Para Cástor, Loli, José Antonio, Charo y Chuchi que vinieron conmigo-
Todo viaje una vez hecho, queda resonando en fragmentos emocionales fuertemente personales que colorean para siempre aquellos días que vivimos en un determinado lugar.
Si echo la vista atrás, vuelve a mí la caminata hacia Santo Stefano, la dulce tranquilidad de su claustro tan solitario y sombrío, la larga sucesión de pórticos espléndidos, el helado delicioso degustado en una esquina, la librería en la que compré un libro que resultó ser un Quijote para niños traducido al italiano, mi rodilla dolorida, las comidas con mis amigos siempre deliciosas, siempre serenas, la vaharada a jazmin y madreselva al doblar la calle de vuelta hacia el hotel....
Recuerdo también mi empeño ( mujer de libros, al fin y al cabo) por encontrar algún imposible rastro de Giorgio Bassani, uno de mis autores preferidos que nació en Bolonia, pero que no escribió sobre ella pese al haber pasado alli su adolescencia y posteriormente, haber estudiado en su universidad. "El jardín de los Finzi-Contini" transcurre en Ferrara y yo me quedé con las ganas de atisbar su historiada reja y ver el fantasma de Micol deambulando por el jardín.
También me di cuenta de que estaba cerca de Forli, donde Edmundo d´Amicis situó "Sangre Romañola" el cuento de "Corazón" que me hizo sollozar por primera vez con el dolor absolutamente puro de una niña de seis años.
Algunos de mis amores literarios han andado cerca y también han coloreado un poco la ciudad.
Bolonia se asienta en el norte de Italia, en la región de Emilia Romagna. Cerca de Rávena, Parma, Modena, Ferrara. Muy cerca de los famosos Apeninos.
Fue una ciudad a la que llegué una mañana del mes de mayo de 2023, para pasar tres días. Sabía por la información de mi libro-guia que su centro era uno de los cascos medievales más grandes y mejor conservados de Europa. También que aquí se fundó la primera universidad de Occidente, que aquí estudiaron Dante, Erasmo, Petrarca y Copérnico. Sabía también que fue un lugar clave para el movimiento obrero y que en su estación de ferrocarril, tuvo lugar en agosto de 1980 un terrible atentado terrorista neofascista con el saldo de 85 muertos y 200 heridos.
Supe que era ciudad, como todas las italianas, de palacios e Iglesias fastuosas donde se sucedían los frescos, los dorados, los techos altísimos, las volutas barrocas... Que tenía una excelente pinacoteca que visité y en la que tuve el gusto de ver expuesto un cuadro de Lavinia Fontana, única pintora en conseguir poder abrir su propio taller de pintura en el siglo XVI Pintó en 1584, el retrato de la familia Gozzadini, considerada una de sus mejores obras. y que se conserva aquí.
Hasta hoy tiene fama por ser Ciudad Universitaria, aunque la visita a la universidad fue frustrante. Mi sensación fue la de un Palazzo más en el que me fue imposible revivir la atmósfera del trasiego de voces y aulas, propia de toda universidad que se precie. Sin quererlo eché de menos a la Universidad de Salamanca.
Tiene fama de ser un centro culinario de primer orden. Se pueden comer tortellini con los más variados sabores y rellenos, su mortadela es magnífica, sus tablas de carne fría, deliciosas y se dice que es nada menos que la inventora de la lasagna y la salsa boloñesa. Es verdad, pudimos constatarlo.
En la ciudad predomina el ladrillo, el ocre, el siena. Esos matices apagados, con una nota de fulgor tan típicos de los rojos, se suceden en fachadas, pórticos, cúpulas, tejados... Tal vez sea por todo esto que a Bolonia se la llama:
"La Dotta, La Grassa, La Rossa"
La belleza de la ciudad está por una parte en lo que evoca y es una belleza por lo mismo, con algo de melancolía. Tuvo que ser verdaderamente bella esa Bolonia medieval surcada de canales (ahora soterrados pero en el que todavía queda uno, reclamo triste para turistas, que puede vislumbrarse desde un ventanuco donde se agolpan las cabezas).
