Acerca de cuartos propios y ajenos.




Cuarto de Virginia Woolf en Monk`house


Para cada uno de nosotros existen sin duda, libros emblemáticos. Uno de ellos y además leído en  edad influenciable, es para mí el famosísimo "Un cuarto propio" de Virginia Woolf, escrito en 1929 y redescubierto allá por los años 70. Lo leí como se lee todo lo que nos apasiona, sin detenerme, juntando sombra con alba hasta terminar... Creo que la razón fundamental fue que era una muchacha apasionada que escribía y que justamente en su libro, Virginia, señalaba las condiciones que hacían esa actividad posible para una mujer, algo de lo cual yo me había vuelto extremadamente consciente. 

 Entendí el cuarto propio como metáfora de ese tiempo sin intromisiones, fundamental para quién necesita como el agua, tan a menudo, ensimismarse. Entendí también la importancia de esa pequeña renta liberadora que ella establece como condición necesaria para poder persistir en el ensimismamiento.

Virginia, como es inevitable, pone su vida sobre el tapete a la hora de reflexionar. A ella, no le faltaron, ni el cuarto, ni tampoco, la pequeña renta. En su caso, la figura de Leonard Woolf, su marido, también fue decisiva para su quehacer. Al lado de una mujer que necesite el "encierro" como atmósfera particular, sólo es posible la presencia de un hombre muy especial. Alguien que como Woolf, pudiera posponerse generosa e inteligentemente, al servicio de otra excelencia distinta de la suya, algo poco habitual entre los hombres. Virginia agregó también que las escritoras no solían tener hijos, los grandes obstáculos emocionales para un ensimismamiento  concebido casi como plan de vida.

Cómo siempre he tomado tremendamente en serio la literatura, este libro se convirtió para mí en una especie de guía que he releído
muchas veces. A medida que fui superponiendo lecturas, me fue enseñando además, que los cuartos también "se ocupan" y que el mejor gesto de autoafimación es el persistir en el ejercicio de aquello que decimos querer sin limitarnos a la continua queja por no poder hacerlo. No es una tarea fácil, toda mujer lo sabe. Quizá por eso en su ensayo, la escritora se apuntó a la profecía. La mujer escribirá bien cuando no lo haga "conscientemente" como mujer, cuando la literatura no sea para ella un acto de reivindicación o rebeldía, sino cuando finalmente su pluma fluya sin otro propósito que esa profunda necesidad interna, propia de todo buen escritor. Está claro que para ello, es necesaria la inconsciencia fruto de un largo aprendizaje sobre todo implícito, algo que aún conserva para nosotras, las mujeres cierto sabor de utopía.

 Me explico mejor: las mujeres aprendemos a "empoderarnos" de otras mujeres. Es necesario que  hayamos visto vivir por lo menos a algunas con perfecta naturalidad, su autonomía. Detrás de toda mujer bien asentada en este mundo, hay mujeres reales o "imaginarias", (también sirven). Yo recuerdo a Jo de " Mujercitas", a Juana de Arco, a Antígona, a Hipatia, a mi madre y posiblemente a unas cuantas más que han quedado implícitas en mi memoria. Lo importante fue que ninguna de ellas era mujer-musa, sino mujer- caballero. Fue decisivo para mi aprendizaje el poder constatar que se habían atrevido a saltar de la torre, montar el caballo y... se habían ido a caracolear a su modo y manera, por esos mundos de Dios. Sí, Virginia me enseñó a embridar el caballo, a subirme en él con soltura, a tirar para delante y pagar el precio que se terciara sin llorar ni arrepentirme, porque lo que encontraba a cambio era una forma de vivir que con creces, lo merecía.

De una manera diferente se lo enseñó a Nelly Boxal, su cocinera, que nunca leyó su libro pero la observó vivir. Nos lo cuenta Alicia Giménez Batlett, que escribió "Una habitación ajena", Premio Femenino Lumen 1997, basándose en los diarios escritos por Nelly Boxall-  criada y cocinera de Virginia Woolf durante dieciocho años- y en las alusiones de la propia Virginia a Nelly en sus diarios.

