lunes, 12 de febrero de 2018

Buscando a Kontxi.



Kontxi

( Leer de abajo hacia arriba)


Y después de cincuenta y cinco días de ausencia te regresamos, Contxi.

Volverás a cruzar la cordillera y quedarás nuevamente a su sombra pero por el lado en que amanece... Como debía de ser, como tú hubieras querido, volverás a casa.

Bajamos al infierno y hemos vuelto contigo entre los brazos. Íbamos juntas muchas sangres unidas por un lazo común: te queríamos. En el camino se nos juntaron los muertos y de pronto, nos hicimos imparables y llegamos. Y ahora... ya podemos recordar tu vida de ires y venires, tan volcada en amor que casi siempre te dio fruto.

Tu muerte no fue la que te correspondía. He recordado a Rilke estos días "Señor, da a cada cual la muerte que le es propia", rogaba el poeta. Sí, nuestra muerte debiera parecerse a lo que somos. La tuya no lo fue, por eso nos ha dolido tanto.
Pienso en ti y proclamo la belleza de tu vida volcada hacia ese mundo lindo que Dios nos dio. Niños, animales, playas, pan, regalos, interminables tertulias, buen vino, flores, árboles, risa, detalles, música, amigos, amor... Todo te lo viviste sin reservas, todo tuvo eco en ti.

No puedo sentirte como una víctima a pesar del horror de tu muerte. No le concedo a ese hombre que haya puesto la rúbrica a tu vida. Ese final nada tenía que ver contigo y todo, absolutamente todo con él... A ti no te toca.
Te estoy imaginando tibia de sol tardío, la cabellera lustrosa, sentada en un lugar donde aún no podemos llegar, totalmente a salvo, con tu vida extendida en torno a ti como un regalo... ¡ Disfruta de tu cielo, gordita!

Tengo una deuda de honor contigo, Conchita, que quisiera alguien me ayudara a cumplir el próximo domingo cuando te den tierra. Hace cinco años, ausente de Chile y herida en lo vivo por la muerte de mi amiga del alma, recibí una nota tuya..." Le he puesto una flor por ti, dije tu nombre mientras lo hacía, Begoña"

En aquel tiempo de terrible frío, ese gesto tan delicado fue el que me consoló más profundamente. Necesito repetirlo, que alguien lleve dos flores y deje una por mí y que murmure mi nombre al hacerlo...


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El dique Potrerillos es bello como todo lago de montaña por más artificial que sea. Tiene la cordillera, la madre cordillera a lo lejos y el suave limo del río Mendoza en su seno...
Dicen que allí te meces, Contxi, como una Ofelia anclada en lo profundo. Te mando las magnolias supervivientes de este rudo empezar de primavera en el norte, para hacerte un poco más ligera la espera. Esta mañana están frescas de lluvia y aún conservan algo de su antiguo fulgor en el desvaído terciopelo de su aspecto...

Me consuela el agua, Conchita. Siento que habrá lavado tus heridas, que te mece, que te cuida en lo hondo, que allí no estás tan sola... mientras vamos.

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Y cuando la luna alcanzó su plenitud y brilló en toda su gloria ( había pasado febrero completo) supimos que Contxi no volvería. Que la tarde del cinco de febrero, el hombre por quien había apostado, la había matado de un disparo después de llevarla con engaño al dique Potrerillos. Supimos también que el crimen había sido preparado con meticulosidad y astucia.

¿Por qué lo hizo? ¿Por qué de esa manera? La pregunta se graba en las entrañas a fuego lento.
Nada nos preparaba para aquello. Sus noticias contaban de un hombre tranquilo y cariñoso a quien ella quería. Nuestra amiga era fuerte. Estaba costumbrada a la autonomía en sus decisiones. Era valiente y como buena vasca, apostadora. Ni sumisa, ni apocada era nuestra Contxi... ¿Quizá fue eso lo que él finalmente, no fue capaz de soportar? No sabemos el móvil pero lo intuimos: el más vil que imaginarse pueda.

