia oriente, bien profunda en tierra. Crecerá y será la única de toda Segovia con aire de flanboyant y en ella libarán los colibríes.

"Nuestra vida está hecha de la misma materia de los sueños"... espero que la muerte también.

Deseo con toda mi alma que disfrutes de tu cielo, José Antonio.






2 comentarios:

turqueza_ dijo...

Como puedo expresar lo que siento por esta tan triste noticia, no la esperaba, el trabajo de estos últimos meses no me dejaba entrar más seguido al twitter y hoy le escribí deseándole feliz año, al ver que no escribía desde noviembre, algo dentro me dijo que.........

Face dijo...

CUANDO YO ME VAYA

Cuando yo me vaya, no quiero que llores,
quédate en silencio, sin decir palabras,
y vive recuerdos, reconforta el alma.

Cuando yo me duerma, respeta mi sueño,
por algo me duermo; por algo me he ido.

Si sientes mi ausencia, no pronuncies nada,
y casi en el aire, con paso muy fino,
búscame en mi casa,
búscame en mis libros,
búscame en mis cartas,
y entre los papeles que he escrito apurado.

Ponte mis camisas, mi sweater, mi saco
y puedes usar todos mis zapatos.

Te presto mi cuarto, mi almohada, mi cama,
y cuando haga frío, ponte mis bufandas.

Te puedes comer todo el chocolate
y beberte el vino que dejé guardado.

Escucha ese tema que a mí me gustaba,
usa mi perfume y riega mis plantas.

Si tapan mi cuerpo, no me tengas lástima,
corre hacia el espacio, libera tu alma,
palpa la poesía, la música, el canto
y deja que el viento juegue con tu cara.

Besa bien la tierra, toma toda el agua
y aprende el idioma vivo de los pájaros.

Si me extrañas mucho, disimula el acto,
búscame en los niños, el café, la radio
y en el sitio ése donde me ocultaba.

No pronuncies nunca la palabra muerte.

A veces es más triste vivir olvidado
que morir mil veces y ser recordado.

Cuando yo me duerma,
no me lleves flores a una tumba amarga,
grita con la fuerza de toda tu entraña
que el mundo está vivo y sigue su marcha.

La llama encendida no se va a apagar
por el simple hecho de que no esté más.

Los hombres que “viven” no se mueren nunca,
se duermen de a ratos, de a ratos pequeños,
y el sueño infinito es sólo una excusa.

Cuando yo me vaya, extiende tu mano,
y estarás conmigo sellada en contacto,
y aunque no me veas,
y aunque no me palpes,
sabrás que por siempre estaré a tu lado.

Entonces, un día, sonriente y vibrante,
sabrás que volví para no marcharme.

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