Tarde en la cocina.

Para Kastortxu

Todo ocurría en la cocina iluminada por la luz de setiembre que entraba apenas tamizada por la hojarasca de los plátanos orientales. Era una cocina alargada con un algo de plácido acuario. El suave lila de los armarios y el celeste grisáceo de los azulejos reverberaban un poco por las sombras de la media tarde.

El niño, vestido de azul, dibujaba aplicadamente sobre la mesa. Su madre lo miraba mientras iba y venía, con su congoja a cuestas. Veía la coronilla delicada con los dos huesecillos sobresalientes. Veía una manita morena empuñando fuerte el lápiz, mientras la otra sostenía bien abierta, el papel.

Veía y le dolía. Por aquellos días todo lo que era bello dolía un poco más. El sol suave, la limpia suavidad de las superficies, el olor de la leche, el crujido tenue de las ramas afuera...Pero sobre todo le dolía la belleza del niño, su perfecta concentración, lo ajeno que estaba a ella. Ay, esos dos huesecillos...le dolían.

En esa tarde plácida todo era como debía de ser, todo menos ella. Se sintió como una roca oscura varada en medio de un camino claro, como el que justamente, suelen dibujar los niños. Camino largo, sinuoso que se perdía en la lejanía hacia ninguna parte...


Se obligó a sí misma a mantenerse en movimiento. Era difícil porque todo estaba como debía estar Limpio, ordenado. Echó de menos con un borbotón de angustia otras tardes de otoño allá en el sur cuando era una niña. Una flecha le clavó fuerte el rumor de las palmeras del frente de su casa y otra le hincó con saña la canción de la siesta. Se tocó primero con suavidad y luego casi con furia el cuello de la blusa anhelando la dulce villela del de la abuela...Entonces ella era parte del camino y vivir no dolía.

Se preguntó como tantas otras veces qué había pasado y tan pronto lo hizo le dieron ganas de acurrucarse, porque la única respuesta siempre era miedo. Un miedo sucio que se extendía como una inmensa superficie sobre lo que la rodeaba y dejaba todo para su mayor angustia, intacto. Podía darse cuenta de la belleza del mundo, observar su cocina y captar friamente lo que tenía de refugio y de paz. La bandeja de las hortensias frente a la mesa, los paños limpios (uno en la puerta del horno, otro, a un costado del lavadero). De refilón, veía las fotos familiares tan bien dispuestas en el corcho con que había tapiado la puerta de servicio. Veía los imanes y los dibujos del niño y...Todo estaba bien.

Pero nada le procuraba placer. Como si la bisagra entre el ver y el sentir se hubiese enmohecido y el chirrido una y otra vez, solo lo sintiera ella.

Un poco entre algodones, recordaba que había ido a buscar al niño a la escuela. Que había tomado con firmeza su manita delicada y lo había resguardado entre ella y los altos setos para volver a casa.

El quería saber. Siempre quería más detalles. El canguro. Tendrían que ir ambos caminando al colegio o tal vez el autobús lo admitiera, preguntaba. Ella le contestaba siempre que tal vez no fuera necesario porque como él era aún muy pequeño y delgado, era posible que pudiera viajar cómodamente en la bolsa donde los canguros guardan a sus crías .Pero y...¿la mochila? ¿qué hacían con la mochila? Pues...ningún problema. La llevaba el canguro, claro. Pero...¿a la espalda?

¿Sí! El grito de placer, el relumbrón de sus ojos oscuros, la nerviosa tibieza de la manita...¡Más, dime más!

Ella escuchaba su propia voz y se estremecía de frío pero seguía hablando porque al niño, parecía no afectarle Y,tú, ¿crees que me defenderá de los grandes? y ¿Cómo no? acaso no sabes que los canguros saben box de nacimiento. Pero, pero...¿podría entrar en la clase conmigo? ¿por qué no? Son muy educados. Se sentará muy tranquilo a tu lado escuchando todo lo que la maestra, dice. ¿Tú crees...tú crees? El niño se retorcía hacia arriba saltando de gozo.

Subieron las escaleras remoloneando. Abrieron la puerta y ella le quitó el jersey grueso. Quedó vestido de azul. Delgado y vivo corrió a la cocina.