La vida de Nelly en el hogar de los Woolf, fue la propia de una sirvienta en la Inglaterra de la primera mitad del siglo XX. Una vida reducida  a dos espacios únicos: la cocina y el cuarto de dormir siempre compartidos. El lujo de Nelly, por lo que nos cuenta A. Giménez, era  justamente ese poder  ensimismarse unos minutos para pensar en sus cosas, en medio del rebullir de su compañera de labores junto a ella, antes de que el agotamiento del cuerpo duramente castigado, la derribara. En la vida de Nelly no  hubo libros, ni horas personales, pero aunque parezca imposible, escribió.

Es fácil imaginar la diferencia de la vida de estas dos mujeres. Las lentas horas de Virginia con su tabla de escribir sobre las rodillas en el cuarto de arriba y las lentas, de Nelly lavando a mano, acarreando carbón, fregando de rodillas, planchando, cocinando, recogiendo una y otra vez el desorden bohemio de sus señores en los cuartos de abajo. Horas y espacios que, en definitiva, fueron configurando mujeres  diferentes.

Pero hay algo más. Me doy cuenta de que el cómo Nelly ve vivir a Virginia, es lo que le enseña y la hace rebelde.

 Al principio del libro, la joven Nelly que empieza a trabajar en casa de Virginia, tiende a vivir en persona interpuesta. Ella también cuando puede, escribe unas palabras en su diario que dejan constancia de su admiración por la belleza y el carácter de la escritora. Pero a  medida que pasa el tiempo y la relación se vuelve más íntima, la admiración se vuelve conflictiva. Nelly va tomando conciencia a lo largo de los días, de algo que la lleva a una autoafirmación creciente. Ha descubierto la importancia del tiempo propio ( su lucha por una habitación individual, es denodada) Necesita también cada vez más, consideración por la calidad de su trabajo. De alguna manera, vamos descubriendo con ella una necesidad creciente de vivir en nombre propio.

La toma de conciencia de Nelly hace estallar el conflicto. Quienes escribimos solemos ser a menudo egoístas. Tenemos tendencia a defender con ferocidad nuestro tiempo y con frecuencia no nos importa ni consideramos, el derecho del otro a lo propio. Un escritor, en este sentido, es lo menos cercano que existe a un filántropo. Nelly choca una y otra vez contra el "lo tomas o lo dejas"  impertérrito de la escritora. Queda claro que es Nelly quién debe proteger el silencio de ella y no interrumpirla, la que debe atender sin discutir a sus necesidades, la que debe someterse, para que la escritora pueda escribir.

La rebelde Nelly se somete casi hasta el final, pero el  litigio cada vez más agudo entre ambas mujeres, llega a un punto álgido. En un momento dado del relato, la discusión lleva a la escritora a seguir indignada a su cocinera que la ha dejado con la palabra en la boca, hasta su minúsculo cuarto de la buhardilla, para increparla. Es entonces cuando Nelly se le encara y le grita la frase que adquiere el valor de toda una metáfora en el libro. La escena es genial:

-Estoy muy nerviosa y no quiero hablar más, señora, por eso he venido a mi habitación.
Virginia dio un paso adelante y puso una mano sobre la barandilla de la cama.
-Aquí no hay ninguna habitación que sea tuya, Nelly, esta es mi casa.
Nelly se acercó aún más, y la miró a los ojos. Quizá nunca antes habían estado tan cerca una de la otra, ni se habían mirado tan directamente.
-Yo trabajo aquí, señora, y una parte del sueldo es esta habitación; de modo que esta es mi habitación mientras viva en esta casa. ¿Quiere marcharse de mi habitación?"

Y Virginia...¡ tiene que irse!

Virginia se ahogó en el río  Ouse, escrita su bellísima obra. Nelly siguió sirviendo después de ser despedida y a pesar de no conseguir ni renta ni cuarto propio, siguió escribiendo sus diarios. Nunca se casó, para no perder su libertad y tener que servir a un hombre sin salario. No sabemos qué fue de ella aunque, lo más probable es que muriera en un asilo.

Alicia Giménez, me ha hecho captar con su libro, que recomiendo leer junto con el de Virginia Woolf, un interesante matiz de la metáfora del cuarto propio. En este "cuarto",  se juega algo que va más allá de la posibilidad o no de una escritura. Hay veces  que una forma de vida es tan profundamente deseada, que como  en el caso de Nelly,  es capaz de inaugurar un espacio virtual en el que poder sentirse  ser, a pesar de toda circunstancia desfavorable simplemente, por negarse a renunciar a su deseo.

