Esa suerte de inconsciencia...




Nunca sabe una a través de que extraños recovecos cuajan de repente las ideas claras y distintas, cómo adquieren de pronto su encaje lógico... ¿Qué tendrá que ver la réplica inesperada de un viejo sabio a su autosuficiente aprendiz, con la súbita decisión de un soldado republicano en retirada?

 Escuché hace unos días un relato que intentaba explicar la poesía oral, eso que en esta tierra se llama bertsolaritza… Un aprendiz interesado en dominar el arte del verso, acudió donde un maestro en el tema y le pidió la fórmula (siempre andamos pidiendo formulas y atajos)...pero el caso es que éste como todos los sabios que en el mundo han sido, le recomendó un ímprobo trabajo… debía viajar a un pueblo detrás de la montaña más lejana y una vez allí, escuchar las palabras que murmuraban no sólo los habitantes, sino también los animales, el río, los senderos, y hasta el polvo y las piedras, el tiempo necesario para aprenderse todas y cada una de ellas. El joven lo hizo así (los aprendices de buena raza suelen hacerlo)…se demoró largos y fatigosos  años pero al fin, escuchado  y aprendido todo de memoria, volvió junto al anciano para recibir su beneplácito. Fue entonces que supo que la tarea aún no había acabado… ¡ahora tienes que olvidarlo todo! le dijo socarrón… solo entonces brotarán los versos.

Pero por qué tiene una que “olvidarlo” todo ¿Qué se consigue?

Estos últimos días me he llevado conmigo la pregunta a todas partes  y no sé bien por qué en una de esas curvas de la mente, me topé con el protagonista de “Soldados de Salamina”, aquella novela que leí después de superar un prejuicio arraigado (era un bestseller casi de kiosco) pero tenía un nombre ¡tan hermoso! Recordé al rotoso republicano que cantaba “Claveles de España”,  a aquel soldado anónimo en retirada que frente al enemigo acezando de miedo, grita mientras lo ve allí escondido, resignado ante la fuerza de las cosas -¡Aquí no hay nadie!- 

 ¿Por qué lo hace? ¿Por qué no lo descubrió, si era lo lógico?

Hoy, mientras caminaba hacia el colegio, he barajado las historias... esas preguntas giraban en un rincón de mi mente en sordina y de pronto me di cuenta que el hilo que unía las dos historias, era algo que tiene que ver con la cuestión que me ocupa. Se trataba de imágenes de  ese impulso natural e interior que provoca una acción o un sentimiento, sin que se tenga conciencia de la razón a la que obedece y me di cuenta entonces, de que esa suerte de inconsciencia que tantas veces nos sorprende por lo certero de su manifestación, es cualquier cosa menos impulso biológico. Que si se asienta en algo, es en una suerte de automatismo, fruto de un largo aprendizaje.

La vida y sus dilemas no suelen dejarnos tiempo para la reflexión. Los momentos decisivos suelen tener algo de trance. No solemos poder decir… “espera, tengo que pensarlo”… La vida no nos da tiempo, pero sin embargo, nos obliga  a reaccionar y luego  nos juzga y nos hace responsables.  ¿Cómo acertar?

 Yo, a “esa flecha que da en el blanco”, la llamaría instinto.

 Pero para haber internalizado algo de tal manera que surja instantánea y sin titubeos en el momento decisivo, es necesario haberlo aprendido de tal modo, que se haya convertido en parte inconsciente de lo que somos...

El instinto humano es fruto del hábito y de la imaginación. Solo podemos reaccionar de cierto modo, si antes “nos hemos visto” haciéndolo... Creo que con la formación del instinto, la literatura  y la historia tienen mucho que hacer. El instinto del que yo hablo, se forja en el aprecio por ciertos tipos humanos y en el desprecio por otros.

Si antes hemos sido Don Quijote y nos hemos batido con los molinos de viento… si nos ha admirado profundamente Carlota Corday apuñalando a  Marat… si nos hemos quedado hasta el final conmovidos con el niño y su padre en “Ladrón de bicicletas”… entonces es posible que brote  en nosotros ese instinto, aun cuando hayamos olvidado las historias, los relatos, las lecciones, quizá precisamente porque las “hemos olvidado”.