Hubo una vez en que allí se alzaron hasta 100 altas torres de las que ahora sobreviven solo dos: la de Assinelli de 98 metros y la Guerisenda mucho más baja e inclinada. Sin embargo hay también aquí una belleza que se mantiene invicta: la de los pórticos que se recorren calle a calle con sus arcos y columnas a lo largo de 37 kilómetros abrigando y protegiendo a su gente porque aquí llueve mucho y hace mucho frío.
El tiempo que nos tocó fue mayormente gris y a ratos lluvioso, pero me di cuenta de que Bolonia tiene un corazón viejo y cálido, que late en sordina en las calles que conducen al que para mí, será el lugar que siempre surgirá en mi memoria cuando la recuerde. El bellísimo complejo. de San Stéfano con su pozo ciego esperando que, al pasar por el claustro, alguien le pida algún deseo. Caminé con lentitud sus iglesias y sus aledaños y me detuve para sentir el fervor del mármol y de la piedra vieja tan tocada, tan pisada, tan vivida. Sobre el viejo claustro vuelan palomas pequeñas y en uno de sus ángulos enciendo una lucecita para hacer presente a un niño que vendrá pronto y que quiero que venga bien, frente a una Madonna tan antigua que se deslíe.
Sí, los viajes son siempre poderosamente personales y quedan inevitablemente tocados por gozos y dolores con los que llegamos y con los que transitamos las calles de lugares que desconocemos. Yo vine con la esperanza de un niño que aún no nacía y que ya me era muy amado y con una rodilla tan herida que hizo cada uno de mis pasos un dolor. Las escaleras de La catedral, un peldaño alto de uno de los pórticos, un alféizar, el saledizo de una tienda, son los únicos lugares públicos que permiten el reposo. Quizá sea por esto que Bolonia siempre tenga también en mi memoria una nota inevitable de dolor, el de mi rodilla.
Tocaron dias de fiesta.y tenemos sensación de multitud en las calles. Muchas muchachas y jóvenes portan coronas de laurel y visten especialmente atildados. Una se pregunta si son graduaciones, pero se queda sin saberlo. Hay muchos grupos familiares en torno a cada coronado. Veo luego, en la Piazza Maggiore, una boda incongruente. La novia va de blanco impoluto pero con un detestable corpiño de cuero negro. El padrino luce un atuendo de rosa integral. El séquito sale del edificio de "La Podesta" (ayuntamiento) El cortejo es tan incongruente que hace gracia.
Nos cuentan que La Madonna de Luca ha venido de visita a la ciudad y será agasajada en La Piazza Maggiore. Fuimos hacia allá y vimos como se la saludaba con un concierto de campanas y mientras las escuchamos, atravesó y desfiló en torno a la fuente de Neptuno, una manifestación de jóvenes variopintos a favor de Palestina
Ver pasear a la gente es un placer, En general, la gente es muy morena y su vestimenta oscila ente lo que podríamos llamar "estilo extravagante con un punto de sofisticación" y una pobreza muy clásica y muy decente. Muchos vendedores ambulantes se acercan sin acosar. Venden hermosas rosas rojas de tallo largo y también gafas multicolores. Nadie compra nada. Tomamos Aperol en las terrazas, una bebida fresca y de color rosáceo que parece gustar a todo el mundo.
Los adoquines no molestan al caminar pese a las piedras desgastadas, pero aunque se camine bien, no hay donde sentarse. No es una ciudad para viejos. Aquí se transita y una se detiene brevemente para corregir el itinerario o admirar la ´decima maravilla que le sale al paso. El viejo palazzo del rey Enzo aparece así al pasar. Aquí vivió y murió encarcelado el rey Enzo de Córcega y yo, al mirar sus vetustas paredes, adivino su soledad y su frío...
No olvido el perfume a jazmín y a madreselva de la calle que llevaba al hotel, aroma que tiene que volverse embriagador más cerca del verano...
Bolonia, "La Dotta, la Grassa, La Rossa" ha llenado su nombre cumplidamente.
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