Las cosas






Siempre me he preguntado si aquellas personas que tienen la suerte de vivir en la casa en que nacieron comprenden su privilegio.

Están rodeados de objetos llenos de sentido. De la silla en que solía sentarse la madre a coser, del molinillo de café que le regalaron por un cumpleaños perdido ya en el tiempo, de la mesa en la que ella planchaba y en la que el padre apoyaba el periódico después de la cena...

No tiene el mismo sabor el café con leche que se bebe en el desgastado tazón de la abuela.  El tiempo no deja su impronta de la misma manera que en ese reloj ya poco oxidado que nadie recuerda cuando no estuvo allí.


Todos los que son dueños de estas maravillas ¿se dan cuenta de lo que tienen? 
Qué no daría yo por poseer alguno de esos tesoros que se perdieron para siempre en el trasiego de tantas partidas obligadas que sufrió mi familia... porque yo solo soy dueña de fantasmas de cosas que fueron muy amadas. Cosas que por la fuerza de la añoranza, me fueron legadas y que sin cuerpos visibles, permanecen conmigo todavía.
 
Podría contar con detalle como era La Torre, la casa nativa de mi madre. Podría decir sin haber pisado jamás su umbral, como brillaban los pomos de latón y relucía la madera enarenada de la cocina... Su recuerdo sobrevivió a la distancia de mares y cordilleras y se convirtió en el símbolo de la cara feliz de la vida.

La Torre no existe ya: se la comieron las horribles colmenas humanas de los años sesenta y sin embargo, en mi memoria familiar sigue alzada, dolorosamente intacta porque la nieta de los que tuvieron que irse, volvió con el encargo de rastrear unas huellas que los muertos no sabían cuan certeramente habían sido arrasadas.

...Cerca de las higueras, me dijeron, cerca del río está la casa y lo cierto es que insólitamente seguía estando mientras miraba la última higuera que sobrevivía en medio del hormigón. Fue ella la que recibió el homenaje debido a la casa tan férreamente recordada, la casa que no me pudo esperar.

Las cosas no son solo cosas. Como duran más que nosotros pueden convertirse, si las dejamos, en llaves de memoria que abren el camino a a aquellos a quienes amamos y que si siguen con nosotros, si las mantenemos a nuestro lado, si por lo menos, contamos sus historias... podrán ser más tarde las llaves de otros.

Tristes los que no tienen nada que los una al pasado, que ni siquiera poseen fantasmas de recuerdos a los que volver la mirada para sentir tensado y vibrante el hilo de la vida en el punto que topa con nosotros.

Dichosos aquellos a los que esperan peldaños desgastados, escaleras un poco carcomidas, camas que pasaron de moda en las que quizá tengan la suerte de morir...

Si envejercieron con vosotros, mirad a vuestras cosas con una atención especial. A poco que espereis os devolverán el perfume de la sopa de otros días, las risas de los niños que crecieron, aquellos pasos livianos de la infancia que resuenan en los nuestros... todavía.

6 comentarios:

Libe Narvarte Eguiluz dijo...

Las cosas tienen el contenido que les damos. Como dices, pobres los que tienen nada que les una al pasado (aunque a veces desligarse de cosas que te amarren a él puede ser una decisión sabía). Las cosas irradian la luz de las historias o... sólo son objetos. Son las historias las que dan contenido, el amor, las enseñanzas que desprenden... el valor testimonial de los objetos que nos permiten trascenderlos porque nos traen a luz temas más profundos que las cosas en sí. Y a veces ni sabemos las historias, pero las intuimos. Por eso me empeño en rescatar las sábanas que llevan unas iniciales que no son (pero ahora sí) mías: imagino cuánto tiempo, vida, expectativas pasaron con el hilo de las mabos que bordaban así de bien... una especie de reivindicación de esa mujer bordadora, que dejó tanta belleza en un objeto, con sus señas impresas en él...

Begoña Eguiluz de Sasía dijo...

Es cierto, Libe, a veces y por las más extrañas circunstancias, una adopta cosas que llega a sentir como una especie de legado de quien no llegamos a conocer.Me estoy acordando de la jarrita azul de Luisette, estas sábanas bordadas en las que duermo tan deliciosamente, en mis hierros...quiza porque supieron contarme una historia (como bien dices) que yo estuve lista para oir.
Todo lo demás no importa y de ello nos desharemos tarde o temprano sin pena y sin recuerdo...

Anónimo dijo...

Mis abuelos paternos eran sastres y mi madre heredó su máquina de coser Alfa, similar a la tuya. Se fabricó en la cooperativa de Eibar Alfa, siendo su gerente el socialista Toribio Echeverría. En 1927 se hicieron 1750 maquinas de coser y 8 años después 12.000 anuales. Los dibujos de la tuya corresponden a los de las primeras series fabricadas antes de la guerra civil. 50 años después compartí mesa y mantel con algunos de aquellos trabajadores que las hicieron, precisamente en la Casa del Pueblo eibarresa "Toribio Echeberría".
Las cosas antiguas con las que hemos convivido nos ayudan a recordar, sabemos quiénes somos, de donde procedemos, nos sentimos seguros con su presencia, son parte de nuestro ADN vital. Por eso nos acompañan al cambiar de casa. Por eso sufren muchas personas mayores al ingresar en una residencia. Pierden su cama, su mesilla, sus cuadros antiguos, su memoria y, sobre todo, son conscientes de que esa pérdida es para siempre.
Gracias Begoña una vez más por hacernos partícipes de lecturas tan bien sazonadas.

José Ramón

Begoña Eguiluz de Sasía dijo...

Sí, José Ramón, por eso todos queremos morir en casa. Ojalá que en nuestra cama y arropados por la suavidad de las sábanas de siempre.
Me impresiona dolorosamente lo solan que se quedan las cosas de los muertes y cómo rápdamente se dispersan...
Estos días he recibido algunas cosas de mi madrina. Las vi lucir en su casa y ahora llegan cada una con su mensaje invisible de ¡quiéreme! a mis manos. A saber que será de ellas cuando yo ya no esté...

Anónimo dijo...

Que gusto da leerte. Cuanto haces pensar y sentir. https://www.youtube.com/watch?v=ZY3BuVLk-tQ

José Ramón

Begoña Eguiluz de Sasía dijo...

Muchas gracias, José Ramón. Es muy hermoso eso de tener un lector apasionado como tú. Le da dirección y resonancia a lo que escribo. Sé que tengo buenos lectores y lectoras pero, tú te has convertido en el símbolo cariñoso de todos.

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