Expedición a Cahuelmó

Cahuelmó, sur de Chile

A Juanito Lohidoy que en Pto. Montt (sur de Chile) debe seguir contando historias parecidas




La mujer de Feldessen, la gringa que hablaba raro, estaba de nuevo en Puerto Mont.

Esto me lo contó el argentino y reconozco que, para ser fiel a la historia, tendría que pedirles primero que imaginen el invierno del sur. Hacerles sentir que estamos sentados en torno de la estufa bien cargada donde humea la tetera y los ponchos empapados. ¡Es rico ese ambiente, bueno para el pecho, dicen por el vapor…
¡Tendría que pedirles también que miraran de vez en cuando a esa ventana pequeña que la lluvia sigue lavando terca desde por la mañana y que se dejen llevar por esa pena gruesa que produce el vidrio turbio y obliga, al fin con un gesto cansado, a volver la vista al fuego y a desear más fuerte el mate caliente y amargo. Tendría que dejarles claro también que aquí las noches son mucho más largas que en cualquier otra parte del mundo, que empiezan pronto y que las historias son los únicos agarraderos contra la soledad y ese dejarse insidioso que se instala en los huesos y en las ganas durante el invierno.

A ver si me entienden, una buena historia es la que dura, la que no se acaba nunca y se queda con nosotros mucho más tarde de sonar la última palabra. Se la lleva uno y le acompaña el camino. Es buena porque da que pensar cuando el cerebro es pura neblina, cuando estás tan agotado y tan aburrido que parece que te vas a quedar ahí perdido para siempre en medio de la bruma.

Así eran las cosas esa tarde en que el argentino empezó a hablar.… Nos contaba que finalmente la mujer de Feldessen se había mejorado y ya estaba de vuelta de Puerto Mont. Creo que fue de ahí que  se le vino el hilo del recuerdo y ya no se le cortó más.

… Había unas termas parece que buenas por el lado de Cahuelmó, lo que pasa es que había que ubicarlas seguro y ver la posibilidad de que la llegada no fuera demasiado difícil, podía ser un buen negocio, ahora que iban quedando pocos lugares que dieran a los turistas la impresión de que se iban al fin del mundo mientras se bañaban caliente…- decía.

El invierno anterior, a lo largo de muchas tardes, habían ido imaginando la expedición, el argentino y su amigo Feldessen. Al principio la idea era de que fueran ellos dos solos pero poco a poco, ya se sabe, empezaron a cambiar los planes: las tardes eran largas y los cambios surgían casi sin darse cuenta, como una manera de seguir entreteniéndose sabiendo que finalmente la cosa saldría y sería rico ver al final en que quedaba. Después de muchos cambios y ocurrencias, sería ya primavera, cuando se decidió que cada uno llevaría a alguien que lo acompañara y se sobreentendía que serían mujeres. Feldenssen tenía claro que su mujer se animaría y, el argentino, sin saber mucho por qué, tal vez por que por esa época andaba solo y un poco amarrado a querencias viejas, invitó a su madre. Calcularon los tiempos y les pareció que con una semana habría más que suficiente también para explorar un poco y gozarse de ese silencio raro que no es silencio sino más bien todo lo contrario ya que hay quien no lo soporta de tanto que suena allí, en Cahuelmó. Así pues, dejaron la cosa para enero. Feldessen aprontó la barca, convenció a la mujer y a última hora invitó también al perro.

El viaje fue lento. Parte de la gracia estaba en que fuera así… en bañarse a media mañana, coger mariscos y siluetear las caletas… pero todo de a poco, con calma, sin mirar el sol sino para disfrutarlo y tantearle la fuerza. Además las mujeres se hicieron amigas y se acompañaban. A ellas no les gustaba nadar. A lo más mojarse las manos en la estela del barco. El argentino  y su amigo las veían desde el agua juntas; dos siluetas oscuras que parecían dormir al vaivén de la barca, pero el argentino y Felderssen sí que bucearon y hasta encontraron algunas cosas. Algunos trozos grandes de metal corroído y lo más increíble, una escafandra con el cristal rajado. Bucearon bastante por ver si había algo más pero eso fue todo. La escafandra era  bien linda... todavía podía leerse en un borde lo que debía haber sido algo así como la marca de fábrica: Rotter. Por supuesto,la subieron a bordo.