Imagino aquellas horas en que mientras yo jugaba con los niños en Sara, en Luján de Cuyo a la vera del sauce, del frescor del agua mansa, del rumor de los álamos, a ella le quitaron la vida... Aquella tarde la noche seguro que fue llegando suave, suave, que cantaron los grillos como todas las noches de verano y la luna se deslizó espléndida por el pantano... y ella se quedó allí sin llanto, sin arrullos... y yo no puedo soportarlo.

No lo soporto, no. Es por eso que he tomado mi poderosa pluma y he puesto las cosas en su lugar. Sé de la la profunda solidaridad de lo que fue amado cuando se destroza a quien era su fuente de cuidado.

Es por ello que aquella noche por el lado de la cordillera, sentí que un viento de nombre inédito hasta entoces, empezó a formarse en Santiago de Chile y se hizo fuerte a medida que pasaban los días de la ausencia y avanzaba hacia Mendoza. En Lujan de Cuyo, allá por el paso de Los Arrieros, alimentado por el dolor y la furia de semanas, alcanzó su clímax. Fue un huracán justiciero e inclemente: desbarató la casa, el quincho, la casita del perro, retorció los "atrapa sueños", arrancó las puertas y ventanas, desgarró con saña las sábanas y el ruido de la greda al quebrarse punteó la dulzura del desastre...
No pervivió nada, ni perros, ni pájaros, ni sauce, ni jazmín blanco.
Todo se lo llevó la pena negra hacia Proterillos y lo hundió en el embalse sin necesidad de lastre alguno. Perdón, sí quedó algo. Flotando sobre el desastre se balanceó largo rato en el agua turbia una triste cabeza de ciervo... Es lo único que no le pertenecía a ella.

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Su rostro se ha vuelto omnipresente. Está estático en la red y tremendamente inquieto en los sueños malos. Todo la evoca: un verso, una zamba, un sabor... Está avizor en el subconciente que lo cuela inoportuno en la mitad de un pensamiento, en el sesgo de una frase... ¿dónde está? ¿qué pasó? ¿por qué pasó? y luego en aluvión, el desconcierto, la pena negra... la ira. Las conjeturas terribles ganan terreno a medida que pasan los días de su ausencia y se alivianan o se vuelven fósiles bañadas por recuerdos azules...
Quintero y una muchachita que me enseña a desmaquillarme los ojos con "pétalos" para que no se me arruguen nunca. La hoguera de Quintero y los ponchos y la risa y el poderoso mar de Chile, puro salitre y alga, aromando la noche. Una muchacha alegre, que ansiaba con toda su alma ser querida y era fácil sí... era muy fácil quererla. Mucho.


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Hoy que se cumplen ya veinte días de ausencia, estoy mirando la foto de su casa por dentro.

Al fondo en la penumbra se distingue uno de esos sofás que dan la sensación de abrazar a quien se sienta. Veo retratos de familia en una mesa baja y en la otra, una planta que me parece un tronco del Brasil, se yergue de lo más elegante. Dispuestos como a mí me gustan, un poco bajos, lucen cuadros en las paredes. Una mujer de medio cuerpo parece mirarme de soslayo desde uno de ellos y me digo que debe haber haber sido un regalo que le habrá despertado fantasías ... En la pared de la derecha, la cabeza de un antílope con su magnífica cornamenta. Es un trofeo de caza que vuelve un poco inquietante la atmósfera de esa sala cálida de luces bajas. El reloj de pared marca las siete y veinte de una noche temprana allá en el sur del mundo.
En primer plano la mesa está puesta y es fácil adivinar quiénes van a sentarse a ella. La vajilla es azul y muy sencilla ( está un poco gastada). Tenedor y cuchillo carnicero juntos a la derecha de cada puesto ( en Argentina se come mucha carne)
El Tomate pelado en gajos y cebolla quizá con su poco de cilantro, luce en fuente de greda que vino de Pomaire. Lo sé porque yo tengo una igual ( es chilena). La lechuga se adivina fresca semi tapada por el ketchup, la mayonesa, el ají, el salero de vidrio grueso y el aceite mediado en su botella; los aderezos inevitables de toda mesa sudamericana.
Habrá seis comensales: dos niños enfrentan sus vasos de plástico de color azul y rosa. Dos personas tomarán vino porque veo las copas y las otras dos, cocacola en vaso grande. Me temo que ella será una de ellas (la mala costumbre chilena) Copas y vasos están dispuestos sobre servilletas de papel que quieren proteger el mantel blanco sin adornos. La mesa espera.