Es posible que esa “decencia” que se impone en todo ser humano de bien, cuando no ha tenido aún tiempo para sacar cuentas de las ganancias y pérdidas de su acción, sea justamente fruto del instinto en que su educación “olvidada” ha cuajado y, con respecto al papel que cumple en nuestra vida, yo diría que  es el mismo que en el arte del poeta que debe improvisar en un certamen de bertsolaris. Allí, al conjuro del tema, como por arte de una magia que no es magia sino puro instinto, el verso brota.


6 comentarios:

Cartas en la noche dijo...

¿Por qué no puedo entrar a este texto?
Un beso muy grande...

Begoña Eguiluz dijo...

No está bien puesto el link. Por favor, trata mañana. He tenido una dificultad técnica. Me gustaría que lo leyeras. Un beso también para ti.

Mandalas, Espacio Abierto dijo...

Hola Begoña

Me ha encantado todo tu razonamiento sobre el instinto. Cuánto aprendo contigo, es una maravilla.

Muxus.

VICTOR GATO dijo...

Begoña, leí tu reflexión hace varios días y me gustó mucho. Y me trajo el recuerdo del pasaje de un libro, que he estado buscando, porque esta vez me gustaría responderte tan sólo haciéndote partícipe de este pasaje tan bonito. Estoy seguro de que encontrarás concordancias con tu reflexión:

"En el zen dicen que si quieres ser pintor, tienes que aprender durante doce años a pintar y después, durante otros doce años, tienes que olvidar todo sobre la pintura. Olvidarte completamente, no tiene nada que ver contigo. Veinticuatro años de formación: doce años de formación para aprender la técnica y doce años de formación para olvidar la técnica. Durante doce años medita, corta leña, trae agua del pozo. Haz cualquier cosa pero no pintes. Olvídate de la pintura. Haz otro tipo de cosas: jardirería, escultura, música, pero olvídate de la pintura, como si no existiera en absoluto. Deja que permanezca en lo profundo de tu ser para que sea digerida. Entonces dejará de ser una técnica. Luego un día tomará posesión de ti un impulso repentino; y entonces comienzarás a pintar otra vez. Un día serás capaz de pintar. Y cuando empieces a pintar otra vez no te preocupes de masiado de la técnica, si no nunca serás espontáneo. Y entonces podrás pintar. La técnica se habrá convertido en parte de ti; ya no será una técnica de conocimiento, se habrá convertido en parte de tu sangre, de tus huesos, de tu médula. Ahora podrás ser espontáneo. No será un obstáculo, no te aprisionará.

Me gustan mucho tus reflexiones. Siempre son muy acertadas.
Bs

Begoña Eguiluz dijo...

Muchas gracias, Gato. Es bello y consolador lo que me dices...Así debe ser; apostar por "el impulso repentino" que tiene cualquier cosa menos de "repentino".

Un abrazo de buenas noches!

Anónimo dijo...

Te leo creyendo saber lo que piensas al escribir y en el instante antes de hacerlo, cuando tu instinto dicta inconsciente, sabia y milagrosamente conceptos y poemas. Nadie conoce, todavía, las entrañas de los manantiales, solo vemos su brotar. Si curiosos escaváramos donde nacen destruiríamos su encanto sin desentrañar sus secretos. Disfruto con la improvisación de los versolaris y los debates argumentados inteligéntemente. Las respuestas surgen instantáneamente elevando el nivel del argumento para intentar dejar en blanco al adversario. Pura esgrima. Cuantas más vivencias recordemos mayores posibilidades de dar una respuesta lógica. Pero ¿cómo ordenamos los recuerdos y seleccionamos la frase más adecuada, sin pensarlo y en un instante? Nadie lo sabe. Por eso admiramos a los poetas e incluso a algunos los amamos. José Ramón.

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