Recordando a François Mauriac


Este otoño, paseando por Madrid, en uno de los tenderetes de la cuesta Moyano,  mi guante se encontró por casualidad con un ejemplar de aquella editorial Aguilar de dulce memoria… hojas de papel biblia, excelente encuadernación, tapas azules y lomo historiado en oro desvaído...¿recuerdan?

 Primero fue el placer de mi mano al tomarlo, acariciarlo y abrirlo con suavidad disfrutando de la dulzura del peso, de la patina de lo viejo bien cuidado pero... un poco después el placer se acrecentó ya que el pálpito del reconocimiento me recorrió entera al leer el nombre del autor: François Mauriac.

 Sí, allí estaban “El beso al leproso”, Therese Desqueyroux, Nudo de víboras, El misterio Frontenac, El fin de la noche, La Farisea… leídos hace ya tanto tiempo en aquellas noches febriles de mi adolescencia tardía.

A Mauriac lo conocí por mi madre. Ella lo admiraba profundamente no solo como escritor sino también, por su trayectoria como hombre. Siendo católico, apoyó a la República española durante la Guerra Civil y fue  también miembro activo de la resistencia francesa durante la Segunda Guerra mundial. Mi madre decía que era un hombre que se tomaba a Dios en serio.

 Antes de que yo empezara a leerlo, ella me contó la historia de “Nudo de Víboras”. Tendría yo unos catorce años por aquel  entonces y la historia de esa frustrada relación de pareja me curó por anticipado, tal fue la impresión que me produjo, de la tentación de formular ese juicio que se masculla en el fondo del corazón y que sentencia al otro para siempre sin darle lugar a la defensa, sin sospechar siquiera que se pudiera estar equivocado.
 Pero fue más tarde, con “El mico”  que entré de lleno en ese mundo tortuoso, extrañamente truculento de esa burguesía landesa en que las pasiones borbotean al rojo sin casi ser exteriorizadas y destrozan lentamente a quienes las padecen. La imagen de aquel padre disminuido y torpe con su hijo marcado por el mismo estigma que se alejan de la mano... perdiéndose  hacia un río que no los devolvería sino muertos, se me convirtió en símbolo de la cara leprosa de la vida. Sí, con Mauriac  tomé contacto con los feos, los monstruosos, los diferentes, los solos de este mundo. Con ellos y con ese fenómeno extrañísimo que entonces aún no sabía que se llamaba “Gracia”.

 Era yo entonces una muchacha católica y formal que se asomaba en persona interpuesta a un cierto tipo de desdicha y que  aprendió de ella. Mauriac me enseñó que detrás de la piel más insospechada, late un infierno a veces voluntaria y estúpidamente construido. Después de conocer a sus personajes, sorteé hasta ahora con éxito, algún que otro círculo en que deambulan los malditos pero sobre todo, aprendí a dejar todo  juicio para Dios y a esforzarme en comprender las entretelas del corazón humano, tal vez una de las pasiones más absorbentes que existen. Aprendí también a rezar sin vergüenza y a creer que todo puede ser redimido...¡Todo!

Siempre me gustó este escritor católico ya un poco pasado de moda pese a su premio Nobel de literatura (1951). No lo buscaba este otoño y sin embargo, que oportuno ha sido volver a encontrarlo para poder volver a disfrutar con fruición de ese toque ya  inevitablemente anacrónico de su mundo y  bucear con un poco de temblor en los oscuros misterios de lo humano…

 El mundo de Mauriac está pleno de vasos comunicantes. Todo es criatura, hasta la naturaleza cuya alma también se convulsiona y gime con nosotros. Hojeo mi libro y busco una muestra de esto que digo y que como de costumbre, para no interrumpir el placer de la lectura, he dejado sin señalar…
…”Lo extraño de la tormenta no es su fragor, sino el silencio que impone al mundo y este letargo. María veía a través de los cristales las hojas inmóviles y como pintadas. El agotamiento de los árboles parecía humano. Parecía que conociesen el sopor, el asombro, el sueño. María había llegado al punto en que la pasión se convierte en una presencia. Irritaba su llaga, mantenía su fuego…”

Mauriac nos devuelve un “tempo” en que podemos asistir al proceso en que una pasión nace, se  desarrolla, se pervierte y a veces…se transfigura. Lo hace respetándolo  de tal manera que pareciera que nos fuera desvelando un secreto  que volverá a ser restituido a su  silencio apenas dejemos de leer; así es de denso en la mejor de las acepciones de esta palabra. Pero entonces... justamente cuando cerramos el libro, nos damos cuenta también de que ahora somos un poco más sabios, tal vez amargamente sabios, pero ya se sabe, es el precio y hace fuerte.

Creo que no es fácil encontrar a Mauriac en estor momentos. Es probable que haya sido confinado ya que no es un “clásico”, a los márgenes del negocio literario. No creo que se lo edite aunque…tal vez me equivoque y alguien me rectifique. Me encantaría.

  Si tienen ocasión, les recomiendo que lo lean; asistirán en vivo y en directo a un mundo cuyas penumbras emocionales, solo los católicos más genuinos conocen.

5 comentarios:

Mandalas, Espacio Abierto dijo...

Hola, Begoña

Es un placer enorme cuando un libro "nos encuentra", sale a nuestro camino y llega llenándonos de ilusión. Los libros cobran una vida más allá de las palabras, la de ser un regalo para todos los sentidos.

Me alegro mucho que te reencontraras con Mauriac y de esta manera, has hecho posible que le haya conocido :D.

Besotes.

Maria Jesus Olguin dijo...

Querida Begoña:

Cuánta pasión hay en tus palabras ante el reencuentro del libro que percibo tu gozoy es tan motivante que me han dado ganas de encontrarlo. Creo que tu madre fue muy sabia y te mostró muchos caminos por medio de los libros por lo que recuerdo.¡Un Abrazo!

VICTOR GATO dijo...

Gracias, Begoña por abrirnos tus sentimientos bonitos.
Me entristece imaginar que las generaciones futuras, con las nuevas lecturas digitales, se perderán estos placeres sensoriales y emocionales al acoger una edición casi artesanal en sus manos. Nosotros también hemos perdido placeres que nuestros antepasados gozaron.

Me encanta el artículo, tu sensibilidad y respeto.

Bs.

Anónimo dijo...

Y no dices si los compraste, cuanto costaron. Me gusta saberlo todo... Saludos

Begoña Eguiluz de Sasía dijo...

He sonreído al leer tu comentario, anónimo amigo. Por supuesto que los compré ( eran dos volúmenes) No recuerdo cuánto me costaron pero, seguro que fue poco: no creo que me costarán más de 20 euros los dos. Esa es una de las gracias de la Cuesta Moyano, que puedes encontrar lo que ya no se encuentra en otro tipo de librerías y además no te arruinas. Puedes descubrir verdaderas joyas. Un saludo!!

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