Así viene...





No en medio de relámpagos y truenos
más bien...
entre el café del amanecer
y las frías sábanas de la noche
envejecemos
y empezamos a soslayar los espejos
y a permitirnos múltiples licencias.
Descubrimos
los abanicos
los fulares
las lágrimas artificiales
y el dosificador de pastillas...
Lo que más nos duele son
los recuerdos que pululan
y nos traba aún más
la incertidumbre de los pasos.
Se ama con mayúscula lo que fue
y tendemos a consagrarnos
a los ritos, a los soliloquios
y... a las soledades.

Autoretrato.






Al este de mi cuerpo
ya anochecido
me lucen ¡maravilla!
chopos y lirios.

Amanece mi frente
desencajada pero...
al este no cruje mi casa alzada.

Languidece mi rostro 
el sol cruzado
al este, mi sonrisa se esta lavando...

Oscuro de mi ojos
 de hora morada
 al este todavía... me sueña el alma.

A la derecha de la madre


 




Sentada a mi derecha
heredarás la tierra, la gata
y la palabra.
Mi bienamada
¡hermosa!
En ti, yo
me complazco.

Poema avizorando el miedo






Si algún día me convierto
 en el ángel de tu parque
¡destrózame la cara, Lobodrina!
Si pretendo que te encargues
de lo que fue mi gloria
y subrayes mis sueños
¡rómpelos, Lobodriva!
Si envejezco y te ato
a mi tronco renqueante
osando poner precio
a nuestro nombre
¡túmbamelo a patadas!
Tengo miedo
de las duras arterias
y las frases temblonas.
Tengo miedo
de no querer marcharme
y que broten entonces
las razones que ensucian
los gestos que agarrotan
las miradas pequeñas...
Tengo miendo
que menguando te mengüe, Lobodrina,
No quiero testamentos
ni órdenes, ni reseñas
no quiero darte mapas secretos
ni talismanes verdes
¡Me niego a entregar la contraseña!
Ahora que me sé águila y llama
en esta mi hora de ciprés y cima
cuando todo me cerca y nada me acorrala
libre de las que fueron
gozándome inventora de mi vida...
te amo capullo de ti misma 
y te deseo...¡otra!


Conjuro para crear mirada.






¡Ojalá que te explote un panal en los labios!
que te acosen y cerquen saltamontes dorados
que un lirio sordo te acompañe
y te laven las manos de Paul Newman
deteniéndose largamente en lo tuyo más bello.
Que salgas de tu casa y un monte enamorado
te bese sin que logres desasirte
y te arrebate en abeja calidoscópica
que tiembla de saberse néctar...

¡Que goces ampliamente, amiga mía
para que luego perfecta, recia... Tú
me abras el camino a tu mirada!