Fragmentos de diario a vuela pluma






Este invierno me ha encontrado muchísimo más escéptica, más capaz de aceptar sin sonrisa triste siquiera que todo me resulta mucho menos relevante. La vida se va haciendo más acolchada...es como si las aristas, esos ángulos agudos que atrapan los dolores y los gozos, hubieran perdido su deliciosa facultad de tocar en lo vivo y  se hubieran recubierto de una gruesa, muy gruesa capa algodonosa...
Sí, tal vez los años nos vayan produciendo lo mismo que la reiteración de una melodía que al principio fue escuchada con deleite...y , a fuerza de escucharla una y otra vez, termina por convertirse  en una suerte de ruido agradable.

No añoro. Cuando el presente pierde resonancia también el pasado se resiste a ser convocado; al fin y al cabo ambos, presente y pasado, nacen de la misma tensión vital. Al difuminarse estas tardes de febrero, se llevan con ellas todas las demás...acaso subsista un breve latido nervioso frente a ciertos matices, cierta luz, cierto aroma...pero solo para constatar la lejanía de una huella que se borra...

Sin embargo, las palabras conservan su magia. Ayer leí en un libro "La parra de Virginia se incendiaba..." y me quedé en la frase paladeando ese dulce rojo oxidado del sur largo rato, pero sintiendo a otro nivel, como si me hubiese convertido en una especie de gourmet que saborea juiciosa y distanciadamente lo que antes fue objeto de la pura avidez. Es extraño; me cuesta reconocerme.

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LLuvia y niebla, mi tiempo predilecto. Mi medidor: Ximut y su pelaje húmedo al volver del jardín cuando aún está oscuro y solo puedo ver el esqueleto del día.
Ha sido ésta, noche de sueños. Me sorprendió mi avidez tan poco en consonancia con la lasitud del día. Me levanto un poco trémula con uno de esos"cuerpos" de síntomas confusos: sin apetito, un poco ida... y a pesar de todo, con el nervio latente.

Corto el tallo de la rosa y le repongo el agua, un agua lo más fría posible... Allí vuelve rosa con rosas al costado del Buda... hace viva la mesa. Se embellece el rincón de una manera casi fulgurante. Mantengo la mirada desde la sombra, aún no he subido la persiana y la siento respirar... yo también respiro mínima.

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 Puede doler la felicidad?

Sí. A mí me duele.  Ayer noche, la suavidad y el calor de sus manos, el brillo de su mirada, ese acuerdo pasmoso… como si desgastadas nuestras aristas, casáramos de continuo con la precisión de las piezas que no necesitan sino ser puestas juntas para acoplarse sin dejar fisura alguna, me dolió.

Creo que duele la maldición de lo efímero... la condena del devenir.
Desde niña me tomé mis porciones de gozo con boca amarga. Degusté no solo el cuerpo sino también toda la insinuación de decadencia  agazapada en la hora en transcurso.

Ahora es igual. Soy perfectamente consciente de mi riqueza que ya está condenada… ¿Adónde irán nuestras manos?... Lo que sé perfectamente es que no podrán permanecer juntas para siempre, que su silueta quedará huérfana de la mía, que un día seremos una pareja rota sin paragüas ni estatuas que señalen las esquinas de nuestros recorridos gozosos...

…que no me volverá a esperar y ... ¡por Dios, cuánto me duele el ser tan lúcida en estos días del primer invierno

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Belleza, Bien y Verdad, la trinidad platónica. La disociación es imposible pero entonces hay que arrancar a las palabras de su sentido habitual para entender su urdimbre. El filósofo dio prioridad al Bien, el núcleo, lo que vertebra el conjunto.

Gasto mucho tiempo reflexionando un poco a trompicones y queriendo atrapar justo ese núcleo que se me escapa de todas todas... Quisiera ser capaz de interpretar correctamente lo que veo y siento pero, tendría que salirme de mí y eso es imposible: mis emociones lo colorean todo. Además, sé que, al contrario de lo que sucede en la ficción, la verdad no suele sobrevenir de manera súbita y  que es fácil que en ciertas circunstancias llamemos verdad a lo que no es sino una ilusión un poco más aguda que de ordinario...

Por otra parte, solo asimos flecos con la laboriosa fabricación de nuestra cadena de asociaciones, más vale aceptarlo.
Creo que  Protágoras tenía razón... la vida del hombre es demasiado corta sobre la tierra y sí, de alguna forma realidad y lenguaje se desvinculan aunque "lo indecible" tratamos de decirlo una y otra vez. El problema es que no se puede...

Siento el tachón en mi última palabra
contra mí vuelta
por fuerza de una desoladora implosión
de lo que estaba junto aunque obligado.

Mi labor es rescatar escombros de fantasmas
por que estoy en un tris de que salten por los aires
cada una de las frases que hasta ahora eran verdad
pues... ¡consistían!

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El mito del carro álado, precioso mito ¡cuánto me ha ayudado a entenderme la bendita filosofía! A veces dejé a mi caballo irascible que se saciara en alguna pastura inesperada con la rienda floja pero... ahora no; lo cojo fuerte y si es necesario con las dos manos, de pie y con las uñas clavadas en el cuero... ¿Por que me obstino en señalarle rumbo? Ni yo lo sé.

Tengo la mano diestra desollada
la izquierda, un amasijo
de doblados tendones;
un rechinar de ruedas ensordece al corazón
herido de bocado y rienda...

¡No hay alas!

Solo una voluntad ciega y curtida, a pleno empleo.
Tan solo evito el descalabro.
Mi carro va convertido en carreta
mis potros, en mulas previsibles
y yo...

de auriga, en avezado arriero.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Como siempre magnífica. Hasta para describir momentos de carencias lo haces con abundancia de luces y transparencias. Siempre sugieres más para que el lector, sediento, relea tus palabras buscando más, consciente de que la hermosura que contienen es el reflejo de tu hermosura y que el gorro ruso perdido en pleno invierno la escusa para que alguien lo vea, lo recoja y te lo entregue.

Begoña Eguiluz dijo...

Frente a tu comentario solo puedo murmurar bajito...¡muchas, muchas gracias! y...decirte que,mira por dónde,mi gorro ruso que vuelve a caracterizar éste, mi invierno del norte...(lo encontré)

Un abrazo cariñoso!!

VICTOR GATO dijo...

Pues si estos son fragmentos, hacen soñar en la publicación del diario completo (lo publicable, por supuesto)

Nuestras busquedas interiores, nuestros temores y la sencillez linda del trnascurrir cotidiano.

Has contado con ayudas muy favorables: la literatura, la filosofía, la herencia,...Pero esas ayudas te llegaron por que tu las llamastes.

Preciosos textos llenos de sensibilidad, querida amiga.

Bs.

Begoña Eguiluz dijo...

Pues sí, soy una gran escritora de diarios y es posible que de vez en cuando vengan a parar al blog otros "fragamentos de diario a vuela pluma" Es cierto que es la única manera que conozco de rescatar hasta cierto punto el instante.
Gracias por tus comentarios, mi querido pintor-poeta!!

Iñigo Lasagabaster dijo...

Estos extractos, Begoña... Me ha interpelado en especial lo que dices acerca del dolor de la felicidad. ¡Yo también me las veo venir! ¡Joé!, lo pienso tantas veces...

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