Parábola.




Hay que besar cien sapos diferentes
antes de decidir que el príncipe no existe
pero siempre habrá uno, el próximo,
que desprenderse pueda del lodo
en príncipe posible.
Ese duro trabajo: besar sapos doblando la cintura
nos  trasiega los labios y anquilosa la espalda
pero ese breve instante de apuesta por si acaso
nos redime de sapos y nos convierte en...príncipes.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo la entiendo así: somo todos sapos y no cumplimos nunca con las expectativas de los demás.... hasta que, de tanto "sapoear", nos cruzamos por fin con alguien que nos dice "Has "sapoeado mucho, y se vé!.... Ven acá, te mereces un abrazo mi Principe". Gilles

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