Llegaron de tarde. Cuando el sol empieza ya a caer y hay que sentarse a mirarlo porque viaja más rápido que en otras partes y en cosa de nada es oscuro y te lo pierdes. Esa noche se quedaron en la misma playa. Daba gusto. Hay mucho güiro en esa zona y calientes por el sol de todo el día, empezaban a soltar con el frescor de la noche uno de esos olores que te hace la boca agua. Hacía buen tiempo y no era necesaria carpa. Fogata sí, por la luz y la compañía, además de la comida. No fue difícil hacerla. Ni siquiera fue necesario adentrarse en el bosque porque abundaban las ramas y alguna que otra tabla pulida. Se sentaron con el pucho a mirar el trabajo de las mujeres y se quedaron callados porque era verano y estaban demasiado a gusto para historias. El perro también miraba y jadeaba contento, compartiendo con ellos, mirando él también el trajín. De vez en cuando se volteaba hacia el bosque pero tranquilo, como para apercibirse no más. Después de la comida y el mate, empezaron a conjeturar lo de las termas. El argentino pensaba que sería fácil. Felderssen también. Era cosa de salir temprano y mirar atentos para ver el humo y los borbotones. Después sólo sería cosa de acotarla. Las mujeres se reían tapadas ya a esa hora con sus grises chaquetas chilotas. La madre del argentino era la que más hablaba aunque muy suave y como cantadito ya saben, era de por allá lejos, de cerca de Buenos Aires.

Se hizo tarde casi sin darse cuenta. Tampoco es que importara mucho. Cuando es verano y se está así, entre amigos y con todas las estrellas para ti y, sobre todo trabajando un sueño, el tiempo es otra cosa, si les digo la verdad, no se acuerda uno ni de cuando era chico y le pegaban ni de que tendría que laburar mañana, ¿cómo? si se está tan rico. Yo le entendía al argentino cuando lo contaba. Escucharle me dejaba un poco así como de calorcito y ganas de quedarme mirando un poco más la cruz del sur, sintiendo el ruido de los guijarros en la orilla , el olor de los güiros , la risa de las mujeres y el sabor del mate bien amargo y bien fuerte.

Fue justo entonces cuando sonó eso. Y… estaba tan a gusto escuchando, que me pareció que a mí también me atronaban los oídos cuando lo dijo. De verdad, ¡se me pusieron los pelos de punta!

Fue un alarido del lado del bosque que lo rompió todo. Nadie supo  qué podía ser pero estaban seguros  de que no podía ser cosa de cristiano, ni siquiera de animal conocido. Duro harto. Contaba que pasó como con los temblores ¡pucha que fue largo! Sin embargo, no atinaron a escapar, ¡ni moverse pudieron! terminó también como los temblores, de repente. Pero quedó, no se si me entienden, como sonando todavía cuando hacía rato que ya había pasado.

Cuando llegó a esa parte, el argentino, como que nos tiritó el vino a todos y todo fue empezar a preguntar qué si sería el tetué, que si un chuncho…y el argentino dale a negar, que no, que era otra cosa pero que estaba claro que venía del bosque. A partir de entonces la noche se les hizo larga. Además descubrieron que el perro no estaba y claro, un perro siempre es una protección porque escuchan más y dicen que avisan cuando la cosa todavía no pasa. Se quedaron así con el grito pegado a las orejas, bien cerca de la fogata y con las mujeres prácticamente encima. Dice que Feldessen llamaba al perro pero ¡ni na ni na! Así hasta la mañana que por suerte empezó a clarear pronto.