En esta foto no hay nadie y sin embargo, está llena. Soy una convencida de que nuestras cosas y su disposición delatan lo que somos. Sé de quien es el reloj con su péndulo, el cuadro de la mujer hermosa y la plantita bajo la luz tenue. Sé quién puso los platos, distribuyó los cubiertos, cortó los tomates y les agregó cilantro. Sé también quien preparó el kuchen de nueces, almendras y duraznos que se enfría en un ángulo que ya no veo y sé también que esa triste cabeza de ciervo disecada no puede ser suya.

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Son dieciséis días sin huellas.

Se acumulará el tiempo suave, suave como arena y tengo miedo de que poco a poco ella pueda desaparecer de verdad. Qué se convierta en una foto descolorida que bate el viento, un caso remoto en una carpeta entre otras, un recuerdo que sangra, pero menos. Es inevitable. La voluntad y el amor no podrán impedirlo a largo plazo. Sin embargo, hay una indignación tan rotunda en nosotros que quizá nos permita, sin la lira de Orfeo, persistir solo con nuestra pobre fuerza de mortales en esta tarea de buscarla aunque sea en el infierno y traerla de vuelta a casa.

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Y son ya catorce días y nadie la ha visto. Tercamente seguimos buscándola. No sabemos qué más hacer además de propagar su rostro y su nombre por cada calle, por cada chacra, por cada camino polvoriento de Mendoza... Sentimos que lo único que puede protegerla todavía es nuestro amor, nuestro terco y desolado amor que no se rinde.

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Creo que puedo imaginarme Lujan de Cuyo. La cordillera magnífica donde el sol se pone, viñedos, verde de sauces, largas hileras de álamos, la placita sombreada y una calle principal que se llama San Martín como en tantos lugares de Argentina.

En campo abierto veo la casa sobre piedra.

Casa construida con lentitud e ilusión. Cada detalle lo proclama. La madera oscura y un poco brillante de las paredes, el tejado de chapa acanalada, las amplias ventanas claras, el porche y su barril para recibir lluvia, la casa del perro y, un poco retirada, la parrilla y la mesa del asado.
Casa alegre donde deambulan animales y niños, se persiguen voces y ladridos joviales con la música de fondo de alguna herramienta y en que ciertos días, la bandera argentina a juego con nubes y cielo, ondea serena.

Siento en el invierno el frío de la nieve acumulada en el jardín, el agobiante calor de las noches varaniegas en que no se duerme y se desea con ansia la tormenta imprevista, una lluvia bronca que caiga sobre el jardín y no pare hasta que se haga vieja la mañana.

Veo las flores. El jazmín de leche... y me hunde la tristeza de tanta belleza sola.


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Y... ya son once días sin su rastro. Imágenes míticas se agolpan en mis entrañas: las de Perséfone, Eurídice... El de las arrebatadas no parecía un destino posible para ella. Pero la realidad no es poética sino más bien yerma, dura; terriblemente opaca.
Se van sumando datos y decepciones. Las cámaras del exterior del terminal no funcionan. En las del interior no hay ninguna imagen que pueda corresponder a la de ella. No hay registro como pasajera en ninguno de los buses que salieron hacia Chile o Córdoba, los destinos más posibles (en Argentina se exige el DNI a todo viajero para comprar pasaje) Llama poderosamente la atención que en una terminal amplia y muy concurrida en tiempo de verano, nadie parezca haber registrado la imagen de una mujer vestida enteramente de blanco que viajaba con maletas. Nadie, excepto su marido, parecía tener noticia de este viaje.

La personalidad abierta de Contxi, su profundo sentido familiar, la cortesía de la que hacía gala, hacen muy extraño el secretismo en que parece haber mantenido sus intenciones y aumentan el misterio.

Y yo... quisiera que Salvo Montalbano, mi detective favorito, tomara pasaje rápido para Mendoza y se hiciera cargo porque necesitamos con urgencia creciente saber qué pasó.


