Haití (Puerto Príncipe)

Después de nueve horas en autobús (desde Sto. Domingo a Pto. Príncipe) en la compañía Caribe tours, con un servicio muy bien organizado en que nos sirvieron comida caliente: arroz con frejoles y una riquísima carne mechada además de una botella de agua por persona y  todas las canciones de José Luis Perales, cruzamos la frontera y nos recibió una laguna inmensa flanqueada por irreales montañas azules. Nuestro aguerrido autobús vadeó impertérrito lo que no sé eran ríos o inmensas pozas de asfalto que mojaron nuestras maletas. La verdad es que en algunos momentos, nuestra sensación era la de viajar sobre el agua...

 Mirar al borde del camino era una fiesta. Mujeres de porte elegante, transportando sobre la cabeza cargas "imposibles" que volvían del mercado de la frontera, motos en que se transportaba en equilibrio cartones de huevos, jaulas de gallos, bidones de agua...un hombre con traje marrón y camisa blanca impoluta cuyos puños asomaban un buen palmo de las mangas esperando solitario en medio de una paisajes desolado quién sabe qué...

En todos los lugares con apariencia de poblados, gente conversando, niños jugando al fútbol y algún perro que otro deambulando bastante tranquilo entre piernas distraídas...

Mientras nos acercábamos a Pto. Príncipe oscureció. La noche se hizo sobre el mundo pero la vida no terminó. Puestecitos callejeros donde se vendían desde botellas de bebidas que no alcancé a distinguir, hasta bolsitas con trozos de fruta... se arracimaban al borde del camino, iluminado cada uno, por  una mínima luz de vela. A medida que cruzábamos, podía distinguír en la penumbra mujeres cocinando en lo que parecían precarios chamizos , barberos cortando el pelo, muchos muchísimos jóvenes conversando ( no tienen trabajo y así pasan las horas).  La que cruzábamos era la calle principal, más allá se imponía la tiniebla más profunda.

No vi aceras. La gente camina muchísimo en orden y con gracia sorteando los obstáculos...el movimiento es continuo y fluido. De pronto, un Tap tap (transporte público) para y la gente se abalanza y lo llena en un segundo. Los que no consiguen subir, siguen caminando. Nunca se deja de caminar en Haití. porque es la única manera de transporte para los más pobres. No veo ancianos.

LLegamos a Petion ville (barrio hacia la montaña) ya de noche. La casa de mi hija  fue construida en los años 60 y en su momento fue una casa típica de la clase media de Puerto Príncipe. Es grande, amplia, caótica y hermosa. A mí se me hace exótica. Tiene suelos de vieja baldosa color ambar. Está decorada con muebles coloniales oscuros con olor a resina. Ventanas amplias sin cristales, con persianas aticuladas  dejan pasar el aire, la luz y...¡los mosquitos!.Posee también una cama con mosquitero que nos ceden graciosamente, una terraza grande  frente a un bosque  cuyos árboles y frutos ( lam veritad, kalbaz...) no he visto nunca y en la que hacen la vida... Esa noche me paseé la casa, aspire el aroma de los muebles y dormí como una bendita...¡Qué bien me sentó Haití!

Despertamos con el canto de los gallos y el sonido de tambores, solos en casa...Libe, entre tanto afán, había olvidado su maleta en el autobús Había ido a recuperarla y...¡la recuperó!

Después nos fuimos los tres de aventuras...(Libe, su padre y yo).Salimos a coger un tap tap pero quien nos recogió fue Chantal, una vecina haitiana que nos acercó al centro de Petion ville. Me creerán si les digo que anduvimos recorriendo Petion ville en moto y a pie en medio de un caos en el que nunca me sentí insegura...Siendo como éramos los únicos tres blan que deambulábamos, no he visto otros todavía, me sentía cómoda.

 Andar con Libe es un privilegio.Nos perdíamos porque la sensación es la de que no hay calles; solo direcciones. Pero con su creole, medio que recuperábamos el camino preguntando una y otra vez...¡Mesi anpil!!.