 Creo, en definitiva, que esto fue lo que Virginia Woolf  enseñó sin buscarlo ni quererlo, a su cocinera. Lo cierto es que no se se puede impunemente disfrutar de cuarto propio, sin suscitar el mismo deseo en quien lo ve gozar, de  intentar lo propio.


9 comentarios:

Oscar da Cunha dijo...

Hasta en los malos escritores (hay hablo por experiencia propia) es una necesidad, expresarse con la libertad que impone la intimidad del propio espacio. Y contagiar.
Y esa esquina privada compuesta de lugar y tiempo esencial se convierte en el templo donde nuestras inquietudes cobran vida propia, entonces ya no somos más que meros transcriptores de ideas que por suerte nos han sido concedidas.
Un abrazo, amiga.

Anónimo dijo...

Ese cuarto de Nelly que recreas con tanto detalle me recuerda las celdas de los conventos antiguos donde monjas y monjes vivían toda su vida. Los cuartos pequeños donde solamente cabía una persona se llamaban entonces retretes. Los grandes místicos de la Iglesia escribieron sus obras en ellos, suficientes para ensimismarse.
San Juan de la Cruz: “Para que tú le halles, alejándote de todas las criaturas, te escondas en tu retrete interior del espíritu y cerrando la puerta sobre ti, es a saber, tu voluntad a todas las cosas, ores a tu Padre en escondido.”
Santa Teresa de Jesús: “El retrete de mi corazón, lo más oscuro y apartado del alma.”
La monja chilena sor Josefa de los Dolores: “Unos días parece que Dios mete el alma en el retrete de mi corazón y, puesta allí, me da a gustar de un suave y deleitoso vino que corrobora, reconforta y esfuerza el espíritu.”
Qué caprichosa es la memoria, Begoña, capaz de imaginar el retrete interior del espíritu al leer tu deliciosa disertación, llena de matices y metáforas, sobre "Un cuarto propio" de Virginia Woolf. Gracias. La gratitud brota espontánea al terminar de leerte. José Ramón.

Begoña Eguiluz de Sasía dijo...

Fíjate, José Ramón, que creo que en esos cuartitos (retretes) sólo cupiera una persona, era algo fundamental por eso de la soledad y el silencio. También en este sentido, agregaría el calabozo en que en tremenda soledad, Juan de la Cruz, patrón de los poetas,dio a luz su maravillosa " En una noche oscura". Favorece la teoría de Virginia.
Un saludo!!

Marta dijo...

No sabemos hasta qué punto Woolf era consciente del alcance de su metáfora del cuarto propio; a mí me resulta casi imposible imaginar que una sensibilidad como la suya no reconociera, intelectualmente, el derecho de Nelly a reivindicar una vida que fuera suya y solo suya. Me es más fácil suponer que el condicionante del entorno social e incluso el mero egoísmo de clase (que apenas se dejará entrever en sus escritos), son tan fuertes y están tan firmemente arraigados –y no creo que esto sea algo superado, en absoluto- que ni siquiera una mujer que aún hoy representa la vanguardia y la modernidad estética e intelectual estuvo libre de ellos. Esta, llamémosle “contradicción” en la vida de la escritora, no resta ni un ápice, en mi opinión, no solo al valor artístico de su obra, sino ni siquiera a su papel social, como ejemplo de un feminismo del de verdad, el único que vale (la postura que le hizo vivir como deseaba hacerlo, de acuerdo a sus aspiraciones personales y a su pasión por el arte, y que la mantuvo apartada de poses oportunistas y artificiales como símbolo de un progresismo para la galería, a la vez que le impidió liderar asociaciones feministas, o aceptar reconocimientos en calidad de “mujer escritora” que no pretendían sino utilizar su figura de forma paternalista para maquillar el viejo rostro de una sociedad patriarcal).

Virginia Woolf quiso liberarse del yugo social que suponía el servicio, ya que obstaculizaba la independencia que necesitaba como escritora, y probablemente incomodaba a su sensibilidad, pero no estaba preparada para prescindir de él, al menos completamente. Nelly Boxall seguramente tuvo que pagar el pato y convivir durante años con una mujer que le enseñó un caramelo y le dijo “no es para ti”. Menuda faena. Una no sabe si apiadarse de Nelly o admirar su suerte por conocer las entrañas de Bloomsbury.