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Hace ya nueve días que no hay rastro de Contxi. Las autoridades dicen que es un caso extraño, complejo. Sus primas, en Mendoza, se baten como leonas buscando algún hilo que pueda conducirnos hasta ella. Por ahora no lo encuentran y todos rezamos, pensamos y nos mantenemos en una carrera que ojalá no sea de largo aliento.

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Hasta hace nada, yo era una privilegiada de esas que a quienes la desgracia no había tocado nunca.
Hace dos días, llamó a mi puerta en la entrañable figura de Contxi. En Mendoza (Argentina) había desaparecido nuestra prima, nuestra amiga queridísima y no podíamos creerlo.

Quiza por su calidez y cercanía, por la manera en que nos tenía acostumbrados al saludo, al guiño, a la risa, se nos hacía más difícil. Ella que parecía la misma imagen de la vida abrazadora había de pronto dejado de abrazarnos y no sabíamos qué o quién se lo impedía. Desde entonces, la buscamos desesperadamente.

Los únicos datos que tenemos nos dicen que a las seis de la mañana del día 6 de febrero, quedó frente a la terminal de buses que la llevaría a un viaje que no se sabe con seguridad si era a Chile o a Córdoba, con una maleta grande, otra pequeña, su mochila y dinero. Desde entonces silencio.

Nadie de los que la conocemos puede creer que ella se fuera sin un aviso. Es por eso que ahora, los que la queremos la buscamos hasta en el infierno.



11 comentarios:

  1. Comparto y comprendo vuestros sentimientos de incertidumbre...

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  2. Se nota en todo lo que dices cuánto la quieres. Estamos con vosotros. No os desaniméis Un abrazo

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  3. Begoña,siento tu incertidumbre como sabes que siento la certidumbre de quienes saben que de un mes a esta parte caminarán en soledad.Un abrazo y ojalá el vuestro sí quede en un mal sueño.

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  4. Deseamos de todo corazón que pronto vengas noticias...
    Familia De Sasia. USA 🇺🇸

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  5. Deseamos de todo corazón que pronto vengas noticias...
    Familia De Sasia. USA 🇺🇸

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  6. Me hiciste sentir y llorar (dos cosas no muy comunes en mí)
    Hay que estremecer, y lo hiciste magistralmente en mi NO tan humilde opinión .
    Maite Sasia Vergara

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  7. Terrible noticia la del asesinato de Conchi. Imagino tu dolor y el de la familia y amigos. Recibe mis condolencias y un fuerte abrazo Begoña...
    José Ramón

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  8. Acá en Mendoza se vive sumidos en un Sala de Espera permanente, esperando que el amor nos devuelva desde las aguas el cuerpo de nuestra predilecta.

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    1. Lloró hoy y te siento en cada palabra.
      Sin bajar los brazos hasta regresar. Así fue.Pía

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  9. Begoña, me hubiera gustado darte un abrazo en esta última estancia por tierras vascas pero no he pasado del gabacho al lado donostiarra, sabes el motivo y es lo que toca.Sólo decir que te hemos recordado.Abrazos

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  10. No puedo dejar de pensar en el asesino. La traición al amor que Conchi le tuvo y a la confianza que este Judas actual fingió merecer para que Conchi se fiara de que la llevaría al bus; la soberbia de creerse dueño de esa vida; la premeditada maldad de este repugnante "esposo", merecen el castigo máximo. Que, como tú dices,"vuestro amor, vuestro terco y desolado amor que no se rinde", consiga que se haga "debida" justicia, aquella que el asesino negó a Conchi. Lástima que no tuvo el arrepentimiento del Iscariote bíblico para colgarse de un arbol en el mismo pantano en el que arrojó a Conchi. Ojalá sienta en su interior la última estrofa de "El Vértigo" de Gaspar Nuñez de Arce: "Conciencia nunca dormida mudo y pertinaz testigo que no dejas sin castigo ningún crimen en la vida" y la imgen de Conchi y de lo que le hizo, no lo abandone mientras viva. Ojalá llegue a echarla de menos y sufra por que no puede recuperarla.
    Aranzazu

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