¡Qué cosa! Yo le entendía al argentino cuando decía que ya nada era lo mismo por más que oliera igual, ó sonara igual. Con la confusión casi se les olvida lo de las termas. Feldessen volvió a llamar al perro pero no hubo caso, aunque gritaron mucho los cuatro, envalentonados por el sol y la barca cerca. No hubo caso. El argentino propuso acercarse al bosque, ya que por suerte tenía cada uno su fusil de caza pero las mujeres no querían ni que lo mentaran. No querían ni acompañarlos, ni quedarse solas. La cosa, para entonces no parecía muy terrible. Un bosque verde y bien tupido con sus ruidos normales. Después de comer lograron convencerlas de que se quedaran solas pero metidas en la barca y eso porque el quiltro era regalón de la mujer de Feldessen. La madre del argentino no protestó mucho pero pidió un fusil. Ella sabía disparar y el hijo le halló razón y así quedaron. Ellas con un fusil y ellos con otro.

Creo que esa tarde yo también tenía miedo de entrar en el dichoso bosque. Me hice el remolón, como si no quisiera escuchar mucho lo que venía pero a la vez aguzando la oreja para no perder... El argentino pronto dejó claro que no encontraron nada. Sorpresas sí pero sobre todo porque iban muy recelosos y saltaban por cualquier cosa. No había huellas tampoco, ni rastro de fuego. Pero olor a humo sí, olor a humo sucio y grasiento, nada que ver con el que produce la pinocha seca. Era un olor como viejo, como que estuviera allí de mucho tiempo y no fuera a desaparecer tan fácil. Al perro no lo vieron.

Alcanzaron a salir antes de que las sombras bajaran mucho. Antes del grito, les hubiera gustado ese bosque tan solo y tan viejo y seguramente hubieran cazado algo también pero… dijo bien claro que, para ser sinceros ni un pucho se echaron. Volvieron siguiendo la misma senda y ayudaron a las mujeres a bajar de nuevo a la playa. Allí empezaron de nuevo las conversaciones acerca de lo que podía haber sido ó no sido pero nadie atinó. Eran puras suposiciones y más que eso, como diría, eran...como huellas del miedo viejo, que se les hacían presentes de nuevo. La madre del argentino nombró a la Celedonia, una vecina loca, de cuando lo de Charlone, dijo que por un momento le había sonado a sus alaridos, de cuando la sintió por primera vez en medio de la noche y todos los ranchos se helaron por el susto porque, claro, todavía no sabían que era ella y más de alguno creyó que era “la pelá.

Feldessen se acordó del viejo de Tres Alamos, pero eso se lo dijo para callado al argentino. Fue escuchar el grito y recibir de nuevo y a traición toda la angustia y el miedo de aquella noche vieja de los primeros años de la dictadura en que al viejo le destrozaron los intestinos a golpes. Fue tanto que al principio pensó que era una más de esas pesadillas que lo solían voltear a veces en medio de la noche. 

El argentino contó que a él no le recordó nada y que tal vez por eso le daba más miedo todavía. Intentó mucho pero no pudo imaginar siquiera una palabra que domara el pavor de ese sonido sin nombre que se unía como soldadura al olor de ese humo grasiento. No podía nombrarlo, el miedo, pero lo sentía y sabía que de alguna manera pertenecía al lugar tal como los guijarros, los güiros y las termas, si las había. Esto fue lo que lo dejó casi tranquilo; asumió el grito como tantas otras cosas de su vida para las que tampoco había conseguido explicación y que había aceptado al fin con la resignación de la impotencia.

La mujer de Feldessen, que es de por sí callada, dice el argentino, enmudeció más; lo único que recuerda que susurró fue que le daba pena el perro por ahí adentro solo. Pero del grito nada, según el argentino, que a él le dio la sensación de que había decidido olvidarse ¡vamos!- Con lo que suelen ser las mujeres- y ella tan callada y metida para adentro sin preguntar nada, sin proponer nada, sólo al aguaite, con su cabellera amarilla de gringa bien cubierta por un pañuelo negro.

No sólo Cahuelmó, también ellos eran raros para entonces, por lo menos así se sentían. Dice el argentino que él, por ejemplo, empezó a mirar mucho más a las mujeres, también a su madre y no sabía por qué, dice que lo tranquilizaba verlas haciendo lo de siempre, doblando cosas, peinándose y cosas así.

