Pigmalión


Madre e hija, 1916

(A mi madre)

Ya lo sé que te hiero:
mi palabra cincel
labra las estaturas de mi miedo,
pero lo empuña una mano
que junta a tus dolores
terribles goterones de dedos machacados.

De amor es la tarea.

Busco llegar allí,
donde la veta responda
al nombre de los primeros días:
donde seas tan nítida
y tan reconocible
que te brote la sangre.

Solo entonces
recobraré mi mano
en la caricia enjuta
del dedo que toca sin tocar
y que se sana así ´
y así restaura.

verás:
no puedo sustraerme.
la vida se me va
y se te va en escombros
y me quedan muñones
que se aferran
en locura tenaz a su servicio:
llegar, llagada y rota
no me importa
¡si logrará encallar en la que eras!

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Esta poesía es preciosa,no se pero me emociona,me llega muy adentro en realidad muestra lo que es ser padres

Libe dijo...

¡Es metáfora para tantas cosas la historia de Pigmalión! Se me ocurren tantas cosas al leer este poema…

Una primera, la que más me gusta, es la de Pigmalión como proceso de humanización. El amor que transforma, que “convierte en carne el corazón de piedra”, que “convierte en milagro el barro”. Algo que es, poniéndolo en términos más prosaicos, casi una ley sociológica: uno acaba siendo en gran medida lo que los demás creen que es. En educación se habla por ejemplo del "efecto pigmalión" para aludir a cómo las expectativas que los profesores tienen en sus estudiantes influyen en el rendimiento de los mismos. Es la fuerza de las "profecías autocumplidas".

Pero se me ocurre también otra lectura… Pigmalión no pudo encontrar a una mujer “real” con la que quisiera casarse, y por ello se dedicó a hacer estatuas en la búsqueda de la perfección que él buscaba. Finalmente se enamoró de una de sus estatuas, y de tanto amor (y algo de ayuda de Afrodita mediante) ésta cobró vida. Así que me pregunto… ¿cuánto hay en Pigmalión de búsqueda de sí mismo más que de encuentro con “otro” ser? ¿Cuánto hay de satisfacción de propias necesidades? ¿No será Pigmalión un tanto egocéntrico? Si es así… ¿podemos hablar de amor?

Y me da por pensar… en este poema ¿quién labra a quién? ¿No habrá algo de trabajo piel adentro, de conexión con el propio pulso, con la propia sinapsis, con el propio nervio ocular para ver, reconocer, para conectarse no sólo con “la que era” (yo/ella) sino también con “la que es” (yo/ella)?

En todo caso… las “palabras cincel”, duros golpes de espátula que hacen saltar chispas, cuando son desde el amor nos ayudan a retirar algo de óxido, algo polvo acumulado, y recobrar algo de una textura casi olvidada… Pero hay veces que hay que amar el óxido, la patina ya menos brillante y, aunque más tenue, adivinar el pulso, que late todavía…

Begoña Eguiluz dijo...

¡Esplendido comentario! Por Dios...¡cuánto puede dar de sí un poema y...¡cuánto una lectora como tú!

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