Sinceramente, creo que los haitianos han gestionado una civilidad para funcionar con eficiencia en medio de una continua situación de emergencia, que me maravilla...Son riadas caminando por la calle viva sorteando tenderetes, escombros, sustancias diversas pero que no se atropellan.  Para cruzar hacen una señal a los coches que ralentizan el mínimo necesario. Gilles me comenta que después de conducir en Haití, uno tiene que aprender de nuevo porque aquí no hay normas sino intuición pura y dura y un sulilísimo uso de la bocina que puede llegar a ensordecer.

Con Libe  y el Bruni ,en moto-taxi por Petión ville.


 Libe ha llamado al Bruni (  su  conductor amigo de moto- taxi  tan esencial como su móvil en las calles de Pto. Príncipe) y nos hemos subido las dos con él y Cástor en otro. Ha sido una experiencia increíble ésta de recorrer las calles entre bocinazos, baches y atajos para ir  de un banco a otro intentando conseguir dinero (fue imposible). Finalmente vamos a una galeria de arte haitiano en la que hemos pasado toda la mañana viendo cuadros y escuchando las deliciosas historias de María Isabel, su dueña sobre pintura y pintores...
 Este es un pueblo de artistas que ama el decoro y la belleza...Se nota en sus movimientos, en como se mantienen limpios  pese a todo. Este no es el país terrible en blanco y negro que yo me imaginaba. Está lleno de color, de vitalidad y de orgullo.

Al atardecer, agotados (Haití agota porque todo es difícil y lento), nos hemos sentado en la terraza a escuchar las canciones que emergen del vecindario pero no es música haitiana, parece ser un grupo hindú cuyas voces nos han adormecido...Uds. ya han entrado en el nuevo año y nosotros empezamos casi con los abrazos...

Me dicen que se espera un "annus horribilis". No lo creo. Será diferente  ¡Ojalá en Europa recuperemos algo de ese calor que tiene la gente  cuando tiene que echarle imaginación y coraje a la vida para sacarla adelante ! Después de un día en Pto. Príncipe he quedado literalmente exausta pero llena de algo hace tiempo no sentía...¡Por Dios que me siento viva!

Mañana, primero de enero se celebra la independencia de Haití y será otro día ... mientras,

¡Feliz año para todos!!

4 comentarios:

Fanny Brice dijo...

Begoña, lo describes todo tan bien que puedo imaginaros a Libe y a ti compartiendo moto-taxi y aguantando felices los baches y el tráfico. Te leo en color y con música alegre, quizá porque imagino la ciudad de Puerto Príncipe como recuerdo La Habana, en versión rota, todavía más pobre y necesitada, pero alegre y servicial.

En Europa nos hemos acostumbrado a tener de todo y quizá este reajuste severo sea una forma de aprender a conformarnos y a vivir con lo que tenemos (que es mucho). Y sí, para este año que se avecina debemos trabajar mucho y, sobre todo, reír, disfrutar de todo lo que nos rodea y aprender a prescindir de lo innecesario y superficial.

Nuestro próximo cine-fórum va a ser interesante, no sólo por la película, sino también por esa sobremesa que nos espera contigo y con tu relato de Haití. Un beso.

Begoña Eguiluz dijo...

Yo no conozco la Habana pero Haití, me ha recordado también otros lugares de América (barriadas de Río de janeiro, por ej.)...Libe me dice que especifique; lo que recorrimos en moto fue Petion-ville, un barrio de Pto. Príncipe. La parte más afectada por el terremoto aún no le he visto...Ya contaré nuevas experiencias...Mientras un fuerte abrazo y ¡un feliz año!, preciosa.

Jone Jaia dijo...

Me ha encantado el relato.
Y he sonreído casi-reído frente al ordenador con la anécdota de tí y castor en moto por esas calles, jaja.A tí te imagino más, pero a Castor tan ergido y alto...
besos a todos

Begoña Eguiluz dijo...

Pues tendrías que haberlo visto...como un crío iba él Eso sí, bien erguido como siempre.

Muxu para ti también, guapa. Me alegro que disfrutaras con nuestras andanzas.

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