Era un niño limpio y extrañamente sutil. Ella lo contempló largamente mientras bebía, después de mojar sus galletas con parsimonia y saborearlas con deleite. Quedaba bien en esa cocina tan clara. Equivalía en sus movimientos tan vivos al vaivén de las ramas y al reverbero de la luz de media tarde. Tan fuera de sí y tan en lo vivo como ellas. Constatarlo no le producía el menor placer. Era un darse cuenta que no comprometía a la emoción correspondiente. El constatar la armonía entre el niño y su entorno producía daño por la inadecuación de sus sentimientos a lo que su conciencia confirmaba.


Más tarde quiso dibujar y ella le puso un cojín en la silla para que estuviese más cómodo. Lo miró disponer los lápices y tensar el papel y luego quedarse pensando todo serio. Sobre su sien tintineaba la sombra de una hoja...

Entonces deseó cerrar los ojos y evadirse de esa extraña perfección desperdiciada. Podía recordar nítidamente otros momentos. Es más, podía recordar otras emociones pero como algo ya totalmente perdido. Se dio cuenta de que había habido momentos en que ella también había sentado al mundo divinamente bien y deseó profundamente no haber provocado a su vez ningún escalofrío de extrañeza en nadie que... Se vio en una lejana y nítida tarde del sur contando con cuidado las manchas pardas de las manos de la abuela que temblaban un poco sobre su delantal. Sintió la ráfaga del calor de aquella tarde. Las palmeras se empolvaban suavemente detrás de la ventana y en la canción...san José dejaba perder al niño y la abuela, blanco y malva, sentaba a la tarde como una gema en estuche de tafilete dorado. Quiso pensar que fueron ambas las que navegaban el gozo de las tardes aquellas pero desde su congoja presente, lo dudó.

Al niño también le tocaba navegar solo y lo hacía con gracia infinita...Ya estaba dibujando. De vez en cuando levantaba la mirada y la observaba brevemente como si solo fuera para confirmar su presencia allí a su lado. De pronto se encontró deseando robarle migajas de su plenitud. Comparó el suave fluir de sus garabatos sobre la hoja con la trémula rigidez de sus dedos buscando ansiosamente algo que hacer. Se vio sintiendo desesperadamente ese ansia absurda de que su manita la guiara, que tomara firmemente su puño y le dijera con ternura Así, así... ¡Ves qué bien!

Y de nuevo estaba en el sur en otra tarde, esta vez sin palmeras, pero con la misma luz inigualable deslizándose hacia el atardecer. Otra vez pequeña, otra vez con la abuela. Sentadas frente a la ventana. Y ella, la niña, partiendo aplicadamente un pancito redondo. Recordó el esqueleto de su gozo partiendo el pan para la abuela y llevándoselo a la mano despacio, despacito...Vio las pequeñas motas blancas de su bata gris y un ojo que se hacía mano sondeó la belleza de los surcos de su rostro tan bello, tan desvastadoramente triste iluminado por el último sol.

Volvió una vez más a su hermosa cocina y a su niño que seguía dibujando absorto. Una pequeña mancha de luz jugaba en su frente sin llegar a molestarlo. Quizá esto sea la madurez, se dijo...Este volverse espectadora de la vida. Una espectadora desolada por haber sido despojada de cualquier otro papel que el del mero registro de lo que ya no concierne, de lo que siendo tan apetecible, tan hondamente bello, nos ha dejado en la cuneta...

La luz moría, las hojas se aquietaron con la última brisa. El niño terminó su dibujo...

6 comentarios:

Libe dijo...

Me ha encantado este relato... De alguna manera me ha recordado a "Frankie y la Boda" de Carson MacCullers, aunque esta mujer no creo tenga mucho que ver con la cocinera negra del relato de Mac Cullers. Pero ese niño ¡ese niño! Y sentirse vacía, y seguir viendo la belleza del niño, y que duela, duela tanto... Me deja el corazón apretado, como el final de Frankie y la boda, y la vida que a veces duele con saña. Aunque la cotidianeidad muetre brille con patina engañosamente perfecta.