Muy interesante esta reflexión sobre las dos caras de la metáfora. Ayuda a considerar las cosas desde ángulos diversos, y desde luego me identifico con eso de que un deseo profundo de ser o vivir de una determinada forma puede inaugurar, como dices, un espacio virtual en el que, a pesar de las más desfavorables circunstancias, uno no renuncie a ese deseo. Gracias a Dios.

Anónimo dijo...

Virginia también tuvo contradicciones, quién no las tiene, entre lo que escribía "les pido que ganen dinero y tengan un cuarto propio" y los relatos de Nelly en su diario al ser despedida convirtiéndose su cuarto propio en ajeno. Esa magnífica escena muestra la condición humana en conflicto de intereses, los de Nelly pidiendo su día libre para celebrar el fin de la guerra y los de Virginia negándoselo, debía cocinar para sus invitados escritores. Ambas luchaban por la libertad. La de Nelly para conseguir el cuarto propio (al que se refería su patrona) donde escribía su diario secreto. La de Virginia escribiendo libremente para los demás y seguramente humillada por su cocinera al evidenciar sus contradicciones. Prevalece siempre la voluntad del más fuerte, en este caso Virginia, “poniendo una mano sobre la barandilla de la cama” mostrando así su autoridad. Estoy viendo la escena. Si no fuéramos contradictorios ¿Qué sería de nosotros? José Ramón.

Iñigo dijo...

Es quizá una pretenciosa obviedad, por la que de antemano pido disculpas, pero tengo la sensación de que nuestras contradicciones, vistas desde la propia subjetividad, son la medida de nuestros cargos de conciencia -y, por tanto, nuestros cargos de conciencia mismos-, de modo que, en cierto modo, marcan el sentido de nuestra existencia; la proyección de nuestro devenir, hacia la excelencia o, por el contrario, hacia la mediocridad; hacia arriba o hacia abajo. Supongo que Virginia Woolf los tendría de tamaño notable; por eso está en los altares.

Anónimo dijo...

Qué interesante, Begoña, después de leer tu comentario sobre el libro de Alicia Giménez Batlet, Una habitación ajena, estoy deseando conseguirlo en alguna librería o biblioteca y encontrarme con Nelly Boxall para seguir de cerca sus encuentros y desencuentros con Virginia Wolf; la relación entre las dos debe de resultar apasionante o por lo menos provocará, estoy segura, muchas reflexiones. De todas formas Begoña, tengo que decir que me pasa contigo como al escudero con la uña de vaca que había conseguido Lazarillo “comes con tantas ganas que me contagias a mí el apetito aunque no lo tenga”… lo cual no era cierto: realmente él tenía hambre y yo también. Cuando hablas de algo con la pasión, la delicadeza y profundidad con que lo haces, contagias las ganas de conocer ese algo. Muchas gracias por el buen rato que me has hecho pasar y por el que me espera con la lectura de Una habitación ajena.

Anónimo dijo...

Genial el contrapunto entre las posturas de las dos mujeres: Virginia, empleadora, sintiéndose dueña de todo lo suyo e intentando hacérselo notar a Nelly y ésta, con el orgullo de la certeza, respondiéndole "no quiero hablar más, señora" "¿quiere marcharse de mi habitación?". En esa época sí que era claridad en lo que se reclamaba sin temor a las consecuencias. Mas que enseñarle, Virgina posibilitó a Nelly encontrar su única salida: escribir su diario.

Arantza Etxeburua dijo...

Animada por tu reflexión, Begoña, y por todos los comentarios posteriores, he releído Una habitación propia, de Virginia Woolf, y he descubierto Una habitación ajena, de Alicia Giménez Bartlett. Estoy de acuerdo con todos los comentarios que han suscitado ambos escritos, pero yo añadiría algo más. Para escribir la mujer necesita un cuarto propio y un salario que la mantenga; cierto. Pero aún hay más. Para escribir hace falta TALENTO. ¿Creéis que Virginia le reconocía suficiente talento a Nelly como para ser merecedora de un cuarto propio para escribir? Dice Virginia en la pág. 69 de la edición de Seix Barral (1986): "...estoy de acuerdo con el difunto señor obispo, si es que era tal cosa: es impensable que una mujer hubiera podido tener el genio de Shakespeare en la época de Shakespeare. Porque genios como el de Shakespeare no florecen entre los trabajadores, los incultos, los sirvientes. (...) No florecen hoy en las clases obreras."
Siento haber roto el hechizo. Gracias por todo lo que nos regalas, Begoña. Besarkada handi bat.

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