Al tercer día, que sería el último, muy de mañana, volvió el perro con un trotecillo de lo más natural, como si volviera, de echarse una meada. Volvió y se tendió junto a la mujer de Feldessen. No parecía tener nada raro pero, tampoco parecía el mismo. Venía pasado de olor a humo. No se le veían señales, ni siquiera tenía enmarañado el pelo…

A un perro no se le puede preguntar, bueno preguntarle sí, todos querríamos, pero, de ahí a que te conteste en cristiano… La mujer de Feldessen lo acariciaba mientras le decía  cariñosuras en su idioma raro. El perro ni hambre traía aunque comió casi por cortesía algo de lo que le dieron eso que era, como todos los de por aquí, un perro hambreao. Simplemente se tendió y se quedó quieto.

Toda la mañana, la pasamos buscando la terma pero fue inútil. Llegamos a pensar que sería una especie de leyenda eso de que por aquí había una. En todas partes el agua era helada y rastro de humo sólo había en los puchos que de repente nos daba por fumar. Además para que la terma nos sirviera tenía que estar cerca de la playa y nada... ¡qué no había!

Cuando volvimos, las mujeres ya habían preparado la comida y nos esperaban. Feldessen le dijo al argentino que pasaba algo pero, al preguntar, ellas los miraron extrañadas. El perro seguía por ahí. Al argentino se le contagiaron los nervios del gringo. Lo peor es que no sabía por qué. Pensó que tendría que ver con el cabreo de lo de la terma. En fin, que la expedición se había jodido de alguna forma; que no querían pasar una noche más, que el perro estaba demasiado tranquilo y eso en vez de tranquilizarlo le daba más susto. Comieron en silencio y decidieron volver a Puerto Montt nada más terminar. De repente, era una urgencia por irse, espantosa. Salieron casi como escapando, sin querer mirar atrás... ¡tanto como les había gustado el lugar al llegar!

Dirigieron la barca bien recta hacia Puerto Montt pensando que sería un viaje sin problemas. ¡Las huinchas!. Llevarían unas dos horas cuando se inició la tormenta. Fue un espanto. Hay muchos tipos de tormenta pero ésta era sin lluvia. Una de esas tormentas secas que arrastran hacia tierra y que son un puro chillido del viento... Nos daba mucho trabajo entre afirmar las cosas y tratar de que la barca  no se nos volteara. Fue entonces cuando empezó el otro grito. Este venía de la barca. Era la mujer de Feldessen. Sin pañuelo, con el moño deshecho gritaba como si se le fuera el alma en ello. Mi madre trataba de sujetarla, decía, el argentino,... De repente el ruido se desató hasta lo último; el viento, sus gritos, los ladridos del perro, las cosas que chocaban y nuestras voces porque yo creo que nos parecía que si callábamos todo sería mucho peor. Tuvimos que atarla porque todo era querer tirarse por la borda y ¡por Dios! que costó. Nadie hubiera dicho que era la misma mujer tranquila y callada de los días pasados.

Llegamos a Puerto Montt casi de madrugada. Derrengados. La mujer y el perro eran un lamento continuo que nos desquiciaba. No había caso de que se recuperara por más que mi madre la preparó tecito y la abrazó como si fuera su hija chica. Le teníamos miedo a ella y al perro. Mi madre no. El pobre Feldessen creo que hubiera dado algo por no tener que quedarse solo con ella y con el perro pero era el marido y había que apechugar.

-¡Mierda de viaje!-¡Pucha, nos cambió todo!-me dijo.

Luego contaron que  era que la mujer había tenido un embarazo malo que se malogró adentro. Estuvo mucho tiempo en el hospital de Puerto Montt pero parece que ya había vuelto...Del perro no se supo más.  Dice el argentino que Feldessen le contó que nunca se le quitó el asqueroso olor a humo repringado que se le pegó en el bosque, que  le daba asco sentirlo porque hacía recordar los miedos...No, no se supo, que fue de él...



1 comentarios:

Mandalas, Espacio Abierto dijo...

Hola Begoña

Me ha encantado la historia, aunque mejor leerla ahora con el sol aún en el cielo y no a medianoche.

Besotes.

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