Sohafi dijo...

Dama, muchas gracias. Este relato se disfruta, no puedo comentarlo más porque está lleno de secretos que solo tu conoces. Percibo el dolor, pero no se la causa, la resignación, pero no la rabia, la soledad, pero no el abandono. Es bello en sí mismo. Quizá no se leerlo en su complejidad femenina. Me quedo con el principio: gracias.

Andrabaltza dijo...

En este relato, José Antonio, los "secretos" son lo menos importante. Al fin y al cabo, lo que "se nos tuerce en el camino" hasta para nosotros mismos es un enigma. Quise describir eso que se suele llamar "depresión", "dolor existencial" o simplemente esa pena continuada que muchas veces nos sobrecoge al llegar a la adultez. Una de las sensaciones más terribles que conozco es esa de asistir a la plenitud y la belleza sin poder compartirlas. A veces, pasa.
Suele decirse que la infancia, si ha sido feliz, se transforma al crecer, en una especie de paraíso perdido que nos mueve la nostalgia durante toda la vida...la mía está allá en el sur del mundo, entre el calor, las palmeras y las canciones de mi abuela, a la que no sé por qué pero desde mi madurez imagino frente a mi plenitud de niña, poseída del mismo mal que yo sentí aquella tarde en mi cocina.
Gracias por lo de "bello en sí mismo"...es lo que quería conseguir.

Paz Risueño dijo...

Begoña, dudo de que conozcas la sensación terrible de " asistir a la plenitud y la belleza sin poder compartirlas".Lo haces magistralmente,en el sentido más literal y positivo.Como siempre ¡¡¡ gracias !!! y hoy te pido especial empentón afectivo para un día,el de mañana, de agridulce sabor.Te leeré para mejor llevarlo

Anónimo dijo...

La cocina es el lugar donde transcurre lentamente la escena mientras se inicia el desgarro interno de esa herida ancestral que nunca cicatriza. La cocina siempre ha sido esencial para vivir. Sin ella no hay casa. Antiguamente se llamaban fuegos a las viviendas.
¿Es el niño juguetón quien la provoca esa desazón? ¿Es la incertidumbre por su futuro? ¿O es una sensación difusa y amenazante que la atemoriza profundamente provocándole una angustia insoportable?
Seguramente su glándula hipófisis está fabricando abundante hormona adrenocorticotropa origen de la angustia y el miedo.
Pero el dolor intenso lo siente al contemplar al niño. ¿Es la imagen del niño la que ha motivado su estado de ansiedad o por el contrario está producido por el exceso de la hormona maldita? Nunca lo sabremos. La relación entre los estímulos externos y el estado anímico se ha cocinado en lo más intimo de su ser, en su laboratorio interno al que su consciencia no tiene acceso. “Incapaz de contener los malos presentimientos… sin que nada le procure el menor placer… deseando cerrar los ojos y evadirse… desde su congoja presente… sintiendo desesperadamente ese ansia absurda” explicará sus sufrimientos fijándose en lo inmediato, acudirá al bálsamo que la poesía ofrece, se desahogará con sus amistades. ¡Cuántos miles de libros de amor se han escrito sin que en ninguno de ellos, que yo sepa, se describa el mecanismo hormonal que hace posible el enamoramiento! Seguramente porque cuando se está enamorado no hacen falta explicaciones y cuanto termina el amor tampoco.
Es evidente que la madurez ayuda a volverse espectador de la vida.
Tus reflexiones, Begoña, ayudan a adentrarse en la cocina de la vida donde se guardan las recetas de los porqués. Gracias otra vez. Al final encontramos la esperanza. “El niño terminó su dibujo.”
José Ramón.

Paz Risueño dijo...

¿Me he vuelto ya espectadora de la vida? creo que no,aún no,ni quiero.No seré aún madura...¿qué importa? soy humana.
De nuevo,gracias porque releyéndote en día de despedidas y tras descubrir en un verano y en la cocina de casa habitada por quienes poco amor reciben, que haberlos,haylos también mucho más grandes que el AMOR,en tus palabras he hallado,sí, "lo bello en sí mismo"

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